LA PERLA NEGRA (CUENTO)

Para Jorge y Fernando Cassiau

 

 

La perla negra

No me abandona. Siempre está a mi lado.

La sombra de haber sido un desdichado.

J L Borges

 

Desde que Magallanes en su vuelta al mundo avistara los archipiélagos de la polinesia, los marinos españoles e ingleses no cesaron de visitarlos. El marino francés Dupetit Thouars ocupó Tahití en el año 1842 y desde entonces todas esas islas pasaron a ser un protectorado de Francia.

En Papeete, la sencilla capital de Tahití, en el Archipiélago de la Sociedad, la calle del Docteur Cassiau, sombreada de aguacates no había cambiado con el transcurrir del tiempo, la suave brisa marina, sus olores y sus colores la caracterizaban desde siempre. Allí, no lejos de la antigua residencia de la reina Marau, se alzaba la vivienda de Jules Charriere, médico prominente de Papeete y alto funcionario de los territorios de ultramar, a quien conocí durante mis años  de trabajo en el Hospital Territorial. Lo traté primero como superior y luego, con el paso del tiempo nos hicimos amigos.

Era un hombre alto y delgado, de unos cincuenta años, de cabellera entrecana y rostro bronceado, sus ojos azules de mirar bondadoso se correspondían con los labios finos de triste curvatura. Su tatarabuelo había sido un petimetre realista que, escapando de los jacobinos y su guillotina revolucionaria, se refugió en Santo Domingo donde formó familia y hacienda. Auguste, su hijo mayor, se embarcó con la flota de Thouars que marchaba a las islas del Océano Pacífico y se afincó en Tahití.  Ese era el primer ancestro isleño de mi amigo.

Corría por sus venas buena sangre aventurera. Era aficionado a la navegación, al buceo y al ciclismo. Durante la Segunda Guerra Mundial se unió a las tropas de la Francia libre y sirvió en la 2ª. División blindada a las órdenes del General Leclerc en África. Participó en la Liberación de Paris y de Estrasburgo adentrándose después en el sur de Alemania hasta el cuartel de Hitler en Berchtesgaden. Fue condecorado por sus servicios a la patria con la Orden de la Legión de Honor. Finalizada la guerra conoció a Madeleine Hauterive con quien se casó a fines de 1945. Vivieron un tiempo en París. A mediados de 1946 Charriere acompañó a Leclerc a Indochina para restablecer la soberanía francesa y entablar conversaciones con Ho Chi Minh. Compartía el criterio de su jefe, quien descreía en una solución militar del conflicto que oponía a la Francia colonial con los nacionalistas y que degeneraría en la Guerra de Indochina.

Los rigores de la guerra y de la política, según alguna vez me dijo, amenguaron su ánimo y abandonó la capital para regresar a Tahití en 1948. Allí volvió a ejercer la medicina, a quien refería como su primera pasión. Por entonces su esposa estaba embarazada de 6 meses y apenas llegada a la isla perdió la criatura en un parto prematuro. Esa circunstancia afectó seriamente la de por sí frágil salud mental de la mujer, que fue hundiéndose de a poco en una irrecuperable depresión. Una mañana de junio de 1949, como habituaba, salió a caminar por la orilla del mar. Nunca regresó, Fue encontrada al día siguiente, muerta, flotando en las cercanías del puerto. 

Yo conocí a Charriere cuatro años después de haber enviudado. Frecuentaba su casa para tomar unas copas y escuchar un poco de música, de su tierra y de la mía.

__En las islas las cosas y los hombres cambian poco y con suma lentitud. —Solía repetir con su voz enronquecida.__ Es como si el mar  formara una enorme masa amortiguadora de las transformaciones superfluas. Mire si no esta residencia, cuatro generaciones han pasado por ella y todo permanece tal cual. Es como si el mundo girara más despacio en estas latitudes. Acaso por eso las desdichas y las alegrías se eternizan.

__Me parece que la duración de las desdichas y de las alegrías dependen más de nosotros que del paisaje. __Afirmé sonriendo.

__En lo que a mi concierne, la imbecilidad de la guerra, la miopía de los políticos y las desventuras conyugales  me han llevado hacia el escepticismo en lo que concierne a las cosas humanas. De joven fui ferviente católico y hoy me he dejado arrastrar por un sereno agnosticismo. Ya ve, es como si de a poco me fuera despojando de las viejas ilusiones…

__Brindemos por eso. Las ilusiones de poco sirven.

Le agradaba beber whisky, mientras en la antigua victrola que resistía los embates del progreso en un rincón de su sala de estar, sonaban mazurcas de Chopin y algunos tangos de mi colección.

__Mi balance es sencillo. __Me dijo una noche.__ He escrito mucho y no he dado un solo libro a la imprenta, naufragué en la desesperanza de la política nacional y me distancié de la iglesia. Del amor no puedo hablar demasiado. A veces, de no ser por los enfermos que he curado, creo haber malgastado mis días. Se me ocurre que de una forma u otra, acabaré solo e incomprendido.

Había en su mirada la penosa seguridad del iluminado.

__No está a nuestro alcance adivinar el futuro.__Le dije.

Una semana más tarde le hablé por teléfono para despedirme. Debía viajar a Paris donde permanecería durante tres o cuatro meses por cuestiones laborales, referidas a mis informes de la supervisión epidemiológica de las islas, que me habían encomendado los del Ministerio de Salud. El trabajo y el bullicio de la metrópoli me llenaron de tensiones y urgencias. En el fondo de mi ser añoraba la dulce vida de Papeete.

Regresé a principios de diciembre y al reencontrar a Charriere noté un cambio en su ánimo. La sonrisa aparecía a menudo en sus labios y sospeché que algo le sucedía. No tardó mucho en notificarme la buena nueva.

__Conocí a Ranitea a los pocos días que usted partió y créame que me ha hecho mucho bien volver a relacionarme con una mujer a todo nivel…espiritual quiero decir.

__Caramba Charriere, eso sí que es una gran noticia. Que una mujer haya abierto una brecha en su escepticismo no es poca cosa.

__Ranitea es una joven y bella nativa que trabaja en los asuntos legales de la alcaldía. Su nombre significa Cielo claro. Toda una epifanía para mi sombrío pasado. Nuestro encuentro fue algo así como un coup de foudre para ambos. Nos vemos a diario y mañana si le parece cenaremos aquí y se la presentaré.

Así fueron las cosas. Conocí a Ranitea y no me pareció nada especial. No poseía otra belleza que la que conlleva la efímera juventud y nada de su carácter impresionaba como florido, pero es sabido que en asuntos amorosos los ojos ven lo que quieren ver y a mi amigo le cabía perfectamente bien ese diagnóstico.

Me dijo que partiría en pocos días hacia el atolón de Rairoa, en el archipiélago de las Tuamotu, donde vivía la familia de Ranitea. Su padre era un productor de Copra y lo había invitado a pasar una temporada  en la plantación. Festejarían allí la Navidad y el Nuevo año.

__Estoy feliz amigo. Tenía usted razón cuando me dijo que no estaba a nuestro alcance adivinar el futuro. La vida es sorpresiva. Aprovecharé para descansar y bucear en la gran laguna. Trataré de encontrar alguna perla negra para obsequiarle a Ranitea.__Dijo con una gran sonrisa.

No cabían dudas del enamoramiento de Charriere. Como al pasar agregó que había decidido editar su Historia de la Polinesia Francesa, lo cual me llenó de alegría.

Nos despedimos con un abrazo y debo decir sin ánimo de prolongar el relato que esa fue la última vez que nos vimos.

Por razones que permanecen oscuras, algo falló en su equipo de inmersión o en su corazón, lo cierto es que encontraron a Charriere entre los arrecifes de coral de la inmensa laguna de del atolón, sin vida y con una bella perla negra apretada en su mano izquierda.

Yace en una sencilla tumba en Rairoa, sombreada por añosos cocoteros, muy bien cuidada por la familia de Ranitea.

Seis meses después concluí mi tarea y partí de Papeete. Vivo con austeridad en Paris, en mi pequeño departamento de la rue Bonaparte y nunca más regresé a las islas, acaso impedido por la nostalgia del amigo ausente.