LOS ARGENTINOS Y SU FATALIDAD

 

El título es adecuado, si se entiende por fatalidad a aquello que está enlazado tanto con el destino como también con la desdicha.
¿O acaso cabe alguna duda que el pueblo argentino es, en su inmensa mayoría, un pueblo desdichado con un destino incierto?
Y lo grave es que estas penurias no son nuevas.
Con clarividencia lo afirmaba Mariano Moreno hace más de dos siglos:
Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía”.
De ahí en más, la historia nos ha mostrado que cada vez que los gobiernos nacionales apostaron a la educación de su pueblo, la sociedad en su conjunto avanzó, al punto tal de llegar a ser a fines del siglo XIX, una de las siete economías más prósperas del planeta.
Un siglo después, apartados del sagrado deber de ilustrar al pueblo, somos lo que somos. Un país arrasado por la pobreza, por la ignorancia, por la inseguridad, por la corrupción generalizada en los tres poderes de la república y por la desesperanza de no volver a ser lo que fuimos, o lo que es peor, no ser aquello que podemos ser.
¿Qué ha sucedido para semejante fatalidad?
La respuesta puede ser intrincada si quienes responden desean confundirnos para satisfacer sus fines inconfesables.
Vamos por la respuesta sencilla entonces:
  • Exceptuando lo que hay que exceptuar, hemos sido gobernados por corruptos, incapaces y traidores a la patria.
  • Impusieron la política infame de trivializar la educación, para facilitarse la manipulación del pueblo y el saqueo de sus riquezas. Llevados por esa moral pirata, olvidaron el desarrollo económico social del país, falseando la historia y engañando a muchos con la retórica de ideologías populistas, sepultadas por la experiencia y el tiempo.
  • Impregnaron la conciencia social con lemas absurdos, basados en la permisividad y el relativismo. La impunidad ante la ley. El todo vale y la falacia de que la única verdad es la verdad del que manda. De allí a la inoculación del fanatismo social no hubo más que un paso.
 
Resultados: Los poderes del estado, envilecidos y podridos hasta el hueso.
Jueces legisladores y funcionarios enriquecidos con sus privilegios y desentendidos del rumbo de la patria.
Vastos sectores de la sociedad sumidos en la ignorancia y la miseria, degradados, carentes de normas sociales, corrompidos por las dádivas que perpetúan su miseria.
Un montón de idiotas útiles que baten el parche de una izquierda anacrónica.
Una gran mayoría silenciosa que no sabe, no puede o no quiere separar la paja del trigo y utilizar la herramienta democrática del voto para salir adelante.
Hay un solo modo de avanzar y es no volver hacia atrás.
No recular. Dejar de lado el facilismo y entender que hay que empezar de cero, trabajando para el futuro, para las nuevas generaciones, pero no con los viejos ladrones.
¡Y hay que empezar ya!