EL CIRCULO SE HA CERRADO (Cuento)

El círculo se ha cerrado

I

En los años sesenta, la Costa Brava española era todavía un lugar apacible. Un sinfín de playas mansas a las que no habían llegado aún las multitudes del turismo estival de hoy en día, ni los jeques árabes con sus petrodólares.

Era, como se decía, un sitio tranquilo en el cual uno podía estirar los huesos sobre la arena sin temor a ser pisoteado.

En el pintoresco pueblo de Tosa de mar, distante un centenar de kilómetros de Barcelona, según se va hacia la frontera francesa, vivía mi amigo Norberto Malherba, apodado El Petiso, ya se imaginarán ustedes por qué.

Durante la primavera y el verano Malherba administraba un lindo hotel próximo a la Marina de Tosa, propiedad de un amigo suyo que  residía en Madrid y que vivía de sus rentas, como un señorito castellano.

La actividad que el hotel le reclamaba al Petiso era un trabajo intenso durante el verano y en el receso laboral que imponía el fin de la temporada  le dejaba libertad para viajar a sus anchas durante dos o tres meses.

Entonces rodaba  tanto por Buenos Aires para visitar a su madre, como por las capitales de Europa y el Oriente, dándole el gusto a su sangre de trotamundos y a la pasión por los libros. Era un habitué de las lecturas,  de las ferias internacionales, de las librerías de viejo y  las bibliotecas.

Creo no equivocarme si  afirmo que a nuestra amistad la fortalecía el amor por los tangos y los libros.

De regreso a España, siempre paraba unos días en mi casa de Bruselas, trayéndome de obsequio algunos ejemplares más que interesantes.

Yo le regalaba mis trouvailles entre las grandes Orquestas de la Guardia Vieja tanguera (Juan Maglio, Gobbi, Arolas) en tanto que él me iniciaba en escritores para mi desconocidos.

Por el aprendí a apreciar a Alejo Carpentier cuando me obsequió Los pasos perdidos.

Eran aquellos cuatro o cinco días de camaradería, rociada con buenos vinos al calor del fuego, mientras mi amigo relataba sus aventuras.

Era un hombre de mundo, solterón empedernido y amante de las bellas mujeres. Su amable trabajo, la holgura económica, y la posibilidad de invitar a sus conquistas a pasar unos días gratis en el hotel junto al mar, le permitían tener un pequeño serrallo a su disposición. Sus anécdotas al respecto eran de lo mejor. El petiso era un príncipe sin corona, que le sacaba el jugo a sus circunstancias.

Pero el tiempo pasa, las cosas cambian y los hombres mudan de opiniones y de escenarios.

En lo que a mí concierne, pasados los años, un mal  día o uno bueno, aún no lo sé, decidí regresar a la patria, acaso nostálgico de los tangos, de  los barullos y de las incomodidades que resultan de vivir en una  sociedad tan compleja y alborotada, como es la nuestra.

Dejé de ver a Malherba durante cuatro años, hasta que una mañana me llamó por teléfono. Había logrado localizarme y me hacía saber que deseaba reunirse conmigo y de ser posible, quedarse un par de días en mi casa.

  II

 Había llegado a Buenos Aires dos meses atrás para asistir a su madre enferma, quien falleció pocas semanas después.

__Fue difícil ver la decadencia y el fin de mi vieja __Dijo pesaroso.

__La decadencia y el final de la vida siempre es doloroso __Le dije a modo de consuelo.

__ ¿Sabés una cosa? Conocí en España a una Mendocina…

__ Debe ser la numero cien que me decís que conociste…

__ Pero esta va en serio.

Lo miré con cara de incredulidad. Era casi imposible que aquel cincuentón solitario y calavera me dijera tal cosa.

__ Es una mina interesante, laburadora y en la catrera ni te cuento…

__ Petiso, vos sos marinero de agua dulce. Meterte en las honduras del océano matrimonial, a esta altura de tu vida, es algo muy distinto y arriesgado.

__ Creo que me llegó la hora de sentar cabeza.__ Dijo sonriendo.

__ ¿Y ella que va  a hacer en Tosa de Mar? Mirá que no es fácil adaptarse. De Los Andes Cuyanos al Mediterráneo hay un largo trecho…

__ El asunto es al revés. Yo me instalo en Mendoza con ella. Pienso abrir una librería, es algo que siempre tuve en la cabeza.

La noticia me sorprendió. Intuía visceralmente que Malherba no era el tipo adecuado para ir a enterrarse al pie de la cordillera, después de treinta años de vagabundear incesantemente  por el mundo.

Igual que antaño pasamos unos días amables, como dos viejos amigos que hace rato no se ven. Antes de despedirse me comprometió para que asistiera a la boda. Sería su testigo de casamiento y el único invitado de su parte, así que no le podía fallar.

Un 15 de Julio, con un frío pavoroso, llegué a un pueblo vecino a Mendoza y fui testigo del casamiento en un vetusto Registro Civil. Todo me parecía muy raro. Mirta, la novia y su familia se veían felices. Malherba no tanto.

Participé del almuerzo que prepararon en la casa de los suegros del Petiso y aproveche la ocasión para estudiar detenidamente a su esposa.

Era una morocha regordeta, de unos cuarenta años, de ideas convencionales y conversación tirando a aburrida, Concluí que con tan escasas virtudes la dama no merecía semejante sacrificio por parte de mi amigo.

Pero ya se sabe que en las cosas del corazón, los de afuera son de palo.

 III

 Habrían pasado dos o tres años de aquellos esponsales, cuando un martes por la mañana sonó el teléfono y oí la voz del Petiso.

__ ¿Puedo pasar el próximo fin de semana en tu casa?

El tono de la pregunta no permitía otra respuesta que el afirmativo.

Cuando llegó le tenía preparado un puchero para regar con buen vino tinto. Se lo veía apocado y advertí por su mirada que algún dolor le mordía el alma.

No le erré. A los postres me dijo que tras unos meses de fuegos llegaron a su matrimonio los inevitables tiempos de cenizas.

__Estoy frito hermano. La mina está medio chiflada, engordó 20 kilos, tiene el carácter más agrio que un limón, le quita el cuerpo al laburo y de sexo mejor ni hablar…

Traté de decir algunas frases de circunstancia, a modo de consuelo, pero de nada sirvieron.

__Mi decisión está tomada, arreglo las cosas y en un par de meses me tomo el raje, aunque tengo que andar con cuidado porque es una fulana peligrosa. La idea es reinsertarme en Tosa y mirar pasar lo que queda de vida, tranquilo frente al mar…

El lunes temprano nos despedimos fraternalmente. Noté que al irse estaba más animado que a su llegada.

Cinco semanas después recibí un llamado de la Policía de Mendoza. Mi amigo deseaba verme con urgencia. Estaba internado en el hospital Regional.

Al día siguiente por la tarde ingresé a la sala de Terapia intensiva y lo vi demacrado, intentando recuperarse de dos balazos que recibió en el abdomen.

Malherba, con voz desfalleciente hizo un escueto relato: La esposa, al advertir que se preparaba para tomarse el piróscafo lo baleó y acto seguido, se metió un tiro en la cabeza muriendo en el acto.

Gritos, vecinos, policía, ambulancia…

En vano traté de infundirle ánimo. Con voz agónica me dijo:

__Así termina mi historia. El círculo se ha cerrado: De Tosa a Mendoza y de Mendoza a la fosa.

Sonreí por la ocurrencia aunque la situación era trágica.

__Te salió en verso Petiso…

Afloró su risa como en los viejos tiempos.

__No estaría mal como epitafio para mi lápida.

__ No digas eso. Nadie se muere la víspera __ Le dije.

Quedamos un buen rato en silencio.

Un enfermero se acercó y me pidió que lo dejara reposar. La visita había concluido.  Regresé al hotel y me clavé un par de whiskeys dobles para mitigar mi tristeza.

A la mañana siguiente, cuando volví al Hospital, me comunicaron que Malherba había muerto hacía un par de horas.

Enterré a mi amigo y regresé a Buenos aires.

El círculo se había cerrado