JUANA QUE MIRABA

                                                                                                                          
 
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                                                        “Lo importante se halla en la mirada, no en la cosa mirada.”
                                                                                            ANDRÉ GIDE
 
Conocí a Juana cuando empecé a trabajar en la contaduría municipal. Se trataba de una mujer singular, un par de años mayor que yo, con quien de a poco nos hicimos amigos.
Era medio bajita, pero simpática y de buen humor. Algo nos igualaba, a la par que trabajábamos, estudiábamos. Ella periodismo, yo economía.
Era una observadora minuciosa y en su mente, a través de una rara conexión, procesaba esas observaciones de modo tal que producía conclusiones sorprendentes, tanto por lo originales como por lo asertivas.
Recuerdo una vez que el Director General nos presentó al nuevo jefe que dirigiría la contaduría. Era un tipo formal, caballeroso que tras la presentación hizo un breve discurso, de rigor en estos casos. Luego saludó amablemente a todo el personal en tanto Juana lo escudriñaba.
A la salida del trabajo, nos fuimos a tomar un café y Juana, como si nada me dijo: __Este tipo es un garca, un corrompido incurable. ­­Con mirarle las manos y ver la forma en que sonríe ya tenés el diagnostico hecho.
Sonreí por la ocurrencia y no volví a pensar en ese asunto, hasta que meses más tarde estalló el escándalo y el contador apareció en los diarios. Fue enjuiciado y sentenciado en el fuero penal, por coimas en la oficina de compras y suministros, que de él dependía.
Juana no agrego ni una palabra a su comentario primigenio. Desde ese día, nunca más dudé de ella cuando miraba y comentaba.
Cuando mi padre enfermó y lo internaron, sentí el pesar solitario del hijo único. Ella me acompañó al sanatorio, miró largamente a mi viejo y después escuchó al médico de cabecera, quien alentaba esperanzas de mejoría. Al retirarnos me dijo: __ Preparáte para lo peor Fernando, tu padre pronto se irá a reunir con tu madre…
Razón no le faltaba, una semana después mi padre se fue de este mundo. Solidaria y eficaz me ayudo a acomodar la casa familiar y a deshacerme de las cosas del pasado.
Poseía una empatía misteriosa con los animales- El perro de mi padre, apenas la conoció la seguía como si fuera su amo. La he visto acariciar gatos, caballos, patos y otros bichos y al retirarse, ellos iban tras suyo, como si fueran su cría.
Los domingos acostumbrábamos a perdernos por las calles de Buenos Aires, a veces aparecíamos en Villa Crespo, en Belgrano o en la Boca. Aquellos eran días apacibles.
Juana vivía en un departamento en San Telmo. Yo me había mudado a Parque Chacabuco, a la que fuera la casa de mi padre.
Cuando terminó sus estudios y dejó la oficina para pasar a trabajar en la redacción del diario C… seguimos viéndonos regularmente casi todas las semanas. Ya entonces era evidente que Juana hacía lo que más le gustaba en la vida: Observar y conjeturar.
Debo confesar que, a fuerza de tratarla y conocerla, al cabo de esos años la mujer me entró a gustar. Su sonrisa, sus ojos claros, la fijeza de su mirada, los pechos generosos y sus caderas movedizas se metieron en mi fantasía y lentamente prepararon mi ánimo para el asalto de aquella fortaleza.
Eran unos tiempos desquiciados, en los que Juana, impertérrita, miraba y decía cosas sobre aquello que miraba, para asombro de los circunstantes.
La política, la gente del común, el país, el mundo, el sistema solar, las galaxias, el universo, todas esas imágenes caían en su retina y viajaban velozmente hacia sus pequeñas células grises, donde hervían en un caldero no menos prodigioso que intrigante.
Cuando yo mismo, embargado por el asombro de su clarividencia, la interrogaba al respecto, su respuesta era escueta: __Yo miro lo adecuado en el momento indicado.
Cuando tenía ganas de hablar, por lo general mientras caminaba, contaba que en la mitología griega había un Titán llamado Cronos, que regía el tiempo de los hombres y descendía de Gea (La tierra) y de Urano (El cielo). Tuvo un hijo, Zeus, quien de grande lo destronó, encarcelándolo en el Tártaro.
Interrumpía su relato para mirar la ciudad, sus casas, sus árboles, sus pájaros. Algún otro día retomaba el tema, como si nada.
__ ¿Sabes una cosa Fernando? Zeus fue para los antiguos griegos, el padre de los dioses y de los hombres. Tuvo un hijo llamado Kairós, nacido de su unión con Tique, diosa de la fortuna y el destino. Este Kairós regía el tiempo cósmico, el clima, las estaciones, y lo que se dice el tiempo adecuado para cada cosa. No medía cantidad sino cualidad. Por su poder, los hombres veían las oportunidades de la circunstancia.
Concluía afirmando que ese era su talento: Ver las cosas en el momento oportuno
El significado íntimo de esa frase lo descubrí con el tiempo. Cuando ya era una periodista temida y respetada.
Con entusiasmo me apoyó cuando decidí independizarme y abrir mi propio estudio legal.
Ambos prosperábamos en nuestras respectivas carreras.
Yo conocía su anterior vida amorosa, la cual debo admitir que aunque copiosa, no era demasiado florida. Los tipos al parecer la aburrían. Incursionó en el mundo gay y admitió que las minas la aburrían igualmente. Toda esa información trabajaba en mi caletre y aumentaba mi interés por Juana, tanto en lo carnal como en lo espiritual.
Una tarde, en un cafetín de Barracas, mientras charlábamos sobre el cambio climático, me preguntó sin rodeos: __ ¿Cuándo comenzó tu cambio climático conmigo?
Estupefacto, debo haber palidecido y enmudecí.
__ Hablá sin rodeos __Me dijo.
__Juana, como decirlo, hace unos meses que me di cuenta de que había empezado a quererte. Poco a poco te metiste más y más adentro mío…
__Y ahora el que quiere meterse adentro mío sos vos… __ Dijo sonriendo.
Así comenzamos a intimar, y pronto descubrí que Juanita era un volcán apagado que casi inmediatamente comenzó a echar humo y semanas después entró en erupción. Era lo más parecido al Krakatoa, pero con formas bellamente humanas.
Fueron tiempos felices y un buen día, mirándome como solo ella podía hacerlo, me preguntó:
__ ¿Así que andás queriendo que vivamos juntos?
__ ¡Qué ocurrencia! __Atiné a decir…
__ Está bien, yo me mudaré a tu casa, que es más cómoda. Seguramente en ella vamos a crecer y a multiplicarnos.
Al año siguiente, cuando, tras las elecciones cambió el gobierno, sus notas se tornaron cada vez más filosas y esclarecidas. Era como si su estilo se tornara más agudo y penetrante. Llegaba a expresarse de un modo inusitado. Era como una lámpara en medio de la oscuridad general. La celebridad y el peligro que encerraban sus opiniones le eran indiferentes.
Cuando nació nuestra hija, a sus numerosas tareas trató de agregarle aquellas que imponía la maternidad. Hizo lo que pudo, aunque me advirtió que no debía esperar mucho de ella. Trabajamos juntos en esa novedosa tarea parental y no nos fue del todo mal, ni aun cuando dos años más tarde, llegaron los mellizos.
Hoy pasado el tiempo, miro hacia atrás y no me sorprenden ni su éxito, ni su previsión ni sus profecías. Entendí que a algunos los rigen algunos dioses y a otros… otros.
Un domingo lluvioso, de esos que predisponen a las confidencias, bebiendo el licor de la sobremesa me miró y me dijo: __ En este oficio mío he ganado amigos y enemigos. Creo que los segundos están más activos que los primeros.
__ ¿Porqué decís eso? Pregunté alarmado.
__ Hay en la expresión corporal cosas que revelan más que las palabras. Me basta con mirarlos para saber lo que piensan.
Me advirtió del avance de los ultras en el gobierno, antes que nadie, y anunció la debacle del porvenir y del desaliento colectivo cuando todo el mundo festejaba vaya uno a saber qué…
Juana miraba, miraba y denunciaba.
Cuando la cosa empeoró, no quedó otro remedio que el exilio. Fue duro para todos nosotros, pero ella miraba y miraba, asegurando que estaríamos bien.
Todos le creímos y tuvo razón.
Lejos de Buenos Aires, a pesar de que hablaba con un acento medio raro, producto del mestizaje idiomático, miraba a su alrededor, comentaba y sonreía, no porque las cosas anduviesen bien, sino porque, con el paso del tiempo, a su mirar clarividente le sumó la dimensión de la esperanza.
Como ella solía decir: Su inspiración provenía de un orden cósmico, precisado con exactitud en la mitología griega. Creer o reventar.
Se adaptó lo mejor que pudo y logró posicionarse en los diarios importantes de Madrid.
Su trabajo se valoraba en los más altos niveles, pero a pesar de todo añoraba secretamente las orillas del Plata, los paseos, su gente. Las arenas del tiempo pasaron de un cono a otro. Los hijos y los nietos crecieron bien, en tanto nosotros envejecimos mal, como todos.
Una noche, rodeado por todos ellos le dije: __ Tenías razón cuando dijiste que íbamos a crecer y multiplicarnos. Ella sonrío sin agregar nada.
Ayer enterramos los despojos mortales de Juana. Nos queda la otra Juana, aquella que miraba. Ella vivirá por siempre mientras haya fuego en las memorias.
Solitario, cuando hago mi paseo habitual por la calle del Arenal o por el Parque de la Tinaja, imagino que Juana, allí donde esté, con sus bellos ojos claros, desbordados de curiosidad, dirigirá su mirada alrededor, probablemente desde un punto de observación algo más elevado. Y luego, como si nada, vaya uno a saber a quién le dirá sus atinadas conclusiones y le hablará de los antiguos griegos y su mitología.