AL NORTE DE OXFORD (Cuento)

 

Al Norte de Oxford

Quod fere totus mundus exerceat histrionem

Petronio

 

Tal vez harto de tanto magisterio, de un tiempo a esa parte dormía de mal en peor y en el desvelo, cobraban forma en mi conciencia la magnitud de los límites.

Intento tras intento, fracaso tras fracaso, me adentraba en la horrorosa Aurea mediocritas.

No me consolaban los versos de Horacio:

El que se contenta con su dorada medianía / no padece intranquilo las miserias de un techo que se desmorona, / ni habita palacios fastuosos / que provoquen a la envidia.

Algo habría que hacer, me decía…

Recuerdo con  claridad que era un martes de otoño y que desperté más temprano que de costumbre. Desayune con frugalidad. Café y un par de galletas.

Mientras me afeitaba, advertí aquella rara ansiedad que iba y venía de la cabeza al pecho y se manifestaba, a veces como un escalofrío y otras, como una orden silenciosa. Una especie de raro mandato.

Creí que era ni más ni menos que la acuciante necesidad de escapar del St. Peter´s College. Sin dubitar, me dejé arrastrar por esa sensación.

Intuía la causa que me corroía. Era el ácido de una angustia concreta. La certeza de no poder avanzar en la tarea que me había propuesto.

No soy tonto y pergeñaba a diario algunas conclusiones bastante criteriosas. La más sólida era aquella que suponía que mi parálisis creativa se debía sencillamente a una insidiosa carencia de talento, o lo que era peor: A lo fatídico de ello.

Lo cierto es que esa mañana otoñal, como un autómata, salí de la habitación, cruce el campus del College y encaminé mis pasos hacia la Oxford Bus Station. Necesitaba respuestas.

Sentía el ruido de mis pasos sobre una calle todavía desierta, sin pensar siquiera en lo que haría al paso siguiente.

Recuerdo que pague el boleto y subí a un lustroso bus colorado. Monté la escalinata y me acomodé en el último asiento, en el costado izquierdo del segundo piso. No hay que olvidar que ellos circulan al revés que nosotros.

Al rato nomás,  dejamos atrás la rotonda de Headington y avanzamos con un suave ronroneo del motor por la ruta M 40. La campiña inglesa rebosaba serenidad. Nada es duradero. En la parada de Banbury subieron tres adolescentes barulleras.

Una hora más tarde tomaba un trago en una cafetería a orillas del río.

Mordía un trozo de pastel y me preguntaba qué habría en ese paisaje neblinoso, en las aguas rumorosas del Avon, en el acomodado caserón de madera y tejas de la calle Henley, para que la naturaleza obrara con tanta prodigalidad sobre una criatura cualquiera, en un tiempo cualquiera, como lo fue aquel año de 1564.

Me interrogaba si acaso los dones, sin ton ni son,  caen como los rayos o como los dados.

Todo lo que le concierne a aquel hombre es incierto. Su rostro, su vida, su pluma. Pareciera que un hada inconcebible alteraba lo pasado.    

Dicen y habrá que admitirlo, que fue el tercero de ocho hijos, que a los  quince años trabajaba en la carnicería de su padre, que abandonó la escuela a los dieciséis, que se casó a los 20, que tuvo tres hijos antes de los veinticinco y en algún momento antes de 1590 salió de Stratford y que solita su alma, se fue a Londres, donde consiguió trabajo como peón primero, como actor y dramaturgo después.

Al parecer en 1591 ya borroneaba algunos sonetos bastante buenos y escribía teatro. Romeo y Julieta es de esa época. En las dos décadas siguientes se prodigó en treinta y ocho dramas, verdaderas obras maestras. Eran los tiempos de Isabel I y había en Londres ocho compañías de cómicos. La mayoría de los teatros en los que actuaban estaban a orillas del Támesis.

Hacia 1600,  junto a otros socios de su compañía teatral, se unieron al recién construido The Globe, escenario en el cual representó sus obras más famosas.

Gano buena moneda con ellas.

Cada tanto, cuando regresaba a su pueblo, paraba, a mitad de camino para pasar la noche en Oxford, en una posada llamada La Corona. Murmuran que se entendía con la patrona y que esta le habría dado un hijo, William Davenant, quien con el correr de los años, pretendía haber heredado el genio paterno.

Hacia 1611 ya estaba retirado en Stratford upon Avon y en 1616, a sus 52 años, estaba muerto. En su testamento le dejaba a su aborrecida esposa la segunda mejor cama.

En los dos siglos y medio que siguieron, su nombre entró en la oscuridad y su obra en el olvido o el desguace. Recién a finales del siglo XIX los poetas Románticos y la  inconstante posteridad lo descubrirían.

Curioso desenlace de tan nebulosa historia.

Aterra pensar que al nacer fue uno de tantos, pero… ¿A través de qué misteriosos cálculos o caprichos, el azar, la fuerza del destino o como quiera llamarse a ese arcano, lo dotaron de la destrezas literarias que ínterin, lo empujarían hacia esta celebridad?

Nunca obtuve respuestas. Tampoco obtuve consuelo a mis desdichas. Puro enigma ese asunto de la grandeza. También el de la insignificancia.

Recuerdo, entre las brumas del tiempo, que aquel día otoñal deambule con tristeza de aquí para allá. Visité sitios acallados por los siglos. Recordé diversas historias, algunas improbables. Todo resultaba incierto en los detalles, pero en el fondo, tan real como la vida misma.

Zumbaba en mi cabeza la eterna metáfora del mundo como un teatro. Y el teatro como un espejo de la vida. Y al final, siempre lo mismo.

Acabada la comedia, todos se despojarán de sus disfraces y quedaran iguales unos a otros. Reyes y taberneros.

Pobre de mí. Sin la resignación por no ser nada y sin la maestría para ser algo, la ruda nulidad me pesaba. Era algo inevitable. Me seguía como la noche al día.

Sentía una mezcla de rabia y rebeldía. No fue útil la comprensión de saber que en este mundo, todos actuamos y que  cada uno de nosotros representa, lo mejor que puede, el  personaje que por azar le fue asignado.

Atardecía y me encontraba tan desalentado como al llegar a esa aldea de Warwickshire. Busque compensarme bebiendo una pinta de cerveza oscura y comiendo un sándwich. Al rato emprendí el viaje de regreso.

Entrada la noche arribé a Oxford. Descendí del autobús y me encaminé por la solitaria George Street hacia la sórdida pieza del College. No me sentía ni mejor ni peor. Me sentía yo mismo y debo reconocer que esa sensación no era poca cosa.

Allí, en esos claustros, para bien o para mal, permanecería dos años más.

Actualmente, ya deshojado en demasía el sórdido almanaque, lejos de aquellos días, sobrevivo a orillas del Plata.

Confieso que cada tanto siento aquel escalofrío, aquel mandato que me sobrevenía en Oxford. Puede que sea una notoria incapacidad para la consolación. Quizá una tara.

Pero eso sí: Como añadidura, siempre me acompañan la misma curiosidad, la misma angurria de aprendizaje y esa ominosa sensación de navegar al garete.

Y crease o no, son esas pequeñas cosas  las que  me mantienen en pie.

Como él dijo: “Estamos tejidos con idéntica tela que los sueños, y nuestra corta vida se cierra con un sueño”.