LA BELLEZA

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¡Insensato de mí!

Navegué mares y océanos, volé por los cielos de la tierra, anduve los caminos de lejanas regiones, y la errática brújula de mi anhelo me empujó a ciudades, pueblos y paisajes de maravilla.

Ríos y praderas, bosques y montañas, inmensidades desérticas de hielo o de arena supieron de las fatigas de mi búsqueda.

Hurgaba aquí y allá rastreando aquello que siempre se alejaba y nunca encontré.

Envejecido, doblegado por los rigores del mundo, con la esperanza deshilachada y el corazón marchito por amores, rencores,  traiciones y despiadados arrebatos, regresé al punto de partida.

En un día nublado, pisé mi tierra enferma. Me encaminé a mi pueblo, a mi barrio, a mi calle y finalmente a mi casa.

Casi sin darme cuenta, subrepticia como una epifanía, se manifestó en ese patio pobre, desolado, la hasta entonces inescrutable belleza.

La supina ignorancia que arrastré toda mi existencia se  iluminó al advertirla. Supe entonces que en los recovecos de las  ínfimas e importantes raíces, retozaba ella, perezosa y oferente.