Todo empezó en Avellaneda (Cuento)

        caravaggio.jpg     Conocí al pintor Porfirio Rivarola a mediados de los años cincuenta, en una vernissage que mi amigo el artista plástico E.R ofrecía en una galería de la Avenida de Mayo. Fue aquella una charla casual que despertó una empatía mutua y que con el transcurrir del tiempo devino amistad.
Porfirio vivía y trabajaba en dos grandes piezas de muros descascarados, al fondo de un conventillo en los bajos de la calle Humberto Primo. Allí, entre tangos y mates producía sus obras, de pincelada breve y colores cálidos, con ese realismo estremecedor que tanto me gustaba y que según él mismo afirmaba, se inspiraba en las obras iniciales de Michelangelo Merisi, llamado el Caravaggio.
Como habitualmente sucede, sus méritos artísticos no eran reconocidos ni por la crítica ni por la tribu que merodea las exposiciones en la Reina del Plata.
Pertenecía a la legión de los pintores ignotos y en ocasiones malditos, pero el sobrellevaba su penoso destino artístico con bastante estoicismo. Su frase favorita era: “Yo les doy mi mensaje, hagan con él lo que quieran”. Pero yo sabía que en el fondo de su corazón anhelaba oír el sonido de las trompetas del renombre.
Ayudaba a su anémica economía dando clases de pintura y los alumnos eran en su mayoría, damas de clase media alta que buscaban en el arte que Porfirio les enseñaba un poco de brillo para lucir en los salones de su mundo social.
Una de esas alumnas, joven y bonita llamada Catalina, que deduje tenía intimidad con Porfirio, lo inició en los fundamentos de la doctrina de Kardec. Supe que también le comentó sus frecuentes visitas a una calificada médium espiritista, que oficiaba sus ritos por el lado de Avellaneda, en la calle Pellegrini, al lado del Riachuelo si mal no recuerdo.
Por alguna razón que desconozco, Porfirio, que era un descreído absoluto, mostró interés en el relato de su alumna favorita. Ella amenizaba sus encuentros con los pormenores de sus semanales experiencias en las curiosas tertulias con los difuntos. Aseguraba haber establecido una fluida comunicación con su finada abuela, una cupletista española venida a menos en el Rio de la Plata, quien le sugirió que frecuentara un bar de la Avenida Córdoba, donde conocería al hombre de su vida.
Dicho y hecho. Ante la sorpresa de Porfirio, meses después Catalina le informó que había conocido en el recomendado Bar de la Avenida Córdoba a un estanciero de Pergamino con el que se casaría en la primavera.
Impulsado acaso por el aburrimiento, la curiosidad o el íntimo deseo de curiosear en el panteón de sus admirados muertos, Porfirio visitó a la espiritista de Avellaneda.
Después de ese episodio, advertí que sobrevinieron meses de crisis en el ánimo de mi amigo.
Su pintura se volvió más oscura, llena de un dramatismo sobrecogedor. El artista había dado en su obra un paso evolutivo desconcertante. En lo personal remarqué un retraimiento y una parquedad que se oponía a su habitual locuacidad.
Una tarde de Junio, padeciendo el frío de su atelier, mientras tomábamos unos mates amargos, Porfirio envuelto en un poncho raído, me hizo una secreta confesión. Yo la escuche perplejo y aún hoy, al recordarla, me atraviesa la espalda el mismo escalofrío de entonces. El hombre, en un tono menor, como hablando consigo mismo, me dijo:
__Llevado por una fuerza inextricable, visité a la espiritista de Avellaneda. Nada le dije sobre mi persona y sin embargo durante la sesión, al tomarme de las manos me sonrió y dijo algo que me heló la sangre…
Yo lo escuchaba sin parpadear. Estaba confundido y en el ambiente percibía la intriga del relato. Porfirio me cebó un mate y se acurrucó en su poncho como para protegerse de los recuerdos. Agregó con una voz enronquecida…
__La tipa aquella, desarreglada, con el cabello encanecido y atravesada por un ligero temblor, sujetándome la mano me murmuró al oído: “De ahora en más pintarás de otro modo”. Creer o reventar. Luego sucedió algo más asombroso: En las sesiones que siguieron entré en contacto con el espíritu descarnado del Caravaggio. El genial artista me habló de los sinsabores del oficio, del castigo que se le infringe al genio, de la hipocresía que envuelve a la fama. Para mi espanto me reveló que tras su muerte, hubo que esperar cuatro siglos hasta que un ignoto escritor de un país periférico, publicara un relato sobre las verdaderas circunstancias que rodearon su muerte. Mas o menos estas fueron sus palabras:
"Yo no acabé mis días en las marismas de Puerto Ercole como mintieron mis perseguidores. Me apresaron, quemaron mis ojos y me condenaron a esa otra muerte: El exilio. Me embarcaron en un barco mercante rumbo a Panamá, atravesé el istmo a lomo de burro y luego en otro Galeón me llevaron al Perú, a un monasterio jesuita, donde permanecí al cuidado de los monjes, merced a la intervención del General de la Orden que a duras penas logró salvar mi vida. Tras mi ceguera, no fui otra cosa que un pincel roto"
Mientras hablaba, yo observaba detenidamente a Porfirio y no sabía si lo suyo era un delirio o una broma de mal gusto.
El leyó en el aire mis conjeturas.
__Creerás que estoy loco, pero poco importa. En la última sesión el espíritu del Caravaggio me comunicó que sin dilación debía partir hacia Roma. Una vez allí debería contemplar todas sus obras diseminadas en iglesias y museos de la ciudad eterna. Ante ellas el Caravaggio me comunicaría cuestiones de importancia.Acaté la orden y en estos meses actué en consecuencia: Malvendí mis obras y las alhajas que heredé de mi madre y saqué pasaje de segunda en un buque mercante que zarpa a fin de mes hacia el viejo mundo.
Estupefacto atiné a preguntarle:
¿Pero qué estás diciendo Porfirio? Es un desatino…
Mi amigo sonrió y me dijo:
_No hago otra cosa que seguir mi estrella.
Seré breve en precisar el desenlace de aquel asunto. Pasaron tres o cuatro de años sin tener noticia alguna de mi amigo hasta que un buen día leí, en el suplemento cultural de no sé qué diario, que el artista Porfirio Rivarola había conquistado al gran público del arte Europeo y que pagaban precios altísimos por sus obras. Esa noticia me produjo una alegría inmensa, estuve un par de días aturdido por esa novedad, hasta que al fin decidí mandar unas cartas a las galerías de arte romanas, con la esperanza que llegaran a manos de Porfirio.
Grande fue mi sorpresa cuando poco antes de navidad recibí una respuesta de mi amigo. Me contaba algunas cosas de su vida y me invitaba a pasar una temporada en su casa de Roma. Tras aclarar que él costeaba todos los gastos, me señaló precisas instrucciones para retirar mi pasaje en una agencia local de la Compañía Marítima Itálica.
Desembarqué en Civitavechia una tibia mañana de Mayo y en el muelle me esperaba Porfirio. Fue un encuentro emocionante, tomamos un tren a Roma y durante el viaje me enteró de lo sucedido en esas tierras.
Con absoluta naturalidad me dijo que pisó el suelo italiano lleno de esperanza. Luego, una vez instalado en una sórdida pensión del Trastevere, proyectó paso a paso la ansiada recorrida para contemplar la veintena de obras del Caravaggio esparcidas por la ciudad y encontrar el destino que le señalarían.
Me dijo, que comenzó aquel itinerario trepando el monte Pincio hacia la Villa Borghese. Comentó que al ingresar al palacete era tal su emoción, que sentía como si el corazón quisiera escaparse de su pecho. Admiró la colección irrepetible que cobijaba la mansión de Scipione Borghese y se detuvo largo rato ante el Joven con cesta de frutas, el Baco enfermo, La Virgen con el Niño pisando la serpiente, el San Jerónimo, el San Juan Bautista y David con la cabeza de Goliat, de la que se cuenta que Caravaggio se retrató a sí mismo en la cabeza decapitada del gigante. Estudió detenidamente cada detalle de las obras pero no advirtió allí ninguna comunicación con aquel espíritu que tanto esperaba.
Taciturno y un poco triste descendió por la Vía Veneto y se encaminó hacia el palacio Barberini para contemplar otros dos cuadros: Judith y Holofernes y el Narciso, ante el cual se extasió largo rato. Lo conmocionó la belleza del joven que contemplaba ese otro rostro que se reflejaba en la turbidez del agua.
Regresó a su pieza con una rara sensación de desamparo. ¿Lo habría olvidado el ánima del Caravaggio? ¿Acaso todo ese asunto no era más que una ilusión alborotada?
Me dijo que esa noche comió frugalmente y que el liviano sueño estuvo acosado por pesadillas en las que se veía como un mendigo harapiento en las orillas del Tíber.
Porfirio se quedó un rato pensativo, mirando por la ventanilla. Luego retomó su relato.
__Desperté temprano, me vestí y remonté la Via del Corso hasta la Iglesia de Santa María del Popolo. Atravesé ese espacio que antes ocupara la tumba de Nerón y me apresté para ver en la en la capilla Cerasi dos obras maestras de Caravaggio: la Conversión de San Pablo y la Crucifixión de San Pedro.
Largo rato estudié esas maravillas, transido de emoción y de pena por la falta de esas señales que tanto anhelaba y que marcarían el camino por venir. Yo lo escuchaba en silencio y trataba de ordenar en mi cabeza toda aquella información. Acto seguido afirmó que lo mismo le sucedió en los palacios Doria Pamphilj y Corsini, y en los Museos Vaticanos y Capitolinos.
Todas las obras allí estaban comunicaban belleza y genialidad, pero nada de lo prometido a Porfirio por el ánima de su autor. A medida que se adentraba en la obra de Merisi y más la comprendía, tanto más se desesperaba por sus vanos intentos de contactar el espíritu errante de aquel hombre.
Me aseguró que entonces resonaron en sus oídos mis palabras de aquel día en que me confesó su partida: ¿Qué decís Porfirio? Es un desatino…
Tras esos fracasados intentos, permaneció una semana en cama, febril, abatido, casi sin comer. De vez en cuando el casero del pensionado, alarmado por su estado de salud, le acercaba un plato de sopa o un vaso de leche. Para colmo de malas se le acababa el dinero y también las fuerzas que lo empujaron a semejante aventura. La debilidad que lo envolvía impedía que encontrara una salida a sus pesares.
Una mañana sacó fuerzas quien sabe de dónde y se sobrepuso a esa postración. Se vistió y a paso lento se dispuso a terminar con aquella alucinante empresa. Bordeó el río, lo atravesó por el Ponte Sisto y caminó la Vía Giulia casí sin aliento. A duras penas atravesó la Plaza Farnese y después la Plaza Navona.
Buscaba desesperadamente la iglesia de San Luis de los Franceses, para ver en la Capilla Contarelli el primer gran encargo de la iglesia al pintor: Los tres cuadros dedicados a la figura de San Mateo: la Vocación de San Mateo, el Martirio de San Mateo y San Mateo y el Ángel. Sin saber porqué, una congoja inmensa lo abrumó y lo hizo llorar ante esos cuadros.
Débil y entre lágrimas, recordó las palabras del Evangelio de Mateo: Jesús vio un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme», y Mateo se levantó y le siguió. Por un instante le pareció que el muchacho pintado al lado del santo se movía. Se alarmó por ese demencial registro de sus sentidos, sabía que alucinaba y no deseaba otra cosa que escapar y terminar con el disparate que estaba consumiendo su existencia.
Se serenó y meditó largo rato, inmóvil frente a esas obras del arte nuevo que el Caravaggio le imponía al mundo. Salió del templo inmerso en un estado crepuscular, percibía dentro suyo una sombra que amenguaba su conciencia.
Derrotado en sus ansias, rumbeó como un sonámbulo hacia la Piazza de San Agostino. En la basílica homónima entreveía el punto final de su dislate.
Entreveía también el ocaso de sus días. Acariciaba desde tiempo atrás la idea del suicidio.
Subió a duras penas la escalinata y atravesó el portal de la iglesia, cubierta con los mármoles que otrora fueran la piel del Coliseo. En medio de una ensoñación indescriptible, me dijo que avanzo hasta el altar y se detuvo frente al retablo.
Allí estaba el cuadro que más amaba: La virgen de los peregrinos. Frente a la tela, casi sin darse cuenta comenzó a despedirse del Caravaggio, del arte y de la vida. Le pareció que el peregrino arrodillado ante la virgen lo representaba…
Súbitamente percibió que algo inexplicable, glacial como la mano de un muerto, le rozaba el cuello. Al borde del desmayo, oyó una voz conocida que le susurraba al oído: Pinta, pinta, has encontrado tu camino y Roma te concederá el triunfo. Se arrodilló y percibió que la iglesia estaba desierta. El vértigo se apoderó de su cuerpo.
Nunca supo cómo regresó a su casa. La amnesia inesperada borró las horas que siguieron… Mientras el tren dejaba atrás la estación del Trastevere, Porfirio concluyó diciendo que la voz del Caravaggio y la virgen del cuadro serían el símbolo de su renacimiento vital y artístico.
__Lo demás no tiene demasiada importancia — me dijo. __Una cosa lleva a la otra. Pinté a más no poder. Una inspiración irrefrenable me alentaba. Cuando me quise acordar mi obra estaba en boca de todos. Detalle más o menos, aquí me ves. Soy rico, soy famoso y bendigo mi visita a la médium de la calle Pellegrini 349 de Avellaneda. Pero eso es agua pasada. Bienvenido a Roma. Te aseguro que pasaremos unos días maravillosos.
Lo miré fijo y le dije:
__Es muy raro todo esto. ¿Qué querés que te diga? Creo, Porfirio, que los caprichos del destino son inescrutables y todo este asunto del espiritismo me mueve al escepticismo. Pero lo cierto es que estás aquí y te va bien. Eso es lo que cuenta.
__ ¡Así es! Una opinión vale tanto como otra. Yo no dudo que escuché la voz del Caravaggio, que acudió a la cita cuando mi alma desfallecía en la iglesia de San Agustín. Poco importa que lo creas o no. Ahora… ¡A gozar de la vida!
Descendimos del tren y tomamos un taxi hasta la linda casa que Porfirio había comprado, en un viejo convento de la Via de San Giovanni Decollato, al pie de la roca Tarpeya, lugar de ejecución de criminales y traidores en la antigua Roma, según me anunció mi amigo.
Pasamos juntos dos meses inolvidables y hasta me invitó a rehacer el viejo camino que enhebraba las obras del Caravaggio.
Cuando regresé a Buenos Aires, no pude evitar que mis negocios fueran de mal en peor. Eran malos tiempos y me arrastró la marea de una economía en baja. Solitario y sin empleo remunerado, estaba arruinado.
Un día de Agosto, gris y frío, tuve la ocurrencia de visitar a la médium de Avellaneda, en busca de una ayuda similar a la que obtuvo mi amigo Porfirio.
Temprano por la tarde, tomé un colectivo y descendí en los confines de Barracas, crucé el puente viejo y caminé buscando la calle Pellegrini, a la vera del Riachuelo.
El paisaje lucía nebuloso y sin atractivo. El sol se negaba a salir. Finalmente llegue al sitio que buscaba.
Se alzaba ante mí una casa ruinosa, fantasmal diría. Golpee con los nudillos una puerta desportillada pero nadie me atendió. Poco duró la esperanza de una pronta colaboración de los espíritus.
Tres vecinos curiosos y dos perros me miraban. Me acerqué a ellos y les pregunté por la espiritista que habitaba esa casa. Sonrieron y unánimes me aseguraron que jamás habían oído hablar de ninguna médium espiritista en todo el barrio.
Escuche de mala gana como me aseguraban que nunca nadie de esas características vivió en la casa que me señalara Porfirio. Por ellos supe que la propiedad en cuestión había sido, muchas décadas atrás un comité conservador, abandonado desde los tiempos de Ruggerito y ocupado de vez en cuando por malvivientes y linyeras que la policía regularmente desalojaba.
Nada más que agregar. Desandé mis pasos y desconcertado volví a mi casa, abatido y sin otro entretenimiento por delante que rumiar mis cuitas y pensar en la enrevesada historia de Porfirio.