DIOS ES JUSTO (Cuento)

                                                                                DIOS ES JUSTO

                                                              “Cumpliste tu palabra, porque eres justo”

                                                                                    Nehemías 9-8

 

El paisaje inmodificable de los montes vecinos, la nieve, el viento y las nieblas, se habían incrustado no solo en la techumbre y las paredes de las casas,  sino también en el espíritu de las gentes de aquel pueblo donde nunca pasaba nada.

Era un sitio como tantos otros del lejano sur; donde los días se sucedían envueltos en una viscosa monotonía, que se adhería a seres y cosas como una segunda piel, menos sensible y más fría. En esas calles sinuosas y angostas, de empedrado desparejo y casi sin árboles en sus aceras; donde al pasar se miraban unos a otros con la indiferencia propia del caminante que vaga por un sendero conocido, subrepticiamente sucedió lo inimaginable. Fueron cosas que cambiarían la vida de todos…Para siempre.

Y yo, Bruno Borlenghi, que siempre fui un perdedor contumaz, un coso que jugó como pudo las cartas de mierda que le tocaron en suerte y que ingresaba, abatido, al ocaso de la existencia sin haberse anotado ni un tanto; de pronto, llevado por la fuerza siniestras circunstancias, de esas que hacen tabla rasa con las jerarquías tradicionales e igualan a todos, recuperó de un día para el otro el indefinible sentido de las cosas.

La plaga llegó a La Cañada del Huaco silenciosamente, del mismo modo que llegué yo hace más de treinta años; recién recibido, recién casado y recién enfrentado al silicio mediocre de una profesión y de un matrimonio. El primero, el de la profesión, duró hasta hace unos días, el segundo acabó al año y medio de empezado, cuando mi mujer, de carácter difícil, regresó a Buenos Aires   harta de todo esto.

Bien dijo Gracián que No hay mal que por bien no venga.

 

El pequeño hospital en que trabajaba junto a otros tres médicos y una docena de enfermeras era una vetusta construcción del siglo pasado, donde la gente se curaba o se moría dentro del rango estadístico previsto por las autoridades.

El martes 3 de Marzo, a eso de las 11 de la mañana, me encontraba en la guardia cuando ingresó una pareja de mediana edad con fiebre y sarpullido. Al examinarlos, algo raro aguzó mi olfato de perro viejo. Con los años, uno ve las cosas de otra manera.

Ordené que los aislaran hasta precisar un diagnóstico. Fue una decisión mal aceptada por todos, pero mordieron el freno y me hicieron caso.

Dos días más tarde, me comuniqué con el ministerio de salud provincial para anunciarles que una rara enfermedad se estaba gestando en el seno del pueblo y los campos vecinos. Ya tenía cinco pacientes con fiebre, sarpullido y hemorragias que se agravaban. Al intendente le recomendé que impusiera una cuarentena forzada y que nadie entrara o saliera del pueblo y los campos. Le sugerí también que contratara la avioneta fumigadora de Argañaraz, la misma que provista de altavoces utilizaban para la propaganda política; de modo que en esta ocasión sirviera para informar e instar a la población a no salir de sus casas.

Como era de esperar, el intendente no me dio bola y siguió dormitando, sumido en la estolidez. Los burócratas provinciales tardaron una semana en despertar, a pesar que día tras día les comunicaba mi preocupación por el aumento y la gravedad de los casos.

Cuando llegó el comité de expertos en Salud Pública, el hospital ya tenía las veinte camas ocupadas y la clínica privada tenía aislados a cuatro enfermos más. Todos andaban asustados y no sabían que hacer. Yo me movía como pez en el agua y mi protagonismo se agigantaba, impulsado por una audacia desconocida,.

Seré breve, la plaga mataba una o dos personas por día y la cuenta iba en aumento. Se la llamó “Mal de la cañada” y al parecer era transmitida por los roedores. Una horda invisible y silenciosa mataba sin piedad a diestra y siniestra.

En lo que a mí concierne, por haber sido el primero en diagnosticar la plaga y con la transmisión de su desarrollo en los medios de difusión nacionales, tuve mi cuarto de hora de fama. De ser un muerto de hambre del montón pasé a ser una celebridad local. Mi opinión, hasta ayer ninguneada por todos pasó a ser requerida por esos mismos todos.

El 8 de marzo, a media tarde, llamaron por teléfono de un campo vecino. Solicitaban auxilio desde la estancia La Carona. La cuarentena y el cerco policial habían imposibilitado a su dueño abandonar el campo y afirmaban que se sentía muy mal.

Hacía frío y había lloviznado todo el día. Nos abrigamos y salimos en la ambulancia con el chofer. Al cabo de media hora, por un camino de ripio, ingresamos a la estancia.

El capataz me informó que el paciente en cuestión no era otro que el famoso diputado y  ex ministro B.H. El mismo que tenía media docena de juicios por corrupción y enriquecimiento ilícito

Cuando ingresé en la enorme casona me esperaban los empleados, quienes temerosos de contagiarse, me señalaron el camino hacia el dormitorio del soberbio y próspero funcionario.

Al trasponer la puerta, me encontré con un pobre diablo acostado en una enorme cama, asustado, febril y cubierto de ronchas, que se lamentaba por no haber podido llegar al aeropuerto, donde lo esperaba su avión privado.

Eso y decirme que no tenía más remedio que ser atendido por un médico de morondanga como yo, era la misma cosa.

En las tres habitaciones contiguas, su mujer y dos de sus hijos todavía sin síntomas, expresaron el mismo sentimiento.

Inmediatamente decidí ocuparme personalmente de esos desgraciados, para que supieran que tanto en La Cañada del Huaco, como en la Capital, serían atendidos con probidad y esmero.

Así fue que aislé a los sanos y le puse al enfermo una perfusión intravenosa de suero glucosado y algunos remedios paliativos. Debería permanecer en su casa, puesto que no había camas disponibles en el hospital.

Instruí al personal doméstico para que realizaran los cuidados necesarios, vestidos con los ropajes, guantes y barbijos que les procuramos. Yo aseguré que pasaría dos veces al día para controlarlo.

En el viaje de regreso, me invadió el recuerdo de un cuento que había leído hacía mucho tiempo…

Sentí una cosa rara. Me invadió algo así como la serenidad de los iluminados. Tuve la comprensión súbita de la circunstancia y mi rol dentro de la misma.

Al día siguiente enfermaron los familiares y procedí con el protocolo habitual de aislamiento y cuidado.

Durante los días que siguieron, puntualmente a la mañana y a la tarde, visitaba, a los enfermos y los medicaba.

Los hijos y la mujer mejoraron y al quinto día estaban casi recuperados, pero seguían en absoluto confinamiento. El ministro, sin embargo, empeoraba. Ardido por la fiebre y atravesado por intensos dolores, estaba en un grito vivo.

Era como si la enfermedad no encontrara nada que se le opusiera. El terror de la plaga y todo lo desconocido que esta proponía, sumado a la creciente certidumbre de su fin inmisericorde, ensombrecía la lagrimosa mirada de quien fuera años atrás, todopoderoso señor de horca y cuchillo.

Acaso en esos largos días de agonía, se habrá anoticiado que así los trata la muerte, como a los pobres pastores de ganado…

Al noveno día de su enfermedad, el célebre político o malhechor, según quieran llamarle, clamando piedad al cielo y la presencia de un sacerdote que no vino, entró en un coma profundo que rápidamente lo pasó al otro lado.

Ese 17 de marzo, a los catorce días de desatada la plaga, moría solo, sufriente y algo roñoso, el diputado y ex ministro H.B.

No negaré que al llegar a la estancia por última vez, sentí un alivio profundo, mezclado con una especie de satisfacción íntima, secreta e intransferible.

Era la diáfana percepción de que las cosas estaban sometidas a un orden superior. Que el universo, los cometas, el vuelo de un pájaro y la muerte de un mandón, todos estaban sometidos a la voluntad del creador supremo.

Y yo, ese coso que jugó como pudo las cartas de mierda que le tocaron en suerte, el que fue siempre lo que se dice un perdedor contumaz, de pronto se percibió como un obediente colaborador del que todo lo puede.

Recordé, como al pasar, mis antiguas lecturas del teólogo Otto Karrer, sobre la inquisición medieval.

Me vino a la cabeza la bula papal Ad abolendam, promulgada por Lucio III a fines del siglo XII, como un instrumento para combatir la herejía albigense en el sur de Francia… La herejía, en sentido formal, consiste en la negación consciente y voluntaria, por parte de un bautizado, de verdades de fe de la iglesia. Es preciso controlar una o dos veces al año, las parroquias sospechosas, y lograr que los habitantes señalen, bajo juramento, a los heréticos para que sean castigados.

Al ver al finado puse cara de circunstancias. Advertí que sus deudos no lo lloraban. Los empleados domésticos tampoco.

Mientras el enfermero le retiraba al extinto las sondas y las tubuladuras, yo procedí a redactar prolijamente el certificado de defunción.

Confieso que en los días que precedieron al desenlace de esta historia, supe que en mis manos estaba el poder del destino tal y cual, manso y sumiso, para que yo hiciera con él lo que quisiera.

Imperturbable. Con la mesura del que es fuerte y puede, procedí.

Sin titubeos. La mente clara, la acción precisa. Instrucciones claras: A estos tal cosa, a aquellos tal otra. A este nada. Y a sabiendas que al final sería lo que dios quisiera.

H.B recibía de mi mano, en el frasco del suero, dos veces al día, en cambio de los medicamentos acaso sanadores, una ración de agua destilada en ampolla. Nada que interfiriera con los designios divinos. Que la plaga hiciera su faena.

¡Y bien que la hizo!

Yo sonreía para mis adentros y mientras me despedía indiferente, pensaba: “El Señor se ha dado a conocer, el malvado queda preso en la trampa tendida por el mismo”. Salmos 9:16

Caminando hacia la ambulancia me sentía por encima de toda justificación. Al diablo con el Primun non nocere y con el Juramento Hipocrático. Dios es Justo