Los gallos de Bora Bora (Cuento)

                                                                                 Los gallos de Bora Bora

                                                                                                     I

Amanecía en Papeete y yo desvalido en la cama, me estremecía por los escalofríos que me hacían tiritar como una rama sacudida por la tempestad. Bañado en sudor, no lograba incorporarme ni encaminar mis ideas. Al cabo de tres horas, cuando cesó el maldito temblor, quebrantado y con dificultad logré arrastrarme hasta la ducha. Pasé el resto del día en reposo sin saber qué diablos me había pasado, dudaba en situar mis padecimientos entre una intoxicación por el pescado que cené en los roulottes de la plaza Vaiete o alguna infección tropical transmitida por los mosquitos. Dos días más tarde estaba repuesto y retomé mi actividad.
La mayoría de ustedes ignora que yo fui una especie de mediador entre mis contratistas y sus clientelas difíciles, con particularidades de trato que no a todos convenían. Hombres de negocios, políticos, altos funcionarios eran mi especialidad. El objeto de mi arte eran en su mayoría hombres acostumbrados al mando y también al latrocinio. Con ellos había que interceder y obrar sin vacilaciones para acomodar los intereses en conflicto.
Mis últimas órdenes indicaban con toda claridad que debía llevar a cabo la próxima misión entre los días 19 y 23 de Agosto. El modus operandi debía ser eficaz y discreto. Como siempre, concluido el trato debía desaparecer de la escena sin dejar rastros. Tras haber evaluado el caso, solicité a mis jefes en el estado de Virginia, el apoyo logístico imprescindible para cumplimentar el encargo.
El 6 de Agosto embarqué en San Francisco en un vuelo hacia Tahití. Pasé una semana en Papeete, escalofríos incluidos, afinando detalles. Volé a Bora Bora el 14 de Agosto por la mañana. Me alojé en una cabaña solitaria, montada sobre pilotes, en las aguas mansas de la laguna, en un rincón perdido en la bahía de Fa´anui, que se adaptaba perfectamente a mis propósitos. Tal como se había previsto, en ella encontré alimentos y los elementos solicitados para llevar adelante el asunto. Mi trabajo tiene sus entresijos y requiere hilvanar un sinnúmero de detalles para concluir en los resultados buscados. De inmediato me aboqué a investigar la privacidad del sitio que habitaba, las características del vecindario de mi cliente, los movimientos de los nativos y sus horarios, las características del viento en la laguna, el buen funcionamiento del motor del bote y toda una infinidad de cuestiones que omitiré, pues solo producen aburrimiento en quien los lee.
Las islas de la polinesia, por alguna razón que ignoro, están pobladas por infinidad de galináceos, que deambulan tranquilos y seguros tanto en la playa como en lo alto de los montes, con privilegios similares a los de las vacas sagradas de la India. Unos gallos compadrones merodeaban mi cabaña y para su deleite, yo les arrojaba granos de arroz. El canto de esos gallos me era grato y (por qué no decirlo) mitigaba la soledad de mi oficio.
Mi humor por entonces no era de los mejores. La causa era simple: Envejecía con tropiezos. Próximo a ser un sexagenario, recordaba con nostalgia los tiempos pasados. Estaba cansado, sin expectativas, con un horizonte brumoso ante mí. Todo había pasado muy de prisa y se alejaba. Había decidido retirarme del trabajo, buscarme un pasatiempo y acaso una mujer, ni muy joven ni muy vieja, con la cual pasar los pocos buenos momentos que pudieran quedar en el baúl de mi porvenir.
Cuando les propuse a los jefes mi intención de pasar a retiro, al principio se resistieron, pero con la ayuda de mi supervisor, un viejo camarada y mejor amigo, logramos convencerlos. Pusieron una única condición: Que me encargara de esta última tarea, la cual debía realizarse en una isla lejana de los mares del sur.
El cliente con quien debía tratar era el ex ministro de economía de una republiqueta sudamericana, cuyo proceder equívoco y sus conexiones mafiosas habían molestado a gente importante. El tipo se alojaba temporalmente en un chalet costero, cerca de la Ta´ihi point. Era un sitio aislado y rodeado de cocoteros en medio de los cuales,  al atardecer, el inquilino solía entretenerse al igual que yo, alimentando a los imponentes gallos colorados y amarillentos enseñoreados en las islas. Luego, el hombre tomaba sus aparejos de pesca y se pasaba un par de horas en la orilla del mar, arrojando su línea y tratando de capturar algún mahi mahi para la cena. La dama que lo acompañaba, una bella pelirroja cuarentona, tomaba sol por las mañanas y leía apaciblemente en la veranda de la cabaña por la tardes. La observé detenidamente en sus rutinas y deduje que no interferiría en absoluto con la reunión prevista.
Según lo planeado, la cita se produciría el martes 20 al atardecer, en la playa vecina. En esas regiones la noche cae rápido. A eso de las 19 horas el paisaje se torna oscuro, sobre todo cuando no brilla la luna. Ese día amaneció soleado y caluroso. Almorcé unas frutas, dormí una siesta y luego me refresqué con una ducha. Antes de salir, comí un bocado de pan con queso brie y lo bajé con un vaso de beaujolais. Me vestí, revisé mi maletín y tras corroborar que todo estaba en orden, abordé el bote, encendí el motor y me dirigí al punto de encuentro. Anochecía y el cielo se poblaba de estrellas.
Me separaban 10 minutos de navegación hasta el punto de encuentro. Bordeé la costa. Por la banda de estribor se advertía, a unos 70 metros, la espuma del oleaje que se estrellaba contra la barrera de arrecifes. A lo lejos divisé la cabaña de mi cliente, apagué el motor y me acerqué remando. Fondeé el bote a unos cincuenta metros de la chispa del cigarro del pescador que buscaba. Quería asegurarme que era él. Lo enfoque con los prismáticos infrarrojos y en efecto allí estaba el hombre que buscaba.
Antes de continuar, abrí el maletín y preparé las cosas requeridas para el encuentro. No imaginen nada del otro mundo: Un fusil Barret M107, el silenciador y la mira telescópica. Estaba tranquilo, a pocos metros de la costa, envuelto en la negritud de la noche. Me acosté sobre el piso del bote, apunté al objetivo, detuve la respiración y gatillé. El chasquido habitual me anunció que la mediación estaba en camino. Cayó la chispa del cigarro sobre la arena y luego, como una marioneta, el cuerpo regordete del funcionario. Unos gallos circunstantes se acercaron con prudencia a picotear la carnada para peces de mi cliente. Cuando me alejaba oí a alguno de ellos cantar, satisfecho.
 
                                                                                               II
 
Una tarde primaveral, seis meses después de mi jubilación, vagabundeaba por Madrid sin rumbo fijo. Casi sin darme cuenta, paso a paso llegue hasta el Parque del Retiro. Caminando por uno de sus senderos advertí para mi sorpresa, sentada en un banco, no lejos del Palacio de Cristal, a la bella pelirroja que leía por las tardes  en la veranda de la cabaña en Bora Bora.  Para que se entienda: Era ni más ni menos que la acompañante de mi último cliente.
Intrigado, la observé de lejos un buen rato. Cuando se puso a caminar la seguí a prudente distancia. A decir verdad lo hice sin propósito alguno, llevado por la fuerza de las circunstancias o más bien, empujado por ese encuentro casual y mi proverbial curiosidad.
La coqueta salió del parque y se encaminó hacia el Museo del Prado. Yo iba treinta pasos atrás, como cualquier distraído. Pagó su entrada y entró. Hice lo mismo. Ella deambuló un rato por varias salas hasta que se detuvo ante una muestra de Rembrandt que reunía a unas cuarenta obras del célebre pintor holandés. Se ve que la dama sabía de qué se trataba, ya que el Prado posee una sola pintura del artista.
Personalmente, siempre fui un devoto admirador de Rembrandt y conocía su obra al dedillo, de modo que me resultó auspiciosa la inclinación estética de la pelirroja.
Se sentó para admirar el cuadro Bestsabé con la carta de David, y al observarla, me pareció que estaba en un trance de goce estético.
Me senté a su lado, inmóvil y adopté una pose de embeleso ante la obra, similar a la de ella.
Al cabo de un rato, como si despertara de un sueño me miró y por cortesía, sonrío apenas.
___ La modelo era Hendrickje Stoffels, la segunda compañera de Rembrandt, que murió en 1663 tras una larga agonía, probablemente por la progresión de un cáncer de mama. __Dije con voz suave para que me escuchara.
Ella me miró asombrada. Ahí nomás me incorporé, la miré a los ojos y me acerqué a la obra.
__ Vea usted que curioso es esto __Le dije señalando el seno izquierdo de la mujer.
Ella se acercó intrigada y seguía con sus ojos el recorrido de mi dedo índice.
__Aquí aparece un tumor con retracción en la mama izquierda, y adenopatías de gran tamaño en la axila del mismo lado. Advierta usted, hasta qué punto la mirada del artista captaba los mínimos detalles de la realidad que pintaba.
__Caramba __ Repitió como una letanía.--¿Es usted médico?
__No señorita. Soy apenas un aficionado a la obra de Rembrandt. Lo mismo me pasa con el Caravaggio. Leo cuanto puedo acerca de él. Si me acompaña podemos admirar en la otra sala el David vencedor de Goliat, que pintó hacia el 1600.
Como ustedes saben, una cosa lleva a la otra. La pintura de Rembrandt nos llevó a la del Caravaggio, luego a una cena en la Plaza Mayor, después a un almuerzo en Segovia y a un paseo por la Granja de San Ildefonso. Lo cierto que una semana más tarde estaba la bella pelirroja instalada en mi departamento de la calle Maestro Guerrero, ambos inmersos en un vínculo de naturaleza incierta.
Hacia fines de mes la invité a pasar una semana en Paris y ella aceptó gustosa. Nos instalamos en un lindo hotelito de la Isla Saint Louis y paseamos por la ciudad a más no poder.
Un jueves, luego de almorzar en el barrio de Saint Germain descendimos por la rue du Bac hasta el Museo d´Orsay, con deseos de admirar sus tesoros. Caminando por aquel vasto espacio, Silvina, que así se llamaba la colorada linda, se detuvo absorta delante de una pintura de Jean-Léon Gérôme, conocida como La pelea de gallos. Me detuve a su lado y sin saber porqué la tomé de la mano. Al cabo de unos instantes dijo en voz muy baja:
__ Me gustan los gallos. Estos que pintó el artista me hacen acordar a los gallos de Bora Bora.
Estupefacto no atiné a decir nada. Un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Habría un significado oculto en sus palabras?
Falsa alarma.
Ella, como si nada, prosiguió su marcha con el buen humor habitual y yo respiré aliviado. Esa noche, enredado en sus brazos y sus piernas, resultó en todo sentido maravillosa.
Días después nos despedimos en el aeropuerto. Ella regresaba a su trabajo en Santiago de Chile y yo volvía a la placidez de mi casa en Buenos Aires. Quedamos en visitarnos.
Pasado el tiempo decidimos vivir juntos tres meses en Santiago y otros tres en Buenos Aires. Todo va bien. Ella nunca dijo nada de su antigua relación con el difunto ministro de economía en la lejana Bora Bora y yo, como corresponde, también guardo mis secretos.
El amor necesita sus misterios. Todo el mundo sabe que ninguna relación sentimental soporta altas dosis de sinceridad y verdades confidenciales.