LA MEMORIA DEL AMOR

 Eduardo Protto

La memoria del amor
    

  
 
 
 
 
 


Una mujer se persuade de que es amada
más por lo que adivina, que por lo que se le dice.
Ninon de Lenclos (1615-1705)


Eran los tiempos de su primer viaje, y lo habré visto tres o cuatro veces. Corría el año 1929 o 1928 cuando lo conocí, o por decirlo mejor, cuando nos presentaron. Fue, si mal no recuerdo, un 14 de Julio, en la Embajada de Francia en Buenos Aires; llegó acompañado por Saint Exupéry, con quien tenía intereses en el correo aéreo.

 Me parece verlo aún, elegante, bien conformado, aunque no demasiado alto, con sus ojos claros, su amabilidad singular, y en la solapa del saco, la roseta de la Legión de Honor, que le habían otorgado por su valor en combate, durante el sitio de Verdún. Entonces, le oí decir, con voz grave, en un francés con acento del Sur: 

- "La guerre, drôle d´affaire! Creedme, he sobrevolado las líneas alemanas en más de setenta misiones, y aún resuena en mis oídos, a una década de distancia, el silbido de las balas enemigas, al perforar el fuselaje del biplano Nieuport, con el que obtuve 17 victorias".

 La segunda vez que lo encontré, ya estaba junto a Adelma Cosentino. Fue en un salón de la calle Tagle, y se notaba que ella estaba perdidamente enamorada de él. Yo conocía a Adelma y teníamos amigos comunes, de modo que intercambiamos algunas frases de circunstancia. Esa noche bailó unos tangos y tocó en el piano un par de temas de Arolas, tan bien como si se hubiera criado en los suburbios.

 Repasamos esa velada, semanas más tarde, bebiendo café en el Tortoni. Su conversación, en un medio castellano acriollado, era por demás entretenida. Meses después supe que había regresado a Francia, llevándose a Adelma consigo.

 Al cabo de tres años retornaron al país, y los frecuenté en Mar del Plata, casi a diario, durante todo el verano del 34, en la casa de Amenábar, donde ellos se alojaban. Creo que entonces nos conocimos de verdad, y pude apreciar las extraordinarias virtudes de Gerard. Era uno de esos seres que no pisan el mismo suelo que nosotros, impertérritos ante las miserias cotidianas y templados de modo tal, que son atraídos por empresas que a la mayoría atemorizan. Su cortesía era invariable, su modestia y su cultura agradaban, y jamás se negó a ejecutar en el piano, mis tangos preferidos.

 Adelma, era una mujer bella e inteligente, capaz de vivir devotamente, en una sola dimensión, para mejor brindarse al hombre que amaba. Sus gustos eran sencillos y poseía una espiritualidad bien cultivada, aunque brillara feliz, como una luna, al reflejo de la humanidad estelar de su amado. Embelesada, lo escuchaba narrar sus peripecias, como si provinieran de un oráculo, y él, imagino, se sentía feliz a su lado y seguía adelante con sus sueños.

 Como a veces sucede, por razones que desconozco, el vínculo entre ambos concluyó y Gerard volvió a su tierra. En el 36, cuando se desató la Guerra Civil Española, cruzó la frontera, integró las brigadas internacionales y voló en un célebre escuadrón que combatía por la República. Luego de la derrota, regresó a Francia. Producida la invasión alemana, junto a Saint Exupéry, luchó con los aliados por su patria. Saint Exupéry, como ya sabemos, murió en Julio del 44, al caer su avión al mar. Por su parte, Gerard, que había salido ileso de tantos enfrentamientos, fue derribado en una misión de reconocimiento, no lejos de Dunkerke, pero pudo lanzarse en paracaídas, detrás de las líneas, y ser rescatado por la Resistencia. Había recibido graves heridas en la cabeza y el tórax, pero salvó la vida. Sin embargo, algo había sucedido en su cerebro. Cuando recobró el conocimiento, de nada se acordaba; su pasado había desaparecido, y lo que era peor, el presente se desbarrancaba en el olvido, a los pocos segundos de haber sucedido.

 Aquello que los médicos creían una afección pasajera, al concluir la guerra persistía. Una amnesia circular, como una densa niebla en derredor de un gran río, esfumaba las orillas del antes y el ahora, haciendo de Gerard un perpetuo observador de la realidad, que lo atravesaba como la brisa a la malla de un mosquitero, sin dejar nada tras su paso.

 Adelma, quien se había casado sin preterir, ni dejar de amar a Gerard, cuando supo lo sucedido, abandonó al esposo, se embarcó y encontró a su hombre en Paris, en un hospital de veteranos. Se interiorizó del caso, lo cuidó con esmero y finalmente lo trajo con ella a Buenos Aires, instalándose ambos en la estancia de Baradero. Los visité habitualmente. Él me observaba curioso, con sus ojos claros, y esbozando la gentil sonrisa, me interrogaba acerca de mi identidad, como si acabara de conocerme. Si salía a pasear por los cuidados jardines, perdía al instante el camino de regreso. Cuando Adelma, siempre vigilante, venía a rescatarlo, él le agradecía y le preguntaba quién era.

 De las nueve hijas que tuvo Zeus, y que habitaban la parte oriental del Helicón, sólo Euterpe, la de la música, no desamparó a Gerard en las solitarias marismas de la desmemoria. Tocaba en el piano bellas melodías, como siempre lo había hecho. No podía precisar, al concluirlas, si eran nocturnos de Chopin, sonatas de Beethoven o tangos de Cobián.

 Adelma aplaudía, y solícita lo abrazaba, besándole las mejillas.

 Cosa misteriosa el amor. Mientras persiste su embriaguez, las empresas más alocadas son deseables y posibles. Pasado el tiempo, pasado el amor, las evocamos con una mueca risueña. No es menos cierto, que ese sentimiento tan preciado, se suele confundir (o mimetizar), con pasiones de pobrísimo rango, como el interés, la vanidad o el capricho. No obstante, cuando es de buena ley, estremece.

 Que una mujer abandone todo por un hombre, es poco frecuente, pero que, como por ensalmo, encarne a Mnemósine, aquella titánide, hija de Gea y Urano, divinidad de la memoria, que parió a las nueve musas, es altamente improbable.

 Adelma, retenía cada instante vivido por Gerard, y se lo refería, pretendiendo inútilmente contrariar el aterrador poder de las aguas del Leto, que lo sumían en el desdén de la olvidanza. Pienso, que si por un segundo, Gerard intuyó su desdicha, al segundo siguiente la habrá soterrado; tal era su sino hacia el final de sus días.

 Murió en Septiembre de 1951, a los 58 años de su vida y a los siete de su mal. Adelma sucumbió meses después, de un ataque al corazón.

 Los caprichos del azar, o sus símiles: los designios de la providencia y los arcanos del destino, dispusieron que estas vidas fueran, en el ocaso, así, de ese modo: tan tristes y tan bellas.

 He intentado, con resultado incierto, registrar ese orbitar postrero, profanando por un instante, la cósmica oscuridad que siempre aguarda a todo lo que vive.