¿Qué habrá sido de Hui Ying? (Cuento)

PRIMERA PARTE

                                                                                                        I

 Hace tiempo que Buenos Aires es una ciudad insegura. Algo feroz y acaso triste sobrevuela en sus calles. Puede que sea el miedo impreciso a todo o a nada…
Cirilo Delaney fue un sinólogo de cierto renombre que trabajó hasta el fin de sus días en el piso 13 del edificio Barolo, el célebre Palacio de la avenida de Mayo que, según algunos eruditos, alberga en su diseño reminiscencias del Dante y de La Divina Comedia.
Cirilo era un sesentón rubio y flaco, de cara pálida y sonrisa fácil. Aunque reservado al modo de los sajones y algo reticente para la confidencia, sabía ser simpático y su sentido del humor nunca escaseaba.
Delaney era hijo de Amanda Echegaray, una criolla acaudalada y del inglés Peter Delaney, ingeniero de Manchester que recaló en Buenos Aires, allá por el año 1908, conchabado para instalar la maquinaria que Luis Barolo había adquirido para sus prósperas industrias textiles. Como parte del pago a sus esfuerzos, el inglés obtuvo un par de oficinas en el inmueble donde posteriormente su único hijo escribiría gran parte de su obra cumbre: “Cinco mil años de Arte chino”.
Unos seis años atrás Cirilo Delaney había contratado mis servicios como administrador, ya que su incapacidad para las finanzas era tan notoria como sus espléndidas dotes intelectuales para penetrar las finezas de los artistas orientales. Había heredado unas cuantas hectáreas de campo por el lado de Mercedes,  un par de valiosas  propiedades en la calle Quintana, el departamento de la calle Piedras donde vivía y otros inmuebles de menor cuantía. Con el dinero que percibía por  los alquileres de esas posesiones, vivía decorosamente y se compraba el tiempo libre necesario para su obra.
A fuerza de llevar adelante sus intereses, acabamos trabando una buena amistad. El dinero cuando fluye facilita algunas cosas. Una vez a la semana nos juntábamos para cenar en el  Pedemonte y tomar después unas copas en el Café Tortoni, procurando no alejarnos demasiado de la Avenida de Mayo, que era para Delaney el centro de su universo personal.
En ese universo se cifraba su destino. Cuando lo encontraron en su escritorio, muerto de dos balazos por manos y razones desconocidas, me tocó ordenar sus cosas y buscar eventuales herederos. La policía no ahondó en su pesquisa y rápidamente todo pasó a dormitar en los archivos judiciales.
Para mi sorpresa, semanas después de esos sucesos, me llamaron de la Escribanía Pasos, la que está en la calle Perú, comunicándome que tenían en su poder una carta lacrada, con el mandato de serme entregada en el caso de que algo fatal le sobreviniera a Cirilo Delaney.
 
II
 
Sumido en la intriga me apersoné en la escribanía. Me atendió cortésmente un profesional con cara e indiferencia de croupier. Dijo las frases de estilo, me dio un sobre lacrado y me despidió con una sonrisa de material plástico. Al salir me zambullí en el primer bar que encontré para proceder a la apertura del misterioso sobre de papel manila con mi nombre escrito en grandes letras.
Rompí el sello de lacre y hallé en el interior otros sobres  blancos, cerrados y numerados del uno al cuatro.
El primero contenía una larga carta manuscrita, en la cual Cirilo me rogaba, en nombre de nuestra amistad, que llevara adelante su última voluntad. Con lujo de detalles me dio a conocer sus juveniles aventuras en China y las investigaciones que realizó sobre el arte milenario de aquella lejana cultura, en particular la que surgió en el año 350 a.C. en el Estado de Qin, situado en la región más occidental de aquellas tierras, el cual alcanzó una riqueza sin precedentes al conquistar los antiguos reinos de la provincia de Sichuan. Esa riqueza le permitió alcanzar una hegemonía política y militar, posibilitando a Qin Shi Huang derrotar a sus enemigos y unificar China por primera vez en el año 221 a.C. proclamándose primer emperador de la dinastía Qin.
No omitió referirse a su paso como funcionario del Museo de Hong Kong y al vínculo que tuvo con Liang Bo, hija de un líder revolucionario caído en desgracia cuando Mao lanzó en 1966 la nefasta Revolución Cultural, por medio de la cual pretendía devolverle al pueblo chino la pureza del comunismo. Cuando los propios cuadros del Partido fueron purgados, muchos de ellos fueron encarcelados, como Deng Xiao Ping y el suegro de Cirilo. La misma suerte siguieron los profesores, directores de empresas, médicos, ingenieros, y cuantos tuvieran una posición destacada. En esos tiempos feroces se animaba a los niños a denunciar a sus padres, los maridos a sus mujeres, y a los amigos entre sí.
Liang Bo partió a Pekín con la hija de ambos, para interiorizarse por la suerte de su padre y semanas después Cirilo no supo más de ellas. Movió influencias desde Hong Kong, pero todo fue inútil. Viajó a Pekín desesperado pero no las encontró. En esa búsqueda penosa cayó en manos de la policía secreta y salvó la vida de milagro, gracias a la mediación del cónsul italiano. Fue expulsado de China, retornó a Buenos Aires y aquí permaneció durante esos años caóticos. La pesadilla sólo acabó con la muerte de Mao en 1976, pero Cirilo había perdido a su familia.
Mi amigo alentaba esperanzas y jamás interrumpió la secreta búsqueda de los suyos. Así supo que Liang Bo había muerto en un campo de reeducación y que su hija, Hui Ying, vivía en Hong Kong, adoptada por un rico banquero chino con intereses en los casinos de Macao.
Sus incesantes intentos por contactarla resultaron infructuosos. El detective que contrató en Hong Kong para esos fines, luego de interesantes averiguaciones, desistió del trabajo, al parecer amenazado de muerte. Era un escocés experimentado y hasta donde pudo hizo un buen trabajo. En papel membretado adjunto, aquel sabueso expuso con claridad la tarea que llevó a cabo.
En los párrafos finales de su carta, Cirilo expresaba preocupación por su vida, habida cuenta que la mafia china lo había amenazado y andaba tras sus pasos para evitar el rencuentro con su hija. De allí que la última voluntad era que yo buscara a su heredera, le transfiriera la posesión de sus bienes y el contenido del cofre de seguridad Nº 123 del Citibank de Hong Kong en Wheelock House, 20 Pedder Street.
En el sobre número dos estaban las autorizaciones a nombre mío y de su hija, para el acceso al cofre bancario con la llave del mismo. En el tercero estaban los datos de su hija, una foto reciente, aparentemente tomada por el detective y la última dirección conocida: Una casa en el 636 de Robinson Road.
Había también un cheque contra el Citibank de Buenos Aires por U$S 50.000 para solventar los gastos en que yo incurriera al proceder según sus deseos.
El cuarto sobre estaba dirigido a Hui Ying y yo debía entregarlo en mano propia.
 

 III

  Pasé varios días rumiando el asunto. Un tercio de mi cerebro evidenciaba miedo, otro tercio prudencia y el tercio restante, el que siempre ocupó mi fantasía desbordada, me impulsaba a pensar que acaso en el lejano oriente sucederían cosas interesantes que me sacarían de la penosa rutina en que transcurrían mis días.
Finalmente la fantasía se impuso a la prudencia y a la cobardía.  A principios de Mayo me encontré comprando un pasaje de avión que me llevaría a lo largo de miles de kilómetros atravesando el Océano, el continente Africano, Arabia, India y los inmensos montes del Himalaya hasta le bella geografía, plena de mar y montañas de la otrora próspera colonia británica.
En las largas horas del periplo aéreo, concebí un plan de acción que luego llevaría a cabo sin apartarme demasiado de la idea primigenia.
Llegué al aeropuerto de Hong Kong una apacible mañana, cálida como siempre sucede al sur del Trópico. Tomé un tren expreso hasta el centro de la isla y luego un taxi que me condujo directamente al hotel que había reservado en Garden Road, una calle que viboreaba en el llamado Nivel Medio, no lejos de la dirección que Cirilo me había señalado como el domicilio de su hija.
Estuve un par de días tratando de adaptarme al sitio. Había atravesado una docena de husos horarios lo que acarreaba no pocos trastornos. Los ritmos fisiológicos se alteran y el sueño se esfuma cuando más se lo necesita.
Acomodado mi cuerpo en aquellas latitudes, pasé largo rato en una parada de autobús que estaba frente a la bella casona colonial donde vivía la chica. Era una mansión de piedra oscura y espaciosos jardines, sin duda la antigua morada de algún alto dignatario de la corona británica, cuando dominaba esos territorios y ahora era ocupada por la familia sustituta de Hui Ying.
Sabía, por los informes del detective, de algunos horarios y movimientos de sus moradores, razón por la cual me dispuse a corroborarlos. En efecto entre las 9 y las 10 de la mañana salían por el portón principal un automóvil Bentley gris que conducía a Dao Hui Tse, el padrastro millonario de Hui Ying a sus oficinas. Luego un Mercedes negro que conducía a la hija de mi amigo a la Universidad de Ciencia y Tecnología de Hong Kong, en Clear Water Bay, donde trabajaba como ingeniera biomolecular. Por último, un par de veces a la semana, la esposa del magnate y su hijastro menor conducían su Range Rover hacia el lawn tennis de Aberdeen.
El martes al medio día me fui caminando hasta el Citibank en Pedder Street, donde amablemente examinaron mis poderes y me condujeron a la bóveda de las cajas de seguridad. Examiné azorado el contenido del enorme cofre. Una antigua mascarilla de bronce, con grandes ojos, algunas alhajas, un pixiu de oro macizo y antiguas piezas de jade envueltas en terciopelo, además de media docena de pinturas chinas. En el interior de un sobre de papel manila había un inventario de esos objetos: Las alhajas y el pixiu eran de la dinastía Ming, las piezas de jade resultaron ser un verde amuleto de la cultura Longshan y otras tres tallas denominadas bi. Una de ellas era un sencillo círculo perforado que databa del período neolítico, circa 6.500 AC. Los otros dos en jade verde y gris, decorados con bellos relieves de dragones y flores pertenecían a la cultura Liangzhu. Dos de las pinturas eran de la época conocida como de Los Cuatro Maestros de la dinastía Yuan (1206 – 1368 DC) y eran obra de dos de aquellos afamados pintores literatos, Ch'iu Ying y T'ang Yin. Las restantes obras pertenecían a los grandes maestros de la dinastía Ming, Huang Gongwang y Wu Zhen. 
Al final de la lista una post data aclaraba que el conjunto de esos tesoros, en una subasta de Sothebys o Christie´s podían alcanzar fácilmente los 20 millones de dólares americanos. No podía creer lo que veía. Cirilo se había llevado a la tumba el origen de esas maravillas.
 
IV
 
Regrese al hotel y quedé largo rato meditando en torno al origen de esos objetos y sobre lo sorprendente y misteriosa que puede ser la vida humana.
Durante la mañana del miércoles, mi siguiente maniobra consistió en visitar sin cita previa al detective Christopher Linley,  el mismo que Cirilo había contratado, con el propósito de obtener alguna ayuda suplementaria. El hombre continuaba operando en una sombría oficina de Peking Road y no pudo ocultar su sorpresa cuando me presenté. Era un escocés gordinflón, de sonrisa bonachona y cabellos rojizos. Su nariz prominente e hinchada hacía sospechar probables excesos alcohólicos. Le dije que tan sólo deseaba tener media hora de charla discreta para redondear algunos detalles y acto seguido dejé 500 dólares sobre el escritorio, los cuales rápidamente desaparecieron en el bolsillo de su saco.
Cuando le comuniqué que Cirilo había sido ultimado de dos balazos, Linley se puso pálido. Luego, como hombre de oficio que era, tomó una carpeta y me leyó un informe que no le había comunicado a mi amigo pues lo había recibido de un ayudante luego de rescindir el contrato.
Decía más o menos lo que sigue:
“La señorita H.Y. sale de su casa a las 10 am, los días jueves, y desciende por las escaleras de Shelley Street hasta el muelle de la Star Line, donde aborda el ferry hacia Kowloon. A veces compra algo en las tiendas del IFC Mall y luego se reúne con una amiga, propietaria de una galería de arte, en un café de la Nathan Road. En ocasiones almuerzan en el Intercontinental y casi siempre, antes de regresar, alrededor de las 4 pm, la señorita H.Y. da un paseo por el Tsim Sha Tsui y luego realiza una corta visita al Museo de Arte”.
Linley, con aire preocupado me aconsejó marcharme y olvidar el asunto. Agregó que Hui Ying siempre estaba vigilada por un severo custodio que también hacía las veces de chofer. Repitió un par de veces que tuviera muchísimo cuidado, pues la familia de la chica eran miembros prominentes de una de las más peligrosas sociedades secretas chinas y era tal el cariño que profesaban por su hijastra, que, como se había visto, podían llegar hasta el crimen con tal de evitar cualquier interferencia familiar. Acto seguido dio por concluida la charla y con simpatía me dio un apretón de manos. No olvidó decirme que esperaba no verme más.
Salí pensativo e inquieto por el cariz que tomaba el asunto. Un poco para calmarme y otro poco para ambientarme en el barrio, guie mis pasos por el recorrido que señalaba el informe de Linley: Nathan Road, el paseo a la vera del mar y finalmente el Museo de Arte, al que entré para familiarizarme con las obras que atesoraban.
Al salir, ya más tranquilo, respiré el aire freso de la bahía y cobré un poco de coraje, pero no demasiado.
El jueves a partir de las 9.30 am aguardé en la parada del autobús la salida de la muchacha. Al verla me asombré: Era una criatura oriental de unos treinta años, alta y bella, de cabellos renegridos y piel color de marfil. Las piernas largas y esbeltas sostenían un cuerpo maravilloso y creí ver en su rostro un aura de misterio y bondad. Los genes de su madre dominaban por doquier salvo en los bellos ojos rasgados de color azul claro, idénticos a los de su padre. Tal como dijo el escocés, un poco más atrás la seguía su custodio, un chino morrudo y petiso con cara de pocos amigos.
Marché tras ellos guardando una prudente distancia, aunque sin perderlos de vista. Cuando descendimos del ferry, tras cruzar la bahía, el chino se relajó pues sabía que durante largo rato Hui Ying estaría en el café con su amiga y luego almorzarían en el restaurant del Hotel Intercontinental. Se metió en un bodegón donde freían comida barata y procedió a llenar su estómago durante la espera. Yo también me relajé y esperé pacientemente en un banco del paseo. Mi apuesta consistía en tener un contacto con Hui Ying en el museo, cuando viera la oportunidad adecuada. Para mí suerte, alrededor de las 3 pm apareció la muchacha y lentamente subió las escaleras del Museo de Arte. El chino seguidor se quedó afuera, acaso evitando el habitual baño de cultura que tomaba su patrona.
La seguí con disimulo por los diversos corredores hasta que advertí la ocasión de hablarle en una sala solitaria del cuarto piso, cuando ella estaba admirando unas bellas porcelanas Ming. Me acerqué sigiloso y le dije que era amigo de su padre, muerto en Buenos Aires dos meses atrás. Me escuchó serenamente, como si me hubiera estado esperando. Le entregué el sobre encomendado por Cirilo y mi tarjeta con el teléfono del hotel, rogándole discreción y prudencia para evitar calamidades. Creo que me entendió pues se quedó mirándome con sus ojos claros y bondadosos. Luego sonrió levemente, asintió con la cabeza y se marchó.
 
 
V
 
El domingo por la tarde sonó el teléfono de mi habitación y la voz de Hui Ying me hizo saber que debía procurarme una gorra de color rojo para mejor identificarme e ir el martes a las 8 pm a Kowloon. La cita sería en la proximidad de la estatua de Bruce Lee, en la Avenida de las Estrellas. En el transcurrir del espectáculo de luces sobre los edificios de la isla, ella me contactaría y me pasaría las instrucciones para vernos y conversar.
Así lo hice. Una multitud de turistas occidentales abordaron el ferry en una linda noche estrellada dispuestos a ver, desde la península de Kowloon, los rascacielos de la isla en el lado opuesto de la bahía, iluminados por abigarrados haces de luces. Munido de mi gorra colorada me paré en el sitio indicado, mientras la gente iba y venía a mí alrededor.
Cuando promediaba el programa luminoso alguien presionó mi brazo.
--Disimule señor Eduardo, no se dé vuelta. --Dijo la joven con una voz muy linda. Permanecí inmutable. Ella colocó un papel doblado en mi mano.
--Allí están las indicaciones para vernos el jueves en la isla de Lantau. Hasta entonces.
Luego sobrevino el silencio. Desapareció subrepticiamente, tal como había llegado. Regresé al hotel, leí su nota, cené frugalmente y traté de dormir.
El jueves temprano hice mi descenso habitual por la escalera mecánica de la calle Shelley y en la estación Central subí al metro que me llevaría a la isla de Lantau. Una vez llegado crucé una plaza, subí unas escaleras y saqué un boleto para el teleférico que atraviesa el gran valle hasta el pie del monte donde se alza el monasterio de Po Lin y su gran Buda de Bronce. Mezclado con los paseantes, esperé pacientemente, más adelante se formaba una larga cola de orientales y occidentales en la estación del cable carril, todos impacientes por llegar y así admirar la gran estatua de bronce en la cima del monte. El mar, la montaña y el cielo sin nubes parecían estar pendientes de mis pasos. Al cabo de media hora apareció Hui Ying, compró su boleto y se puso en la fila de los pasajeros. Yo, como quien no quiere la cosa, me ubiqué inmediatamente detrás de ella. Se veía hermosa con su chaqueta blanca de lino y sus pantalones azules. Un perfume exquisito la aromaba. El plan que había ideado era sencillo: Para alejar al custodio nada más simple que permanecer juntos en la fila, sin abrir la boca. Como en cada cabina del teleférico viajaban dos o quizá cuatro personas, el custodio, que estaba varios metros atrás, estaba obligado a esperar otra. Con esa ventaja a nuestro favor, nosotros nos perderíamos en la espesura de un paisaje montañoso y arbolado que al parecer la muchacha conocía muy bien. Cuando subimos al teleférico ella me miró a los ojos y sonrió aliviada. Íbamos con una pareja de turistas alemanes que despreocupados,  lo único que hacían era tomar fotos. Ella a mi lado, permanecía en silencio, concentrada. Yo también. Promediando el recorrido tomó mi mano con sus manos y la apretó suavemente. Ese gesto de calidez humana me asombró.
Entonces me habló en un castellano más que decoroso. Que esa bella mujer haya  evitado expresarse en inglés y hablara en mi idioma era una fineza inesperada.
--Me alegra conocerlo y estar con usted, señor Eduardo. Cuando lleguemos nos perderemos entre la gente e iremos a un sitio oculto en la montaña, detrás del monasterio, donde solía venir con mi padre, su amigo, cuando yo era una niña. --Me dijo sonriendo.
--A mí también me da gusto estar con usted. Agradezco haber superado mis temores y las dudas para llegar a este encuentro. En este sobre está todo lo que usted debe saber acerca de su papá. Su obra, sus propiedades, la autorización y la llave para acceder al cofre del Citibank de la calle Pedder, donde hallará usted objetos de altísimo valor, además de algunos detalles de la amistad que forjamos.
Tomó el sobre y se quedó mirándolo, mientras unas lágrimas asomaban en sus ojos.
__Gracias por sus molestias señor Eduardo. Disculpe, no se inquiete. –Dijo mientras secaba sus lágrimas con un pequeño pañuelito blanco. --Me emocioné por un momento, pero todo irá bien. Me lo dice el corazón. Mientras tanto…Admire usted este entorno maravilloso. El valle, las montañas y allá lejos la imagen de Buda con su inmensa sabiduría. –Y con su mano abierta señaló la naturaleza que nos circundaba.
Al cabo de 10 minutos descendimos del teleférico y atravesamos la aldea con paso presuroso. Pasamos junto a las escalinatas que trepan el monte hasta el Buda y proseguimos más allá del monasterio. Lo bordeaba un sendero de grava que atravesaba los jardines y las pagodas exteriores. Al final del mismo, se elevaba la tupida vegetación de los montes. Hui Ying me llevaba de la mano por sitios que conocía de memoria y al cabo de un rato, ocultos entre los árboles que tapaban el cielo, llegamos a una pequeña y antiquísima fuente tallada en la piedra de la montaña, de la cual brotaba un sonoro chorrito de agua cristalina. Extenuados, bebimos y reímos.
--Aquí no nos encontrarán jamás. —Dijo la chica con un gesto cómplice.
Nos recostamos en un árbol y hablamos de todo lo que pueden hablar dos personas que simplemente se entienden, por ese misterioso efecto de la empatía humana.
Me contó de su niñez, de la pérdida de sus padres y de la ulterior adopción por el matrimonio Ping, buenos y cariñosos, pero feroces en la defensa de sus posesiones, ella y su hermanastro incluidos. Su vida transcurría en medio de lujos y cuidados, pero ella tenía otros planes. De ellos no abundó en detalles. Al cabo de tres horas nos despedimos. Me abrazó, me besó en los labios con ternura y me pidió que esperara su llamado, al atardecer de los próximos días.
Me indicó que debía esperar allí y salir de la espesura media hora después que ella se alejara. Me aconsejó que de camino, subiera los peldaños hasta la estatua de Buda, lo cual según es fama, aporta buena fortuna. Así lo hice. Luego abordé el teleférico y el Metro para regresar.
Anochecía cuando llegue al hotel. Me duché, cené y al acostarme estuve largo rato pensando en Hui Ying.
 
 
VI
 
 
El sábado por la tarde, cuando sonó el teléfono mi corazón se sobresaltó. La voz de la muchacha sonaba clara y vital del otro lado de la línea.
--Eduardo, escúchame atentamente. Debes reservar para el próximo miércoles una suite en el Hotel Venezia de Macao. Yo asistiré en esa ciudad a un congreso científico de mi especialidad. Estaré cuatro días tranquila sin vigilancia alguna. Por las dudas, espérame en el casino en el sector de las mesas de ruleta a eso de las 8 pm. Yo te buscaré. Cuando me veas, por las dudas disimula y no me hables, ve a la ruleta más cercana y pon las fichas en el tapete de modo tal que formen los números de tu cuarto. Yo subiré a tu encuentro. Adiós.
Permanecí con el teléfono en mi oído durante algunos segundos. Deseaba seguir oyendo su voz, pero ya se había ido. No me cabía duda: Algo sucedía entre Hui Ying y quien esto escribe. Aseguro que era algo más que una atracción circunstancial. Como dije antes: Los misteriosos efectos de la empatía humana.
El lunes salí de compras. Me probé buena ropa: camisas, zapatos y finalmente adquirí lo que me quedaba bien. Pasé luego por la mejor sastrería inglesa, de esas que entregan al día siguiente la medida encargada en la mañana de hoy y pagué por un par de trajes, dos pantalones y dos sacos sport al tono. Después cené con cerveza y buena cocina de Cantón en un lindo restaurant del Soho. Cargado de paquetes llegué al hotel ya entrada la noche y me dormí como un lirón.
El martes procedí a confirmar una reserva en el hotel–casino Venezia y el miércoles a media mañana abordé el ferry rápido, ese que durante una hora atraviesa el Mar del Sur de China con rumbo a Macao. En la terminal, un ómnibus del hotel me condujo al Venezia y me instalé en un confortable apartamento. Dormité un rato y después visité la ciudad, otrora colonia portuguesa y actual meca del juego en Asia, la cual conserva en algunos sitios aquel antiguo esplendor donde no hizo estragos el mal gusto. Deambulé por sus callejas y sus ruinas hasta que algo aburrido regresé al hotel.
A eso de las siete me acicalé y me puse un traje azul recién adquirido, una camisa de seda blanca, unos zapatos impecables y bajé al casino. El bullicio de los jugadores y de las fichas era intenso. El oriental es afecto a los caprichos del azar y a todas sus sorpresas. Allí, en ese inmenso garito, ellos estaban en el mejor de los mundos posibles. Compré unas fichas y me senté un rato en el bar. Pedí un whisky para entonarme y después me ubiqué en las cercanías de las mesas de ruleta para esperar a Hui Ying.
Al cabo de unos minutos la vi llegar. Se aproximaba con un andar felino, enfundada en la bordada chaqueta de seda, de corte chino tradicional. Debajo, el vestido negro de falda corta exponía la belleza de sus piernas. Calzaba negros zapatos de taco muy alto.
Me coloqué al borde de una mesa de juego, miré con fijeza los ojos claros de la chica y aposté una ficha sobre el número 13 y otra sobre el 23. Giró la rueda y la bolita cayó. El croupier cantó el 23, cobré mis ganancias y sonriendo me retiré a la suite 1323 a esperar la visita de la chica. Al parecer la suerte me sonreía.
 
 VII
 
Pedí una botella de champagne Veuve Clicquot y algunos bocados para no beber con el estómago vacío, sintonice música suave y me senté a esperarla, tratando de dominar mi ansiedad. Cuando sonó el timbre me puse de pie como si me hubiera tocado un rayo. Mi corazón latía a una frecuencia de 120 por minuto. Abrí la puerta y lo primero que vi fue la linda sonrisa de mi visitante. Miré a ambos lados y el pasillo estaba vacío. Ella entró y al cerrarse la puerta me abrazó y me besó largamente en la boca. Tomados de la mano nos sentamos, bebimos y reímos. No abundaré en los detalles de lo sucedido en los días siguientes, íntimamente aislados en ese rincón del mundo, entre las cuatro paredes de la suite del Venezia. La amé y la poseí como jamás lo había hecho con nadie. Fuimos inmensamente felices y hablamos también de las cosas que había que hablar. Me entregó un poder por el cual me concedía la administración y el usufructo de las propiedades de Cirilo hasta nuevo aviso. Por su parte, ella, con la ayuda de su amiga, experta en arte, vendería parte del tesoro guardado en el cofre del Citibank, abandonaría Hong Kong y un buen día, no demasiado lejano, me esperaría, acaso en el Hall del Barolo, para que la paseara por mi ciudad, juntos para no separarnos más. Con lágrimas en los ojos, puso en mi mano un pequeño saco de terciopelo rojo. En su interior estaba el verde amuleto de la cultura Longshan. Lo que se dice un regalo muy valioso. Nos abrazamos largamente y la poseí por última vez.
Fue una despedida emotiva. Ella abordó el ferry de la mañana y yo el del medio día. Regresé a Hong Kong y dispuse todo para mi retorno a Buenos Aires tres días más tarde. Hui Ying me telefoneó una vez más y fue ese nuestro último adiós.
Algo triste, por la noche descendí al Soho para cenar en un pequeño restaurant italiano, no lejos de la calle Shelley. Era una noche cálida y al salir del establecimiento, concluida la cena, advertí que había poca gente por las calles y reinaba el silencio. Un auto se detuvo a mi lado y alguien abrió la puerta. Casi sin darme cuenta fui empujado con violencia al interior. Arrancaron rápidamente. Nomás sentarme, me propinaron un golpe en la cabeza que me dejó estuporoso por un buen rato. Me ataron las manos a la espalda y por las intrincadas calles de la montaña me condujeron a los viejos muelles del lado occidental de la isla. Al llegar me arrastraron hasta un oscuro embarcadero. La luna allá arriba iluminaba la escena y  vi en los ojos de esos tres sicarios que me aprisionaban, el frío destello de la muerte. Era mi fin. Lo sabía.
A un lado, movido por el oleaje, advertí el bote en el cual me lastrarían y me arrojarían al fondo del mar. Uno de ellos sacó un arma y cerré los ojos. Enseguida oí tres o cuatro silbidos, como disparos de un arma de fuego con silenciador. Los tres matones se desplomaron, absolutamente muertos alrededor mío. Alguien entre esas brumas se acercó corriendo, me tomó de los brazos ayudándome a incorporarme. Trabajosamente nos encaminamos hasta un auto oculto tras viejos contenedores y partimos a toda velocidad. La sangre corría por mi rostro y al secarse sobre mis ojos me impedía ver. Al cabo de media hora de marcha, arribamos a un gran depósito abandonado y en una pieza oscura el desconocido me acostó sobre un colchón sucio. Salió y me dejó solo temblando como una hoja. Cuando volvió y encendió una luz mortecina vi el rostro rubicundo del escocés Linley.
--¡Grandísimo hijo de puta! –Me dijo con voz ronquecina. —Te aconsejé que te fueras cuanto antes y que te olvidaras de todo el asunto. Imaginé que no lo harías, Supe desde el instante en que te vi que eras un maldito idiota, de modo que te seguí los pasos día y noche. Ellos también lo hicieron. Eran tipos de cuidado y luego de tu luna de miel en Macao, supe que eras hombre muerto… y no me equivoqué. – Extrajo del bolsillo de su saco una petaca con licor y me la extendió, mientras en su boca se dibujaba una sonrisa bonachona. Estaba a salvo. Al día siguiente al recuperar mis cosas le entregué al escocés casi todo el dinero que tenía. Unos treinta mil dólares americanos. Era una merecida recompensa.
Linley movió sus oscuras influencias y me sacó secretamente de Hong Kong en un vuelo hacia Dubai, allí embarqué para Rio de Janeiro y finalmente recalé en Buenos Aires. Tardé un tiempo en volver a ser el que era. Me acosaban las pesadillas nocturnas, la tristeza y el miedo.
Cuando me sentí mejor mudé mis oficinas al Palacio Barolo y pensando en aquella hermosa mujer hago todas las tareas que tengo que hacer. Cada vez que atravieso el vestíbulo del Palacio releo las frases latinas escritas en los arcos de la techumbre y miro alrededor, por las dudas que ella me esté esperando. Al no verla me pregunto una y otra vez: ¿Qué habrá sido de Hui Ying? Y no tengo respuestas.
 
SEGUNDA PARTE
 
I
 
Cuatro años después de aquellos sucesos, mi vida no pasaba por sus mejores momentos. El paso del tiempo y los achaques que impone, la sombra de la vejez pegada a mis espaldas y una serie de fracasos personales me habían hundido en algo parecido al Tedium Vitae que manifiesta Wilde en su poema.
El otoño en Buenos Aires se insinuaba desapacible, inoportunos fríos invernales, vientos furibundos y lluvias persistentes no me ayudaban a levantar el ánimo. El 24 de Marzo, fecha del nefasto golpe de estado de 1976 que acabó con el gobierno de Isabel Perón y con la vida de millares de argentinos, después de almorzar en El Globo, decidí caminar un poco para hacer la digestión. Me encaminé a la plaza de Mayo para curiosear el acto con que los herederos de Perón reafirmarían sus hipócritas lealtades y su fervor republicano. A poco de escuchar sus discursos me alejé espantado. Concluí que Perón se había llevado el peronismo a la tumba y lo que quedaba de aquella epopeya eran un montón de palabras huecas, anacrónicas, pronunciadas por una banda de impresentables que apenas si podían ocultar con ellas sus fines inconfesables.
Rumiando acerca del triste destino de estas tierras, condenadas al saqueo y a una mediocridad perpetua, regresé a mi oficina. Me despatarré en el sillón y me dormí una siesta. Al despertar me preparé un café bien fuerte y mientras lo bebía escuché al portero del Barolo que deslizaba un sobre por debajo de la puerta.
Indiferente me agaché a recogerlo y al tocarlo una vaga intuición, algo parecido a un relámpago mental, me despabiló de un saque. La estampilla francesa y el matasellos de Paris atizaron mi curiosidad. El remitente H.Y en un sobre del Hotel Le Meurice,  228 rue de Rivolí, me paralizó. La carta iluminó mi mirada y sentí que el alma se elevaba del sótano en que estaba.
Era de Hui Ying y con letra pequeña, describió someramente de sus cuatro años de duro exilio, después de nuestros adioses. Me ofreció una breve explicación de sus florecientes negocios con una galería de arte de su propiedad en Londres y un recitado de sus deseos de un pronto reencuentro en París. De paso, con delicada generosidad me comunicaba que en la sucursal Buenos Aires de Air France estaba idsponible mi pasaje abierto a Paris y que de ahora en más, por los gastos no me preocupara en lo más mínimo. El resto de los detalles los detallaría personalmente, champagne de por medio. Me rogaba que le comunicara la fecha de mi llegada para esperarme en el aeropuerto. En su post data me hacía saber que si mis ocupaciones lo permitían, anhelaba que estuviese a su lado cuanto antes.
Los caprichos del destino asombran. Las mujeres y sus estrategias son inescrutables. Y uno mismo a veces se desconoce. Surgía dentro mío un entusiasmo adolescente, impropio de un veterano de cien batallas.
Me dejé llevar por esa emoción repentina. Después de todo... ¿Qué iba yo a hacer en la Reina del Plata? Nada. Estaba desanimado y deprimido. Administraba los negocios de mi viejo amigo y vivía con decoro, pero algo en la maquinaria de mi espíritu no funcionaba bien... ¡Y de repente, un ángel me llamaba desde París!
No lo pensé ni un segundo. Ordené como pude mis asuntos. Junté algunos pesos que tenía en una caja de ahorro y los cambié por euros, armé una valija con unas pilchas raídas y me embarqué en la primera clase de un enorme avión con los colores de Francia. Fueron doce horas a lo campeón. Champagne y whisky escocés, entremeses y un sueño reparador.
Cuando aterrizamos en Paris, la enorme sonrisa de Hui Ying me esperaba en el hall del aeropuerto. Bella a más no poder, plena de afecto y alegría, me abrazó largamente, me tomó de la mano como a un chiquillo amigo y me guíaba por el gentío. Afuera, el sol de Mayo brillaba con ganas en en cielo azul y su efecto sobre mis tribulaciones pasadas fue sencillamente benéfico.
Un pulcro y solícito chofer nos condujo al hotel Le Meurice, donde Hui Ying tenía reservada una suite con dos habitaciones soberbias, que se comunicaba con un breve pasillo espejado. Todo era lujo y quietud. Nada mal para empezar
__Si quieres soledad la tendrás, y si quieres mi compañía la tendrás. __ dijo con la tradicional cortesía oriental que flotaba en sus genes.
Sonreí, la besé en los labios, me di una ducha  nos amamos y luego me dormí como un lirón. Al despertar, advertí que Hui Ying no estaba. Me puse ropa limpia y salí a pasear por las Tullerías. Deambulé por los Champs Elyseés, recalé en Fouquet´s y sentado en las mesas de la acera, me clavé un Cointreau entre pecho y espalda para entonarme.
Al regresar, Hui Ying me esperaba. No sé cómo pude, pero otra vez nos amamos como en los viejos tiempos. Como suele ocurrir, la mansedumbre ´post coital le abrió paso a las confidencias.
No abundaré en detalles. Yo le di cuenta de mi prolija administración de sus propiedades en Argentina. Enojada, me recriminó por no haber tocado un solo peso de las regtalías para mejorar mi calidad de vida.
__Cada uno es como es__ Le dije.
Ella me acarició el rostro con su mano y sonrió.
Luego llegó el extenso relato de su peripecia. Señalo nomás, para abreviar, que Hui Ying, tras abandonar China, estuvo un par de meses en Tokio arreglando sus asuntos financieros, luego pasó a Nueva York donde elaboró su estrategia de negocios. Diez meses después, usó dinero e influencias para abrir su galería de arte en Londres, por la zona de Picadilly. Con artistas americanos y africanos ganó dinero y prestigio y sus asuntos marcharon viento en popa. Con un dejo de tristeza me dijo que sus padres adoptivos habían muerto en un accidente y todo aquel pasado oscuro, estaba sepultado.
Con la parsimonia que imponía su sangre oriental, había meticulosamente reorganizado su vida y ahora pasaba a la segunda fase. La reorganización de nuestro vínculo...
A la mañana siguiente me despertó temprano y el chofer nos condujo a la Avenue Montaigne. Se detuvo frente a la maison Dior. Hui Ying me tomó de la mano para ingresar al interior del famoso palacete. Elegimos media docena de trajes, otros tantos conjuntos sport, camisas, sweaters, pantalones y zapatos al por mayor, lo que se dice un guardarropa completo para los tiempos por venir.
Quise protestar ante tanta obsequiosidad pero amainé. Aprendí a tomar las cosas como vienen. Me hice el zonzo, callé y dejé de lado mi oxidado orgullo porteño. Mientras miraba los paquetes que Hui Ying le entregaba al chofer, con una imperceptible sonrisa canalla, recordé aquel tango de Bucino...
 Vestido como un dandy, peinado a la gomina,
y dueño de una mina más linda que una flor.
 
 
II
 
Tres días después estábamos instalados en el Hotel Negresco de Niza gozando de algo parecido a una tardía luna de miel . Comenzaba Un voyage de noce comme il faut, según la expresión de Hui Ying. Paseos, cenas a la luz de la luna y finalmente oí de su suave voz los planes que había concebido auqella mujer deslumbrante.
Deseaba que yo me ocupara de la seguridad y del personal de su galería de arte. El traslado y vigilancia de las obras eran cosa seria y deseaba que la ayudara con eso. Tendría dinero y pasajes aéreos a mi entera conveniencia y todo el tiempo que necesitara tiempo para escribir.
__Tu oferta es atractiva. Soy un trabajador eficiente además de un infatigable escritor de fracasos que nadie lee. __-Le dije riendo.
Me besó y me comunicó que la semana entrante volaríamos hacia China, donde deseaba visitar, al inicio de la ruta de la seda, varios sitios de relevancia cultural y además visitar la tumba de Lady Fu Hao.
__ Muy bien. Al final del viaje tendré una respuesta para darte.__ Le dije mientras terminábamos con la botella de vino Petrus de Pomerol.
Los días que siguieron fueron de preparativos y hacia fines de junio partimos rumbo al Oriente.  Desembarcamos en Pekín y durante una maravillosa semana Hui Ying me paseó de un lado a otro de la bella ciudad. Pero la frutilla del postre estaba aun por saborearse.
El 10 de julio por la mañana descendimos al garaje del hotel y abordamos un poderoso Mercedes Benz 500 que conduciríamos a lo largo del camino de 2000 kilómetros que une Pekin con Anyang, X´ian, Guanjang y Dunhuang, esta última ciudad en pleno desierto de Gobi, en la profundidad de Mongolia.
__Quiero que veamos juntos el milenario hilo conductor de la cultura china y sus misteriosas influencias. Será una forma de conocerme y conocernos de cara al futuro.
Sorprendido, guardé silencio ante tan conmovedora reflexión.
Atravesamos bosques y montañas maravillosas, caudalosos ríos y valles plagados de arrozales, hasta llegar a nuestra primera escala en Yin Xu, donde se alza el testimonio de la edad de oro alcanzada por la cultura, la artesanía y las ciencias de la China antigua, en un periodo de gran prosperidad de la Edad del Bronce. Tomados de la mano caminamos por el palacio, el área de los templos ancestrales y la tumba de Fu Hao, que es la única sepultura hallada intacta, hasta ahora, de una de las sesenta esposas del emperador Wu Ding, que reinó en el 1200 a.C durante la dinastía Shang.
Toda esta información me la relataba Hui Jing, sonriendo como una colegiala que se sabe al dedillo la lección.
__ Fu Hao es conocida por  las inscripciones halladas en artefactos de hueso desenterrados en el oráculo de Yin Xu. Ellas demuestran que Fu Hao dirigió numerosas campañas militares. Diversas tribus habían luchado contra los Shang durante generaciones hasta que fueron finalmente derrotados por Fu Hao en una sola batalla decisiva. Otras campañas militares se sucedieron contra las tribus vecinas. Con su ejército de 13.000 soldados y generales importantes bajo su mando, Fu Hao era la líder militar más poderosa de su tiempo. Esta situación altamente inusual es confirmada por las muchas armas, incluidas las grandes hachas de guerra desenterradas en su tumba.
__ Como ves, las mujeres chinas tenemos agallas__ Dijo sonriendo.
Fueron aquellos días serenos y relajados y el domingo por la mañana partimos hacia X´ian para admirar los famosos guerreros de terracota, todos de rostros diferentes, algunos de ellos de clara reminiscencia indoeuropea, que fueron enterrados cerca del autoproclamado primer emperador de China y que le diera su nombre (Chin) a esas tierras. Fundó la dinastía Chin y fue el poderoso Chin Shi Hyang en 210 a.C.
Fue otro trayecto encantador, a través de paisajes parecían haber detenido el tiempo a su alrededor.
Pasamos varios días admirados ante esa tumba monumental que nos habla de la insignificancia humana.
__La terracota dura más que el hombre me dijo Hui Jing.__ Mientras miraba esas estatuas que el emperador había dispuesto enterrar en formación de batalla en tres fosos, un kilómetro y medio al este de la tumba del emperador, que a su vez dista 33 km al este de Xi'an.__ El pobre iluso, quería guerrear después de la muerte._ Concluyó.
Esa noche cenamos opíparamente y charlamos hasta la madrugada. Hui Jing me contó que en el legado de su padre había una mascarilla de Sanxingdhui, que atesoraba en su caja de seguridad del Lloyds Bank de Londres. Para mi estupor me comentó que su precio superaba los 12 millones de libras.
Cuando visitamos el museo cerca de la ciudad de Guanghang, Hui Ying abrió para mí toda su erudición. Con voz suave, en un raro castellano aporteñado, aprendido de su padre, me contó la fabulosa historia de esos objetos.
__En medio del pueblo de Sanxingdui, en una zona silenciosa en la provincia de Sichuan, en China, ocurrió un descubrimiento notable que de inmediato atrajo la atención internacional y reescribió la historia de la civilización china.
Como un maestro, la bella mujer me educaba en aquella cultura ancestral.
Al parecer, los artefactos habían sido datados entre los siglos XII al XI a. C.
__Fueron creados usando una tecnología avanzada de fundición de bronce, añadiendo plomo a una combinación con cobre y estaño, creando de tal modo una sustancia más fuerte, que permitía fundir objetos sustancialmente más grandes y pesados, como estatuas humanas de tamaño natural humano y hasta un árbol de cuatro metros de altura. La cultura que produjo estos artefactos se conoce como Cultura Sanxingdui, del antiguo reino de Shu con sus primeros reyes legendarios.
Estupefacto ante tanta belleza, caminaba mientras Hui Ying proseguía con su relato.
__En la época neolítica, los chinos identificaban cada uno de los cuatro cuadrantes del cielo con animales: El pájaro, con el sur; el tigre, con el oeste; el dragón, con el este y la tortuga/serpiente, con el norte. Cada uno de estos puntos estaba asociado a una constelación que era visible en alguna estación del año: el dragón, en primavera; el pájaro, en verano; etc. Curiosamente, estos son los cuatro animales que predominan en los hallazgos de Sanxingdui, pájaros, dragones, serpientes y tigres, lo que conduce a la teoría que afitrma que estos bronces representarían el universo. Algunos creen que la constante representación de estos animales, sobre todo en el último período Han, fue un intento de los humanos para adentrarse en el conocimiento de su mundo. Los jades descubiertos en Sanxingdui también parecen estar relacionados con los seis tipos conocidos de jades rituales de la antigua China, cada uno asociado, también, con un punto cardinal, además del Cielo y la Tierra.
Nos alejamos felices del bello lugar y dos días después emprendíamos viaje hacia nuestra escala final en Dunghuang. Nos hospedaríamos en un lindo hotel cercano a las colinas de Minsha y del lago Crescent.
Fueron aquellos unos días inolvidables y así se lo hice saber a mi compañera.
__Alegría, amor y cultura es todo lo que necesitamos__ Me dijo Hui Ying, riendo desnuda a mi lado.
Temprano en la mañana, Hui Ying me despertó muy entusiasmada para desayunar y dirigirnos hacia las cuevas de Mogao.
Delante de una taza de café humeante me contó todo lo que sabía, que no era poco, acerca de las sorprendentes pinturas y esculturas de los templos que visitaríamos, llamados de Los Mil Budas y excavados en la roca.
__Ya lo verás. Parecerá que esas maravillas fueron creadas por impresionistas avant la lettre, __ Sentenció mientras me besaba en la mejilla.
Cuando llegamos, quedé extasiado ante semejantes portentos.
En efecto, las cuevas de Mogao albergan un conjunto de más de 400 templos, decorados con pinturas murales y miles de esculturas y manuscritos. Las grutas se encuentran en un importante enclave de la Ruta de la Seda, que hasta la Edad Moderna y desde la prehistoria, fue una red comercial, que llegó a comunicar en su época de esplendor, el gran Imperio chino con el Imperio romano. Durante muchos siglos fue un importante centro de oración budista, que aunque se encuentra en medio del desierto de Gobi, hizo que este enclave se convirtiera en la puerta occidental de China.
Todo pasa. Al día siguiente, bajo un sol abrasador dejamos el Mercedes en el Aeropuerto, volamos a Pekin y de allí a Londres.
 
 III
 
 
Hui Ying tenía un amplio y bello apartamento en Cartwright Gardens, en el barrio de Saint Pancras. La luz entraba a raudales por los enormes ventanales con vistas al arbolado parque y a las canchas de tenis. Era un lindo rincón londinense y yo lo caminaba durante una hora todas las mañanas, para ablandar las arterias y de paso rumiar acerca de la estrategia futura. Hui Ying era una mujer laboriosa y perspicaz para los negocios. Acrecentaba su abultada cuenta bancaria día a día. En ese esquema, yo venía a ser algo así como su opuesto complementario. Al parecer, esa mirada diferente, le hacía bien. Al menos eso me dijo. ¿Qué sería de mi en este quilombo?... No lo sabía.
Lo cierto es que a ella se la veía feliz. Me consultaba todo lo referente a la administración de su próspero emprendimiento y de los caudales depositados en varios bancos. Todo eso correría por mi cuenta y ella se abocaría al contacto con artistas y marchands de arte.
Finalmente me dispuse a considerar su propuesta de manera definitiva y a hacerle saber mi decisión.
En el atardecer del viernes 21 de Septiembre, día de la primavera en Buenos Aires, tras acicalarme, me empilché de primera. Tomé un  taxi, compré un ramo de rosas en Berkely Street y pasé a buscar a Hui Ying por su galería en St. James Street. Bebimos un whisky en un bar cercano y la invité a cenar en el restaurant del Ritz, que quedaba a la vuelta de su negocio. De más está decir que yo tenía mesa reservada junto a una de las ventanas.
__Hoy empieza la primavera en la Reina del Plata y eso me influencia. Le dije.
__ Será entonces un buen momento para los amantes.__Me replicó mientras caminábamos abrazados por Picadilly.
Fue una velada admirable. A los postres, con voz solemne le dije:
__Hui  Ying, te hablaré claro para que sepas a que te expones si insistes en permanecer a mi lado. Te enumeraré algunas de mis aristas oscuras para que recapacites.
Ella sonrío como quien conoce el discurso y bebió de su copa mirándome con simpatía.
__Tengo treinta años más que vos, un montón de fracasos, caídas y desencantos que me han endurecido el cuero como a un cocodrilo. Pacientemente he arrancado de raíz todas las expectativas que tuve y aprendí a vivir sin ellas, tomando lo que cada día ofrece. Soy aficionado al ocio creador. Aprecio del evangelio de San Marcos el versículo 26 del capítulo 6 y pretendo que quien me ame que no tenga compasión cuando deje de amarme y quiera marcharse. Considero la compasión indigna del amor. Me gusta el tango, extraño a Buenos Aires y hay días en que no tengo ganas de hablar, pero sí de escribir. Me gustan las películas del Oeste. De los ingleses me gustan pocas cosas, en particular los libros de Conrad y Stevenson y la música de los Beatles. Si podés tragarte todos esos sapos de mi mísera existencia, entonces permaneceré a tu lado nueve meses al año. Durante los otros tres me marcharé a Buenos Aires. Necesito su mugre y su escoria.
__Uf... Pensé por la cara que pusiste que me dirías algo aterrador. Quedate tranquilo, estará todo bien. Ahora, dejémonos de pamplinas, bebamos un oporto y vamos casa; haremos el amor y dormiremos en paz esta linda noche londinense o si preferís, de primavera en tu Reina del Plata.
 
 EPÍLOGO
  
 Ya hace tres años que Hui ying y yo estamos juntos. El mes pasado regresamos de Buenos Aires, donde pasamos el verano austral.
Debo comentar que en Londres me ocupo de algunas cuestiones específicas en los negocios de Hui Ying. Impuestos, inversiones y la administración de sus millones. En lo que al ocio se refiere, camino diariamente a la vera del Támesis, cada mes, algún fin de semana tomamos el tren bala y nos hacemos alguna escapada a Bruselas o Paris. Además escribo montones de páginas que a veces edito pero que nadie lee. Invariablemente acompaño a Hui Ying a sus eventos y en raras ocasiones la llevo a una patética milonga de Londres donde bailamos unos tangos.
De esa manera transcurre mi actual existencia. Es lo que hay.
¿Qué hemos de hacerle? La vida fluye como el rio y nosotros flotamos en ella, al garete, hacia un futuro que es siempre inescrutable.
Aunque a veces, en esa deriva existencial, me parece que soy como aquel tipo que se arrojó del último piso del Empire State y que en su caída se decía: “De momento, todo va bien”.