UN POCO DE ORDEN (Cuento)

UN POCO DE ORDEN
 
Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo.
Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto,
en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto,
eso, ciertamente, no resulta tan sencillo
Aristóteles
 
 
I
 
Isidoro Baratcart había llegado a esa edad en la cual algunos hombres saben más y pueden menos, sea esto último por falta de estímulos, de voluntad o simplemente de fuerzas. Lo cierto es que había logrado procurarse un buen pasar económico, producto de muchas fatigas en los negocios inmobiliarios y era para el tiempo de estos sucesos, viudo desde hacía años, solitario y sin hijos. Conservaba el culto del coraje, el hábito de ciertos tangos y el recuerdo de un campo, de un palomar como una alta torre circular y de aquel camino de tierra de su infancia.  
Pasaba sus tardes en largas caminatas por los barrios del sur y las noches en las mesas de juego del club social, donde, al calor de las copas, perdía o ganaba algunos pesos en las partidas de mus o se enfrascaba en alguna discusión política en torno al segundo gobierno de Perón, que por entonces transcurría algo alborotado.
Una tarde de septiembre, caminando por la calle Montevideo, avanzó hacia el sur hasta las cercanías de la Plaza Garay, que es una de las más antiguas de Buenos Aires, conocida en tiempos coloniales como Hueco de los Sauces, entonces atravesada por el arroyo Tercero del Sud, que desembocaba al rio por la calle Chile. Era esa la misma plaza donde Rosas firmó su renuncia a la Gobernación de Buenos Aires, tras la derrota de Caseros y partió hacia el exilio.
Allí, en esa plaza, Isidoro decidió sentarse en un banco y fumar un cigarrillo, a la sombra fresca de un plátano. En una de esas ojeadas distraídas, advirtió que por el sendero central se aproximaba una mujer, joven aún, acaso rondando los cuarenta, modestamente vestida. Ella al aproximarse le sonrío y le preguntó como podía llegar a la Plaza Once.
__Siéntese que le explico, le respondió Isidoro.
Entonces, siguiendo los postulados de Baruj Spinoza, por el cual el orden y la conexión de las ideas es lo mismo que el orden y la conexión de las cosas, le dijo:
__Dígame señorita … ¿Usted desea ir a pie o en colectivo?
__Señora, aclaró sonriendo.
__Bien señora, de su respuesta dependerán mis indicaciones.
__Si no queda muy lejos, me gustaría ir a pie. Tengo tiempo hasta la salida del colectivo que me llevará a mi casa.
__ Si no se ofende, la invito a tomar un café en el bar de la esquina y le explico el camino.
Allí, en la calle Pichincha, sentados a la mesa del sombrío bodegón, tomaron su café.
Isidoro le explicó que debía caminar unas 10 cuadras hasta Jujuy y otras quince, hacia el norte, hasta llegar a la Plaza Miserere. Pero como le quedaba de paso, se ofreció a acompañarla.
Fueron aquellas un par de horas apacibles que Isidoro recordaría por mucho tiempo.
La mujer, llamada Silvia, le dijo que era viuda, madre de un hijo de 8 años. Añadió que vivía en los alrededores de Pergamino, donde trabajaba como maestra. A las 19 hs. debía tomar el ómnibus de la compañia Chevallier, que la llevaría de regreso, tras la visita a una hermana enferma, internada en el Hospital Rawson.
Caminando en ese atardecer primaveral, ella tomada de su brazo, llegaron a la esquina de Rivadavia y en la antigua confitería pidieron café con leche y medias lunas. Luego, caminando por la recova, doblaron en Cangallo donde estaba la terminal de la línea de ómnibus.
Intercambiaron direcciones y ella al abordar el vehículo, amablemente lo despidió con un beso en la mejilla. Un chofer rengo, se sentó al volante, cerró la puerta y arrancó.
Los meses que siguieron fueron agitados, sentimientos olvidados invadieron el corazón de Isidoro. Pensaba y repensaba a esa mujer. Se estableció entre ambos una relación epistolar, de encendidas palabras y confesados ardores, que iban y venían de Palermo a Pergamino. Hacia fines del año 1954, Silvia regresó a visitar a su hermana y se encontraron, una vez más en la Plaza Garay. Como dos adolescentes intercambiaron unos besos pudorosos, regresaron a la terminal tomados de la mano y se despidieron. Los meses que siguieron fueron apasionados. Isidoro que se iba en aprontes, en deseos de verla y ella que lo sofrenaba, alegando que la pudibundez del pueblo en que vivía no admitía visitas de esa naturaleza.
Poco antes de los carnavales del 1955, ella regreso a visitar a su hermana, se encontraron con Isidoro en la plaza de siempre, almorzaron en El Imparcial y luego fueron a un cine de la calle Lavalle a ver una película de Sandrini. Tomaron el subte hasta Plaza Miserere y una vez más se despidieron, esta vez con la promesa de la dama de venir a pasar un par de días a su casa. Lo que se diría una luna de miel ilusoria.
Junto al ómnibus, el chofer rengo que controlaba los boletos, le pidió fuego a Isidoro, pitó de su cigarrillo, le habló de la humedad ambiente, después subió y se acomodó en el volante, cerró la puerta y partió.
Los días pasaban lentos, insidiosos e Isidoro, aunque era un perro viejo y guardaba algunos reflejos y prevenciones de cuando era lebrel, hizo caso omiso de ellos y se embarcó en la aventura del ocaso que aquella mujer le proponía. Esperando el próximo encuentro, abría la carta de cada semana y así pasaban felices sus días. En el club, por prudencia no hizo ningún comentario de tal vivencia amorosa, guardando celoso el secreto de su pasión.
El veintitrés de marzo, el cartero deslizo bajo la puerta de Isidoro la misiva habitual. En ella Silvia le confesaba estar pasando una grave situación económica y le rogaba, si podía, ayudarla con un préstamo de $1200, confesando que, de no estar acuciada por las circunstancias, hubiera deseado evitarle, al amor que los unía, esta carga. Esperaba que, en tres semanas, arreglados sus asuntos, estaría en condiciones de visitarlo y darle todo el amor que se merecía.
Isidoro respondió generosamente a la demanda de su amada, le giró el dinero solicitado, feliz de poder ayudarla.
 
II
 
 La semana siguiente a lo narrado, Isidorocomo siempre aguardaba ansioso al cartero, quien contrariamente a lo esperado, pasó de largo. Lo mismo sucedió día tras día, las semanas ulteriores. Sin respuestas a su correspondencia, se desató el silencio tan temido y la paulatina certeza de haber sido estafado. Un cuento del tío hecho y derecho, que más allá del daño económico, atravesó el alma de Isidoro, con dolorosa angustia.
Hacia fines de abril, recobrada su parsimonia, Isidoro comenzó a investigar el paradero de aquella mujer. Investigó en el Hospital Rawson la internación de una hermana inexistente. Indagó en el padrón electoral de Pergamino sin hallar rastros de aquella ignota electora.  La nómina del Magisterio Provincial tampoco adelantó mucho a sus requerimientos. Tardíamente fue informado que la casilla de correo 114, de la sucursal Pergamino, era regularmente utilizada por su titular, un varón cuyo nombre no le fue develado.
Casi admitiendo su derrota, se llegó hasta las oficinas de la Chevallier y trató de encontrar al chofer, aquel a quien recordaba por su renguera. Varias veces lo esperó en el playón de salidas hasta que una tarde lo vio. Se acercó a él con amabilidad extremada y la confianza que sus canas aseguraban. Le preguntó por aquella pasajera, le recordó cuando le pidió fuego y el rengo, hurgando en su fatigada memoria pudo precisarle que la mujer de marras nunca viajó a Pergamino, sino que tenía boleto hasta Pilar y bajaba en la parada Robles.
Isidoro Baratcart lo escuchó con cara de póker y agradeció la información. con Luego desandó la calle Pueyrredón y después agarró por Córdoba hasta Serrano. Caminaba lento y ensimismado. Paso a paso, recobraba su olfato de lebrel, sus astucias, sus perdidas energías.
Resultaba claro que alguno de la pandilla enviaba el correo de Pergamino a Pilar donde Silvia lo contestaba, retornándolo para serle reenviado a Isidoro. Percibió que lo impulsaba un solo propósito, concentrado, imperioso, impostergable… Era el confuso deseo de encontrarla.
A media mañana de un día frío y soleado, el ómnibus gris de la Chevallier se detuvo en la parada Robles. Un caserío pobretón se alzaba a un costado de la ruta 8.
Debidamente disfrazado con barba y anteojos, Isidoro recorrió el paraje con meticuloso método. Eso lo repitió dos o tres veces por semana durante un mes. Curioseó aquí y allá, buuscando, buscando... En la iglesia Evangélica primero, en el mercadito, la escuela y los míseros comercios después. Todo lo hurgaba, iba con una apócrifa valija de viajante que disimulaba su curioso caminar.
Un día de esos, recaló en un centro de salud, situado unas cuantas cuadras hacia el norte, en los confines del villorio. Ingresó y se sentó en la sala de espera, junto con una docena de adultos y niños, hasta que, al rato, la vio a Silvia cuando ingresaba a un consultorio, vestida de enfermera. Creyó que no recuperaría el aliento. Contó hasta diez y por un buen rato tomó debida nota de los movimientos del personal y los pacientes.
Después como si nada, se hizo perdiz. Se esfumó por las calles de tierra de los alrededores, esperando la hora de salida del personal. A eso de las tres de la tarde llegaron dos o tres enfermeras y al rato salieron otras. Allí estaba Silvia, que se despidió de sus colegas y caminó hacia eloeste descampado. Isidoro la seguía de lejos.
Pasaron junto a un monte de eucaliptos olorosos, más allá del cual se alzaba un pequeño rancherío. Silvia entró a una casilla prefabricada de color celeste y ya no salió. Isidoro conjeturó que allí vivía la pérfida.
Luego, por ulteriores averiguaciones, supo que se llamaba Elida Sosa y que allí moraba con su hijo y un hombre amulatado, algo más joven que ella.
Los días que siguieron fueron dedicados a la observación del terreno y a la disposición de los medios necesarios para llevar a cabo un proceso complicado. Tanto Isidoro como el país, estaban en estado de ebullición. Pero a Isidoro todo eso le infundía una compleja satisfacción.
El jueves cinco de junio amaneció nublado. Se subió al Pontiac negro, que le había pedido prestado a su amigo Lorenzo Portogallo y rumbeó hacia la parada Robles. Estacionó cerca de la Iglesia Evangelista, dende siempre había algunos autos. Sabía que jueves y domingos, a las 15 horas, había reunión y se juntaba bastante gente. Iba sin barba postiza, pero vestido de cura. Saco, pantalones y piloto negros. Camisa clerical, sombrero, anteojos y una bufanda completaban el atuendo. En una mano sostenía una biblia y en la otra el paraguas. Empezaba a llover con ganas cuando se acercó al monte de eucaliptos, al lado del camino que iba al rancherío. Aunque innecesario en esas soledades, se ocultó para esperar tras una planta de moras. En el paraguas repiqueteaba el aguacero. En su pecho repiqueteaba el corazón apurado.
No quedaba mucha luz en el cielo. Al rato advirtió que Silvia, esa penosa apariencia del amor, se aproximaba. Cuando estuvo cerca la interceptó y medio oculto por el paraguas le preguntó:
__Hija mía… ¿Queda lejos la iglesia Evangelista?
Ella sin reconocerlo le señaló la dirección y cuando iba a seguir su camino, Isidoro le dijo:
__ ¡Voy a rezar un padre nuestro por vos, hija de puta!
Ella abrió grande sus ojos al reconocerlo y antes de que se diera cuenta, Isidoro le había partido el corazón de una puñalada.
Cayó pesadamente de cara al barro. Isidoro Baratcart la miró mansamente, limpió el acero en las ropas de la finada y se alejó de ella a paso lento. Se persignó al pasar por la iglesia llena de gente, se subió al Pontiac negro y arrancó, como si nada, rumbeando para Palermo.