MEMORIAS

Una cosa es el recuerdo y otra cosa es recordar.
Antonio Machado
Heriberto Zappietro despertó como cada mañana, a eso de las 8. Hizo una cuenta habitual y rápida que casi siempre sumaba tres o cuatro horas de sueño inconstante, luego se acicaló y tomó unos mates. A las diez ya estaba sentado frente a la máquina de escribir.
Ese era un día especial por dos razones. La primera de ellas subrayaba que era su cumpleaños. La segunda era la certidumbre que las páginas finales de sus memorias estaban a punto de ser escritas ese día. Por todo eso evitó salir a la calle.
Lo que comenzó como un pasatiempo se había transformado poco a poco en una necesidad irrefrenable. Era como una sed que a diario saciaba en el manantial de lo pretérito. Al principio escribía algunos pasajes de su agitada vida, escogidos al azar y que cuajaban, en forma de frases, las volubles formas de sus evocaciones: Los lejanos inicios en los negocios, el ingreso a la política,  su ascenso hacia el poder.
A medida que pasaba el tiempo y se internaba más y más en aquella práctica literaria, aprendió a ejercerla de un modo sistemático, ordenado y rigurosamente sometido a una secuencia cronológica, que arrancaba en la infancia y ascendía, como el humo de una hoguera, a las alturas de la juventud, de la madurez y de la incipiente senectud.
 Al cabo de algunos meses advirtió que esa tarea absorbía casi todas las  horas de sus días y que el ejercicio de recordar se estaba transformando en una temible y excluyente adicción.
Pronto comprobó que cuando era interrumpido en esa tarea por las arbitrarias incursiones del prójimo  o de lo cotidiano, se irritaba hasta la ira.
Para darle el tiempo que reclamaba la inesperada monomanía, comenzó por delegar decisiones, luego desapareció de los sitios que frecuentaba y finalmente, para no ser molestado en absoluto, decidió partir para alejarse de su círculo.
Según dijo, se instaló hasta concluir la faena, en un hotel de la vía Véneto en Roma, no lejos de la Plaza Barberini.
En ese entorno milenario pudo dar rienda suelta a la fascinante tarea de ahondarse en las cavernas del pasado, de un modo calculado, pertinaz y minucioso. Era esa espeleología mental una prolongada ensoñación, obsesiva, compleja y frágil.
Para evitar caer en las arenas movedizas del surmenage, se impuso hacer paseos matinales, que derivaban a veces en una larga caminata hasta la Villa Borghese, o en la observación de las pinturas del Caravaggio diseminadas en iglesias y museos romanos, o al descenso cada vez más frecuente a la cripta de los Capuchinos, en los sótanos de Nuestra Señora de la Concepción, la iglesia de las siniestras capillas de los monjes muertos.
Se dio cuenta que su paso no era el de siempre. Caminaba como caminan los sonámbulos, inmerso en lejanas reverberaciones, donde se proyectaban las sombras de sus padres y sus hermanos muertos, los reflejos de la infancia, los compañeros de la juventud, sus mujeres…
Al regresar del paseo, se detenía en un fondín de la vía de San Isidoro, donde picaba algún alimento frugal regado con un par de copas de vino Frascati y luego se encerraba en su cuarto. Dormía una hora de siesta y al despertar, se abstraía en ocho o nueve horas de precipitada escritura.
Entonces examinaba la naturaleza de todo aquello que luego de vivirse, se estratifica -en el etéreo peñasco que llamamos memoria- en depósitos alternados de vivencias, que como rocas intangibles de diferentes tamaños de grano, superponían fantasmales areniscas de traiciones, sedimentos de horrendas trapisondas, raros depósitos de negra pizarra combustible, que constituye el estrato de los momentos felices. Tampoco faltaban los restos fósiles de amoríos, incrustados en el duro basalto del desengaño.
Pronto advirtió dos dificultades trascendentales.
La primera - quizá la menos penosa - resultó el arduo, el ímprobo esfuerzo por disciplinar la memoria.
La segunda: La morbosa inclinación al retoque, a desfigurar los hechos. Eso que los pintores italianos denominaban pentimento.
Todo el material era revisado, limpiado y acomodado en su libreta de notas y antes de pasar al folio, incurría  en frecuentes correcciones y modificaciones (ad usum Delphini) de numerosos pasajes escabrosos.
A poco de comenzar había comprendido que para evitar el horror de la culpa, siempre tan próxima a la evocación, era preciso someter el archivo mental a intensas manipulaciones, al abuso del maquillaje para cubrir oscuros tejemanejes y abominables crímenes.
A menudo, recordando, creía asomarse a un extenso basural.
La solución a tales entresijos fue trivial.
Debía aherrojar la memoria para que no escapara la fantasmal alevosía.
En suma, debía impedir que la miseria moral que atizó su ambición por el oro mal habido y el poder corrupto, aflorara en la posteridad, en medio de una luz abrasadora y fatal.
Se obligó, como un marmolero, a esculpir una lápida indeleble que ocultara la podredumbre de su tumba.
Amontonó con la paciencia de una hormiga, palabras y frases que intentaban cubrir las codicias, las violencias, las desmesuras que brotaban del prodigioso volcán de su pasado.
Como Sísifo, remontó cada día una pesada piedra que se desmoronaba. En vano trataba de detener ese flujo de lava incandescente. Resultaba imposible  encauzarla para que no quemara, a la vista de todos, la imagen falluta e inconsistente que había forjado de sí mismo.
Comprendió su fracaso. Miles de palabras no alcanzaban para encubrir su lepra. El horror de su existencia brotaba entre esas páginas amarillentas dejando al descubierto, entre líneas, la raíz de cada mentira.
Estampó el punto final. Al incorporarse de su silla tapó la máquina de escribir y se sintió liberado y temeroso.
Acomodó cuidadosamente los folios de sus memorias en una carpeta azul, se sirvió una copa de buen alcohol, tomó de un frasco un puñado de pastillas y se las tragó sin hesitar. Al rato se acurrucó en la cama y algo abombado por la sobredosis de barbitúricos, se dispuso serenamente a encontrar lo que buscaba.