LA ESPERANZA (Cuento)

La esperanza

 
No hay nada como un sueño para crear el futuro. 

 

I

 Lorenzo Guidetti, viudo y sin hijos, había llegado a la vejez casi sin darse cuenta. Sentía el peso de del tiempo sobre su espalda. Uno a uno, año tras año, sumó a los achaques del cuerpo los otros no menos penosos del espíritu. Atrás quedaban los sueños marchitos, los anhelos inalcanzables, las ilusiones perdidas. El enorme pasado, sepultado bajo los escombros de amores contrariados, de traiciones, de infamias, yacía salpicado, aquí y allá, con las florcitas silvestres de las raras alegrías.

Pero lo más penoso de todo era saber que en la Reina del Plata, el horizonte del porvenir no prometía nada que le acelerase el pulso por lo bueno. Sin la proximidad de mujeres deseables, con amigos de menguada lucidez, solo encontraba refugio en los laberintos del arte. La escritura y la escena teatral acaparaban su tiempo, aunque ya no encontrara en el teatro o frente a la máquina de escribir las ideas y las satisfacciones de otros tiempos. Para colmo, un estado de inquietud permanente lo tornaba anímicamente inestable.
Buenos Aires lo agobiaba. La percibía como aquella piedra que torturó a Sísifo y el prójimo que la habitaba, verbigracia los porteños, le resultaban insoportables.
Una noche en la Boca, bebiendo moscato y enarbolando una pizza de mozarela con faina, me dijo:
__Voy a ahuecar el ala. Me mando a mudar por un tiempo.
Parecerá raro, pero al oír la noticia, sentí pena y alegría al mismo tiempo.
Nos encontramos varias veces en las semanas que siguieron y fueron esas las únicas salidas que se permitió.  Lorenzo pasaba la mayor parte del tiempo encerrado en su casa.
En esa atmósfera íntima, rumiaba sus cuitas hasta que una mañana sin sol partió, decidido a hacerle una visita a su amigo de la infancia, Alessandro Aldovisi, quien  tres décadas atrás  había regresado a su ciudad natal: Roma, donde fungía de jefe de conservadores en los Museos Capitolinos.
Lorenzo ya le había mandado un mensaje explicando sus zozobras y preguntando si aceptaba su visita, pues era del parecer que Roma sería el sitio ideal para restaurar un poco su equilibrio perdido.
Confiaba que la ciudad milenaria, le transmitiría, acaso por osmosis, la destreza de sobrellevar los años, mansamente, sin molestar demasiado ni a tirios ni a troyanos.
La respuesta de Alessandro fue concisa:
__Vení cuanto antes, y si no encontrás un poco de dicha aquí en Roma, siempre podrás arrojarte al Tiber, lo cual me parece mucho más romántico e higiénico que ahogarse en el Riachuelo.
Aldovisi juntó sus ahorros y partió.
Llegó a Roma el viernes de una mañana primaveral. En el aeropuerto lo esperaba su viejo amigo. Lo condujo en auto hasta la vía de San Giovanni Decollato, en el barrio de Ripa, al pie del monte Capitolino, no lejos del Tiber y del templo de Hércules.
Al llegar, mientras estacionaba, Alessandro sonriente, le dijo:
__Esta calle, hoy tranquila y pintoresca, en el siglo XVI era macabra.
Y señalando una pequeña iglesia, agregó:
__Esa es la iglesia de San Juan Degollado, de allí partían por la noche los hermanos de una confraternidad florentina a buscar a los condenados a muerte, los consolaban hasta el patíbulo y luego de ser decapitados, sepultaban los cuerpos en la fosa común del oratorio y las cabezas las guardaban para quemarlas el 24 de Junio, día de San Giovanni, patrón de Florencia. Y señalando un gran portón, que daba ingreso a un antiguo convento, reacondicionado y transformado en condominio de bonitas viviendas, le dijo:
__ Allí vivo yo, en un lindo departamento de tres piezas, un jardincito con naranjos y en una atmósfera apacible en medio del bullicio romano.
Bajaron del auto y tomándolo del brazo, Alessandro avanzó unos pasos y le señaló:
__ Nos encontramos frente al Oratorio del degollado y al pie de la roca Tarpeya. Es esa que ves allí, una abrupta pendiente de la antigua Roma, junto a la colina Capitolina. Se utilizó como lugar de ejecución de los traidores a la patria, que sin piedad eran lanzados de ella. Como ves, mi barrio conserva en sus piedras memorias de aquellos desgraciados, será por eso que en comparación, yo no tengo más remedio que ser feliz y espero serlo cada día más…
__Ojalá esa esperanza sea contagiosa. __Dijo el visitante.
 
II
 
El fin de semana lo aprovecharon para conversar de los viejos tiempos y hacer una caminata por el vecindario. Alessandro reía al recordar sus dos matrimonios seguidos de divorcio. Tenía una hija casada, que vivía en Génova. Ella y su marido eran arquitectos y no lo importunaban demasiado con reclamos de presencia.
El domingo al medio día, mientras almorzaban. Alessandro le dijo:
__Lorenzo, como todo artista, sos un eterno insatisfecho. He ahí la causa de tus males. La perfección que buscas en el arte, no debes perseguirla en la vida. El arte es una recreación imaginaria del mundo exterior o interior del hombre. La vida es otra cosa.
__Es posible. Pero no es fácil trazar una línea divisoria entre los sueños diurnos y los nocturnos.__Respondió Guidetti.
__Mi oficina está en el Palacio de los Conservadores,  allá arriba, en la plaza del Campidoglio, frente al Palacio Nuevo, con el que constituye la sede de los Museos Capitolinos. Trabajo rodeado de maravillosas insatisfacciones.
__¿Cómo es eso?__ Preguntó Guidetti-
__Miguel Ángel, al que se encargó la labor de reordenación de la plaza, diseñó para el palacio una nueva fachada, que no llegó a ver terminada, puesto que murió durante los trabajos de remodelación. Estoy seguro que de haberla visto terminada no estaría satisfecho, como no lo estuvo al concluir la escultura de Moisés, a quien le pegó un martillazo en la rodilla, exigiéndole que hablara.
Guidetti rió por la ocurrencia y Alessandro le dijo:
__Mañana me acompañarás al trabajo. Te presentaré al director del museo y contemplarás la colección de estupendas frustraciones de las que te hablo.
Al día siguiente, a eso de las ocho de la mañana, por un atajo sinuoso que trepaba el monte Capitolino, llegaron en pocos minutos a la plaza del Campidoglio. Luego de las presentaciones de rigor, Guidetti quedó en libertad de vagar por los  museos. Pasó un largo rato contemplando La buena fortuna, esa maravillosa pintura del Caravaggio y al hacerlo, no pudo dejar de pensar en las tribulaciones de aquel genio.
Una noche, cenando en la vía Ripetta, Alessandro le dijo como si nada:
__¿Sabes una cosa, Guidetti? Con los eslabones del deseo forjamos la cadena de la esperanza. Es importante que te llenes de eslabones de deseos.
Esa frase reverberó en su cabeza durante varios días. Entonces comenzó a darse algunos gustos: Por las noches, se clavaba entre pecho y espalda un escocés doble con hielo, almorzaba una o dos veces por semana en el Trastevere, se perdía en largas caminatas hacia las termas de Caracalla o la Villa Borghese y se tomaba el trenino del mare para ir a tomar sol al Lido de Ostia. Por las noches charlaba con su amigo y después con las barajas, jugaban a la escoba del as.
Un mes después de su llegada, se presentó la oportunidad y alquiló un pequeño apartamento en el mismo condominio del convento en que vivía Alessandro.
De a poco se fue sintiendo mejor, aunque sus dineros se apocaban.
 
III
 
A mediados de Mayo se realizó una muestra de arte etrusco en los museos capitolinos, curada por un experto venido de Florencia. El director pronunció unas palabras de bienvenida y refirió al arte como una recreación original, imaginaria y estética de aquello que anima o atribula al hombre.
Durante la vernissage, Alessandro le presentó a Lorenzo una bella cincuentona: Contessina Morandi, una dama de la aristocracia que lo saludó con una pizca de desdén, que apenas atenuó con una sonrisa cuando Lorenzo le habló en su italiano rioplatense.
__ ¿De dónde vienes? __Le preguntó ella.
__ Por mis ancestros, provengo del Piamonte. Por mi nacimiento de la lejana Buenos Aires.
__ Buenos Aires… Tengo algunos buenos recuerdos de aquella ciudad.__ Dijo con la mirada perdida.
__ De aquí a un tiempo, me gustaría decir lo mismo de Roma…Pero necesitaré ayuda.__ Respondió él con aire canalla.
__ ¿A qué te dedicas, aparte de coquetear con mujeres serias?
__ Escribo y dirijo teatro. ¿Y vos, a que te dedicás?
__Soy rica.
__ Rassurant activitè__ Le dijo mientras bebía  un sorbo de Frascatti.
Por alguna razón misteriosa, con el correr de los minutos el hielo se rompió y hablaron de bueyes perdidos. Al concluir la reunión la acompañó caminando hasta su domicilio, en la Piazza di San Ignazio.
Al pasar por la iglesia dedicada a San Ignacio de Loyola, Lorenzo le comentó que su cúpula es una estupenda mentira, y que por sí sola era una verdadera definición del arte.
Contessina se detuvo y lo miró fijamente.
__Eso es lo más inteligente que has dicho esta noche. ¿Quieres pasar a tomar un café?
En la plaza de San Ignacio, en el segundo piso de un bello palacio, estaba el apartamento de 12 ambientes de la señora. Lo mejor de lo mejor, según la rápida evaluación de Lorenzo. Bebieron café y whisky. Cuando el reloj marcó las 2 de la mañana, se despidieron y Lorenzo regresó caminando a su casa.
Pasaron dos o tres días y no podía dejar de pensar en ella. A la semana, sin titubear, se encaminó a la Piazza di San Ignazio y llamó a la puerta del palacio.
__La señora marquesa no está en casa__ Respondió un mayordomo.
Dejó una amable nota ensobrada, que había llevado escrita por si acaso y se fue.
Un par de semanas después, recibió un llamado.
__ Hola Lorenzino…
Era Contessina que lo invitaba a almorzar en da Armando al Panteon al día siguiente.
 
IV
 
Los vínculos humanos tienen un núcleo insondable. Desde ese día se fueron apretando el uno al otro, como un nudo.
Por alguna razón que desconozco, Contessina Morandi, marchesa di Pizzo se hizo cargo del bienestar de Lorenzo. (La nobleza de la marquesa remontaba al año 1079, cuando un antepasado suyo, soldado de fortuna al servicio de Roberto Guiscardo, conquistador normando de la península itálica, fue ennoblecido con el marquesado de Ginópolis y Pizzo).
Llegado el verano partieron rumbo a Tropea, donde se alzaba la magnífica Villa propiedad de la dama. Fueron días felices de vino y rosas. Infinitud de personajes los visitaban al atardecer y Lorenzo supo entonces que existía en este mundo, gente de pura sangre cuyo destino era veranear por siempre.
De regreso a Roma, declinó el ofrecimiento de Contessina para irse a vivir con ella. Se sentía feliz en la modestia de su apartamento.
__La distancia es una vitamina para el amor__ Le dijo a Aldovisi.
__ Y la convivencia un veneno__Replicó el otro.
Una tarde, mientras caminaban por la vía Giulia, Contessina la dijo a Lorenzo:
__He hablado con mi amigo Carini, propietario de una sala teatral. Estaría de acuerdo en conversar contigo acerca de la puesta de alguna de tus obras.
Lo miró sonriente y advirtió un chispazo de esperanza en los ojos del hombre.
En un par de meses, ambos tradujeron al italiano “Los buitres”, una pieza en cinco actos sobre las desmesuras del poder. Luego conformaron un elenco con actores que les presentó Carini. Lorenzo comenzó a dirigir los ensayos en uno de los salones del palacio de la Plaza de San Ignacio. Ínterin, Contessina se encargaba de la producción, movía los hilos de sus influencias y todo anduvo sobre ruedas, publicidad incluida.
Estrenaron la pieza el 2 de Abril del año siguiente en el teatro Farnaci  y fueron 24 representaciones exitosas, con buena crítica y público entusiasta.
La fortuna le sonreía y Lorenzo aprovechó la buena racha. Meses después tradujo y puso en escena su obra“Tommy ha llegado” con impar suceso y de ahí en más se estableció con brillo en el mundillo del arte romano. Talento no le faltaba. Suerte tampoco.
No hace mucho, generosamente,  Lorenzo me obsequió un pasaje de ida y vuelta a Roma. Lo visité y fui su huésped durante un par de semanas. Paseamos por todos lados y lo vi siempre contento y seguro, tomado de la mano de Contessina.
__ El infierno es haber perdido la esperanza. __ Me dijo una tarde, como para darme impulso.
Guardo el recuerdo de sus palabras. Hasta donde yo sé, vive dichoso en aquel mundo luminoso, gozando de los placeres que sobreviven al ocaso.
En lo que a mí respecta, sigo aquí en esta desolada Buenos Aires,
Cuando leo los correos de mi amigo contándome sus vivencias, sonrío y hago sitio adentro mío para albergar como hizo él, la esperanza de un cambio súbito, otro que la muerte. Un cambio desde luego más modesto que el suyo, teniendo en cuenta que aquí no hay marquesas ni Plazas de San Ignacio, pero como quien dice, anhelo una buena racha, de tal suerte que amablemente, me excluya de esta malaria abrumadora y me arrime, pour amuser le tapis, alguna plebeya querendona…

****
Estas son todas las mentiras que escribí acerca de Lorenzo Guidetti, un pobre tipo como yo, un fracasado sin remedio que me señaló el camino, cuando se descerrajó un balazo en su mísera pieza después que nos separamos la noche aquella, en la Boca, cuando comiendo una pizza de mozzarella me dijo que iba a ahuecar el ala.
Lo hice por cobardía, a modo de conjuro, apenas un acto mágico fallido, vanas palabras, una invocación inútil para ahuyentar el mal…
 
 
                                                                                                                                          Diciembre 2017