TRUENOS

TRUENOS

 

Escribía con ahínco para concluir un trabajo por el que ya había cobrado un adelanto y que  por  una persistente indiferencia de las musas, se había retrasado más de la cuenta. Con el propósito de acabarlo, seguí los consejos de un amigo y alquilé una casa en  medio del bosque andino, no lejos del lago Puelo, infiriendo que en la quietud del paraje, obtendría  sin interferencias la inspiración adecuada. ¡Nada más erróneo que tal suposición!
 A la semana de instalarme ya había descendido un par de veces al pueblo (distante veinticinco kilómetros) procurando adquirir aquellos elementos indispensables para la vida de anacoreta que había elegido y que había omitido comprar cuando, de la mano de mi inexperiencia, confeccioné la lista de provisiones. Así, me faltaron mechas para los faroles, garrafas de gas, kerosén para encender el fuego con leña húmeda y cosas por el estilo. Era el fin del invierno y el jeep que había alquilado subía trabajosamente por el camino de ripio, que viboreaba a través del bosque. El mal tiempo que se insinuaba sobre el horizonte, me persuadió que frente a futuras carencias, más valía estarse quieto, pues los viajes intempestivos acabarían en un barranco.
Hice de tripas corazón, comí lo que pude preparar, dadas mis limitadas aptitudes culinarias y laboriosamente me acerqué al epílogo de mi obra, deseoso de iniciar las correcciones finales y el pulido indispensable, antes de remitirla al editor.
Atardecía y tras dos días de nevada intensa, había comenzado a llover profusamente. Un cielo color de ceniza y el ruido de la precipitación, al golpear sobre la techumbre, apocaba mi ánimo, impidiéndome trabajar. Caminaba de un lado al otro, por la espaciosa habitación que hacía las veces de estudio y dormitorio. El fuego crepitaba  en la chimenea, incitado por  la tempestad. Las nubes bajas, arremolinadas por los caprichos del viento,  apenas si dejaban ver las encrespadas aguas del lago. Yo dejaba vagar la mirada a través de los cristales del ventanal,  empañados  por mi hálito y salpicados por los ramalazos de agua y ventisca.
Me entristecía la soledad y se ahondaba mi abulia, cuando de repente, un sonido agudo, al parecer una bocina, me sacó del ensimismamiento. Diría que me alteró.
Miré en dirección al camino, distante unos doscientos metros de la casa. Gesto inútil,  pues la cortina de agua y niebla  impedía ver más allá del portal.  Agucé el oído y  una vez más oí, atenuada por la borrasca,  la bocina que parecía sonar con la intermitencia de un quejido. Mi malhumor se acentuó al confrontarse con el imperativo moral de salir,  cumpliendo con un deber ineludible en esas circunstancias.
 Debía ver que sucedía en aquel camino intransitado. La bocina, como apurándome, continuaba aullando con monótona  estridencia.  Me calcé un par de botas viejas, me enfundé en un impermeable a punto de jubilarse y que a duras penas cumplía con sus funciones, me hundí hasta las orejas una gorra (que el dueño de la cabaña usaría para espantar pájaros en la quinta que alguna vez había prosperado en los fondos de la propiedad) y resbalando por el sendero barroso que descendía hasta el camino, calado hasta los huesos por la lluvia, imaginé las tribulaciones de Noé en el célebre diluvio.
El sol embozado, arrastraba tras él las últimas claridades de la tarde. Una penumbra siniestra ya se insinuaba entre la arboleda. En la curva del callejón divisé una camioneta y apuré el paso, chapaleando barro me acerqué, dándome cuenta que sus ruedas traseras estaban atascadas en la zanja que el deshielo labró a la vera del camino. El vehículo con las luces encendidas parecía una bestia atrapada, que hurgaba el follaje de los alerces con ojos espantados. Golpeé la empañada ventanilla del conductor y al abrirse apenas, creí ver tras ella a dos o tres personas que me miraban, con una expresión que oscilaba entre la desconfianza y la necesidad.
Sonreí, un poco por costumbre y otro poco por piedad.  Piedad  de ellos y también de mí, empapado por la desmesura de aquel vendaval. Eran un par de mujeres jóvenes y una niñita asustada. Les dije que bajaran con sus cosas, ofreciéndoles mi casa para refugiarse del aguacero. El aguacero las ayudó a disipar eventuales desconfianzas y optaron por el convite de un lugar seco y cálido, hasta que amainaran las furias de la tormenta.   
Marchamos cuesta arriba y llegamos a la cabaña mojados como peces. Les mostré el cuarto de baño, donde podrían tomar una ducha caliente  y ponerse ropas secas. Yo por mi parte aticé el fuego y preparé una buena sopa de arroz, que les ofrecí a los imprevistos huéspedes, mientras escuchaba el relato de su peripecia.
Habían tomado aquel sinuoso camino, pensando que llegarían más rápido a Victoria, donde, en casa de unos amigos, pasarían sus vacaciones. Ignoraban que iban precisamente en la dirección contraria. Cuando se largó la lluvia derraparon en el recodo y terminaron atascados en el  zanjón. El resto  es cosa sabida. Miedo y bocinazos pidiendo ayuda, para escapar de las acechanzas de la noche  negra que se venía a la carga.
La música de la radio, el café  y el fuego de la chimenea calmaron los ánimos. Las dos mujeres (hermanas mellizas, de unos treinta años)  extrajeron  unas bolsas de dormir de su equipaje. Por cortesía les cedí mi cama. En ella se acostaron madre e hija. La otra  mujer, Leticia, según dijo cuando las presentaciones, extendió dos bolsas de dormir frente a la chimenea y me ofreció la más alejada, junto a la pequeña biblioteca.
--Esta es de plumas --me dijo sonriendo-- y es para usted. Se la ha ganado por el heroico salvataje.
Un trueno espantoso fue el corolario de sus amables palabras. Entonces palideció su bello rostro y un leve temblor la recorrió. Compungida, abrió los ojos como si hubiera visto a un fantasma. Quedó atónita, una parálisis subrepticia parecía inmovilizarla.  Al cabo de unos segundos se recompuso y  se metió en su nido. Extrañado, le ofrecí  una copa de coñac. Aceptó de buen grado. Mientras la servía observé que la madre y la hija dormían profundamente. Le acerqué la bebida. Ella, muy tensa, fijaba su mirada en la ventana espejada por el destello de los relámpagos. Bebió inquieta y luego se acurrucó para dormir.
Yo hice lo mismo, arrullado por el repiqueteo de la cascada implacable que caía del cielo, estrellándose sobre la cabaña. Al cabo de  dos  o tres horas emergí de un sueño profundo, sacudido por el estampido, parecido al de un obús que hubiera estallado en la puerta. Un par de rayos y otro trueno de menor cuantía, me persuadieron de la conveniencia de  taparme bien y descansar, amparado por  las  sólidas paredes de la cabaña, bien plantadas para soportar semejante chaparrón. Dormitaba cuando un trueno ensordecedor hizo vibrar las ventanas.
Sentí que se me  erizaba la piel  por  la repentina  presión de una mano sobre mi rostro. Era Leticia, quien con movimientos rápidos, acomodó su cuerpo, tembloroso y vacilante, dentro de mi  bolsa de dormir al tiempo que me envolvía con sus brazos.
--¡Por favor, discúlpeme, estoy aterrorizada! --Me dijo sollozando. --No puedo controlarme, el sonido de los truenos me espanta hasta lo indecible... es una fobia incurable que arrastro desde siempre.
Apenas salía de mi sorpresa cuando otro cañonazo celestial la enervó, obligándola a apretarse más aún contra mí cuerpo. No quiero exagerar, pero esa muchacha estaba al borde de un ataque de nervios. Un poco por  compasión, otro poco por el atávico impulso protector que desatan los temporales, y en gran parte motivado por el contacto de su piel suave, (aromada por alguna fragancia francesa) intenté, mediante palabras apropiadas y caricias tranquilizadoras, sosegar su espíritu aterido. Así fue, y es sabido que una cosa lleva siempre a la otra.
La luz mortecina del fuego de la chimenea alumbró con desgano aquella psicoterapia improvisada. En medio de rayos y centellas, a  los abrazos sucedieron los besos y como en un acople de víboras, nos enroscamos el uno contra el otro, estremecidos por tronidos inenarrables. Nos amamos  con  fervor. La cópula desencadenaba en aquella bella mujer  una asombrosa secuencia  de orgasmos. Acaso fueron veinte o treinta, tal vez  más, es difícil precisarlo. ! Jamás había asistido a un prodigio semejante!
 Ignoraba si esa maravilla natural era incitada por el pánico o por mis artes amatorias, (me incliné a pensar  en la primera causa) pero,  a no dudarlo, la ayudó a soportar con entereza la  extraña aversión que la dominaba. Casi de madrugada, abrazados y exhaustos nos dormimos profundamente, indiferentes a cuanto nos rodeaba. 
Cuando desperté, llovía  menos y una  luz matinal difuminada entraba por las ventanas. El olor a pan tostado y a café  recién hecho me despabiló. Vi que la madre y su hija dormitaban perezosas en mi cama, en el otro extremo de la habitación,  tras una noche de plácido descanso. Leticia, me  miraba con sus lindos ojos grises. Sonreía y en su rostro creí vislumbrar un mohín cómplice.
Cubierta con una manta, preparaba un desayuno suculento, yo especulé que acaso fuera una forma velada de agradecer mis esfuerzos nocturnos, tendientes a domeñar su miedo atávico.
El informativo de la radio regional pronosticaba vientos huracanados y lluvias copiosas, también recomendaba a los pobladores no abandonar las viviendas ante el peligro de aludes. ¡Habría tormenta para rato! Se me dibujó en los labios una sonrisa imperceptible. Era un rictus rapaz, canalla, que estiraba la comisura de mi boca. ¡Dentro de la cabeza, mi fantasía presagiaba momentos venturosos!
Durante el día jugábamos a las cartas, en ocasiones, mientras  yo corregía las cuartillas ellas leían algunas revistas viejas. Juntos preparábamos la comida, reíamos con algunos chistes que yo hacía y al llegar la noche tempestuosa, nos íbamos todos a dormir.
¡Ustedes son perspicuos  y ya adivinan el resto!
Fulgores de relámpagos, estrépito de rayos y exclamaciones voluptuosas silenciadas por la lluvia. Leticia  forjaba cada vez mejor su cadena  de placer y con ella me sujetaba (con rigor de esclavista) a los embates de su frenesí.
Pronto tuve la certeza de mi adicción a esa mujer, o acaso a esa modalidad de amar. Sea de ello lo que fuera, al cabo de siete días, (o mejor dicho de siete noches) Leticia y yo estábamos unidos por  una  férrea comunión de goces. Nos brindábamos a cada instante un trato singularmente afectuoso. Éramos como amantes adolescentes, sin antes ni después.
¡Pero en la vida todo es fugaz, efímero como una chispa! El mundo gira y  todo cambia, incluidas las condiciones climáticas.
 El cielo celeste se insinuó por un desgarro en las nubes y los débiles rayos de sol se deslizaron por encima del follaje humedecido. Escampar y el mal tiempo fue un recuerdo. El frío, empujado por el viento, todavía se hacía sentir.  En el sendero, los charcos refulgían, azogados por la helada nocturna.
Con una gruesa soga, atada al paragolpes trasero de mi jeep, saqué la camioneta encajada. La cargamos con el equipaje y quedó lista para seguir su camino. Guié a las mujeres hasta la ruta  42, señalándoles la dirección por la cual llegarían, al anochecer, a su destino. Nos despedimos con un dejo de tristeza. La madre y la niña  saludaban agradecidas por la hospitalidad.  Leticia  agitaba su mano, quizá agradecida por otras cosas.
Durante los días que siguieron me concentré en mi trabajo y un mes más tarde estaba en la oficina de mi empleador, viendo como hojeaba, complacido, el fruto de mis esfuerzos.
Embolsé el resto del dinero pactado y una semana después, espoleado por un impulso irrefrenable, tomé el tren y me dirigí a la ciudad donde vivía Leticia. ¡Estaba obsesionado con aquella muchacha! La humedad de sus besos, alguna que otra palabra dicha durante el éxtasis, la  dulce evocación de su cuerpo caliente, todo me arrastraba hacia ella.
Me instalé en el único hotel del pueblo y acto seguido busqué su número de teléfono en la guía. Cuando llamé, fui atendido por una empleada que me dijo que la Sra. Leticia estaba de viaje y regresaría en un par de días.
Esperé y desesperé, inmerso en un tiempo denso, hasta que finalmente oí su voz del otro lado de la línea. Sentí que el corazón se me escapaba del pecho. Me conmovió escucharla. Mentí que estaba de paso por la ciudad  para  no confesarle mi sujeción a su memoria.
 Afuera, los pájaros trinaban revoloteando sobre los árboles de la plaza. La  tarde era espléndida. Un sol primaveral, ardiente, presagiaba el verano y adelantaba sus calores.
Sin embargo nuestra conversación era fría y  discurría entrecortada. Había en la voz de Leticia un tono menor, como si mi presencia la incomodara. Insistí en verla y me dio una respuesta evasiva. Con torpeza comprendí  la situación y me despedí con un adiós penoso.
 Obnubilado por mis emociones, no tuve en cuenta una verdad elemental: Los buenos momentos son siempre provisionales. No supe o no quise considerar que la química del amor se cataliza en un medio determinado y que al modificarse éste se altera aquella, tornándola irreversible. ¡Así de simple! 
Si algo hubo entre nosotros, fue devorado por  la  nada de la cual había emergido. Leticia estaba  muy lejos de sus aversiones incontenibles, lejos del  lago  Puelo y --por que no decirlo-- lejos de mí.
Abatido, regresé a mis rutinas y a la tarea de urdir ficciones, animando a frágiles criaturas imaginarias, que aman y sufren según lo manda mi voluntad.
Igualmente yo, del otro lado del papel, según lo manda alguna otra voluntad desconocida, soporto lo que me ha tocado en suerte, ya que, como mis personajes, carezco de arbitrio sobre tales designios.
La primavera pasó,  pródiga  y luminosa, dejando tras de sí su estela  de flores multicolores y árboles verdecidos. El verano y el otoño fueron secos en demasía. Recién con el invierno aparecieron las lluvias, tímidas al principio,  resueltas después.
 Algunas  veces, empujado por el pesar, abandono mi  casa y salgo a caminar  bajo la fría garúa. Todavía, a pesar del tiempo transcurrido, cuando el cielo se estremece por el estampido de algún  trueno no puedo impedir que adentro mío se agite el  recuerdo de Leticia...