AQUEL VERANO

Aquel verano

El verano que huye es un amigo que parte.
Víctor Hugo

 

“En aquellos veranos que tienen ya en el recuerdo un color único, dormitan instantes que una sensación o una palabra reavivan de improviso, y al punto comienza el desfallecimiento de la distancia, la incredulidad de recobrar tanto gozo en un tiempo desaparecido y casi abolido” …

Releí la frase de Pavese una vez más y cerré el libro. También cerré los ojos...

Como racimos de mariposas me envolvió el recuerdo de aquellos días de enero, viejos ya de medio siglo y reviví de aquel verano los primeros pasos de mi juventud, los albores de la libertad, de la propia alegría, del vivir por vivir y de los primeros arrebatos del querer.

Un pueblo de campo, con su plaza arbolada. Alrededor, la iglesia, el municipio, la escuela y su bar, llamado naturalmente "Bar Plaza". Ese sitio hoy nebuloso en mi memoria, era entonces como un puerto activo y cosmopolita, donde concluían las aventuras de cada jornada.

Mañanas de ocio, de encuentros, de caminatas hacia el mágico río. Rumbear indolentes por el sendero. hasta un recodo donde las aguas se sobresaltaban por un tajamar ruinoso y ahí nomás, una arboleda que era casi un baluarte, donde el mundo exterior se detenía, envidioso, ante aquella reunión  cotidiana de jóvenes de ambos sexos, bellos, fuertes, enteramente disponibles a una vida que, sin saberlo, se abría ante nosotros.

Aquel verano propiciaba el encuentro, el encuentro propiciaba la plática y la platica propiciaba las coincidencias y las empatías. ¿Qué más hacer falta para agitar los corazones y los sueños?

Nuestra piel cobriza a fuerza de desafiar los rayos del sol y apenas cubierta por el traje de baño definía el paisaje. Aquellos rostros felices de quienes aún no habían salido hacia la mar océana de la existencia, se abrían al estío como pimpollos. Y como si fuera poco: El amorío. O el anhelo de amar, que venía a ser lo mismo, revoloteando entre nosotros. Era ese pueblo el minúsculo planeta que orbitaba a un sol infalible, que templaba, indiferente, aquel verano perfecto e irrepetible.

La bruma de unos ojos claros de mujer  adolescente, que me imponían el insomnio. Aquellas frases tontas, temerosamente pronunciadas, esos arrebatos primerizos y torpes eran olas de ilusiones, que pronto serían espuma en las arenas del porvenir.  ¡Oh remotos sentimientos primigenios, inmanentes acaso, por remontar con la aurora  de días desconocidos!

Todo es tan lejano... Amigos, nombres, escenas y palabras que se han perdido para siempre.

Tal vez sea mejor así. Los bellos recuerdos son casi siempre obras inconclusas, a las que no retocaremos jamás.