Adivinando el siglo XXI (Ensayo de 1993)

Introducción
 
En el difícil arte de avizorar el futuro, la humanidad a lo largo de su historia ha recurrido a variados artilugios y a métodos de dudosa eficacia, aunque de patético accionar sobre el psiquismo de los atribulados videntes y circunstantes.
El vuelo de las aves, el sacrificio de animales de variadas clases y órdenes, el lejano orbitar de planetas y estrellas, los pliegues de la palma de la mano, las erráticas andanzas de la baraja o la caracola y aún la oscura borra que sedimenta la infusión del cafeto americano, fueron y son elementos susceptibles y sospechosos de encerrar en sus disposiciones algunos indicios del porvenir, o tal vez las claves en que se cifran las acechanzas y las venturas de un futuro tenebroso y temible.
En horas de sueños y de vigilias se rastrean huellas de esa quimera. Inevitablemente las contingencias de la vida suceden en el mundo. Indagar en él no es más que otra forma de inquirir en nosotros mismos y sondear el mundo del futuro es artificio equivalente a sumergirnos en nuestro propio tiempo ulterior.
En esa inmersión se compromete la íntima energía del ser y su inexorable padecer; esa mirífica heurística de lo inexistente transforma al actor en demiurgo.
La apacibilidad de la vida humana se perdió con el bíblico paraíso y de no tener conciencia el hombre de sus bienes perpetuamente amenazados, vana tarea sería hurgar en lo porvenir.
De la mano del infortunio y conocidas que son sus caprichosas mudanzas, salió el humano provisto de hojas de laurel a la búsqueda de las pitonisas que en el oráculo disiparan la miríada de sombras pavorosas.
Ya en épocas arcaicas los griegos, con sutil armonía, en el sentido de equilibrio entre las partes y el todo, combinaron con singular originalidad la tarea de escudriñar el tiempo venidero, introduciendo la variable de la filosofía en el interior del caldero donde se cuecen los humanos razonamientos.
Mucho abarcaban las nueve letras de esa novedosa variable: El campo de sus investigaciones era de tal magnitud que operaba en su sentido más amplio como un intermediario entre las incertidumbres y las certezas de los hombres. Y así creció, limitada por la ciencia, a la cual pertenecen los conocimientos precisos y por los dogmas religiosos, cuya formidable autoridad sobrepuja a la razón.
Y comenzó a transformar esa tierra de nadie, esa “No man´s land” (1) donde brotan en sucesivas floraciones todos los interrogantes que ocupan a las inteligencias más activas, interrogantes que la ciencia aún no puede despejar y los teólogos más ilustres no logran argumentos convincentes. La indiferencia ante tales interrogantes condenaría a la humanidad a una involución inapelable. De los remotos tiempos de la escuela de Mileto proviene la herencia de la tenacidad y el escrúpulo por evitar la apatía. Fue de ese amor por la sabiduría sumado al culto de los impredecibles dioses olímpicos, que las artes adivinatorias griegas alcanzaron una complejidad admirable e irrepetible.
A partir de ellos, la verdad pasaría a ser una búsqueda perpetua, la cual queda expresada en el templo de Apolo en Delfos, donde con letra inmortal perdura el apotegma “Conócete a ti mismo”.
Es preciso admitir entonces que la mirada que pretenda atisbar el futuro, sea éste el de un hombre, una nación o un mundo, implicará forzosamente comprender sus teorías pasadas y presentes en torno de la vida. Será en suma, necesario comprender su filosofía y esa necesidad obligará a quienes pretendan develar el arcano a ser un poco filósofos. Y ese arcano, acaso como la esfinge mitológica, acabe devorando a aquellos que descifraron el acertijo.
Existe una reciprocidad de causa y efecto. Las circunstancias entre las cuales se vive la vida de los hombres condiciona su filosofía y a su vez la filosofía condiciona las características de esas circunstancias. De manera entonces, advirtiendo que no hay modo mejor, será menester para aquellos que quieran abocarse al análisis de ese tiempo distante e irreal, continente de todo lo que será, que se provean de variadas herramientas, la menor de las cuales no será la filosofía, puesto que la brújula de la ciencia nos abandona en esos piélagos y los bálsamos del dogma religioso no serán de utilidad en tal empresa.
Los resultados ¿Qué duda cabe? Serán aleatorios. El don de la profecía se evidencia amenguado y su distribución entre los mortales escasea, anunciar o conjeturar lo venidero es tarea enrevesada; el arrojo de la predicción acarrea considerables dificultades, que no por tangibles apocan los deseos que despierta su acometida.
 
La herramienta y el artificio
 
Puesto el hombre a pensar libremente acerca del ayer, del hoy o del mañana, percibe en su espíritu la experiencia impar de un suceso extraordinario que lo eleva y que agiganta su natural pequeñez.
Esa mezcla de agua y carbono impuro que es el ser humano incorpora a su esencia, por el acto reflexivo, el óleo sagrado de Samuel. Embarcados entonces en la frágil balandra de la reflexión, orzamos en el mar de incertidumbres que entorna el nuevo siglo, aprontando velas y escotas para facilitar la navegación.
Si el futuro es de los jóvenes ¿Tienen acaso solo ellos el privilegio de avizorarlo? Y si así fuera ¿No será adecuado precisar quiénes son jóvenes y cuál es el criterio por el que acceden a tal condición?
¿Admitiremos por ende tan solo a aquellos que son jóvenes de cuerpo? ¿Habrá lugar para quienes alberguen juventud nomás en el espíritu?
Con el sano propósito de economizar combinaciones, arbitrariamente nos ceñiremos a la definición del diccionario, que dictamina que son jóvenes los de poca edad, situados entre la niñez y la madurez. Habrá rápido acuerdo en establecer los límites de la niñez y creo que sin disenso señalaremos el inicio de la juventud entre los 14 o los 13 años. Más intrincado será determinar cuándo comienza la madurez y en qué consiste.
¿Cuántos años habrá de cumplir un sujeto para ser admitido en esta categoría? ¿En qué momento rayaría la alborada de la madurez en el cielo de nuestra existencia’
Convengamos que estas preguntas son de fácil respuesta entre los vegetales, cuando la norma es aplicada a sus frutos. Duraznos, melones o manzanas permiten al observador avisado establecer el gradiente.
Pero en el caso de nuestra especie las cosas se complican.
El diagnóstico de madurez no reconoce el concurso de minuciosos exámenes complementarios. Apenas una rudimentaria semiología para reconocer sus signos. Acaso se revele en leves variaciones corporales o esfumadas coloraciones epidérmicas. O quizá la prefiguren un número impreciso de arrugas faciales. Pero ¿Y si además de esos relativos e inconsistentes detalles físicos se enfocaran otras cualidades inmateriales y etéreas, de ardua cuantificación?
¿Sería entonces la madurez algo que llega, como la muerte, de una sola vez y para siempre, o sucedería, como en la mayoría de las cuestiones humanas, por efecto de un lento proceso de acumulación, gradual e insuficiente, desapareciendo en ocasiones, tal como desaparecen las manchas solares?
En consecuencia ¿Con que qué vara mediremos su altura y en que estadios dividiremos su desarrollo? ¿En qué lugar de las coordenadas polares se alojará el punto inicial?
Alertamos que no faltarán eruditos que con razón sostengan que están maduros los pocos hombres prudentes y juiciosos, agregando que no es desatinado señalar que la madurez asoma cuando, ya entrado en años, el homo sapiens, está en condición de emprender proyectos y obras trascendentes. También serán legión quienes desde una perspectiva biológica, infieran que la especie está madura cuando logra aptitud para reproducirse, formar y conformar a las crías.
Avanzar por la escarpada cuesta de las calificaciones llevaría a suponer que los jóvenes, faltos por definición de madurez, carecerían entonces de juicio y prudencia, atributos sin los cuales estarían minusválidos para encarar la tarea de escarbar en el mañana.
De modo que, forzados  más por el imperio de las circunstancias que por deducciones atesoradas, declaramos nuestra incapacidad de precisar quiénes y porqué son jóvenes. Considerando que la vida humana promedio se ha duplicado en la última centuria, todo se relativiza. Dejaremos las conjeturas en torno de si se es joven siempre o no se es maduro nunca para otro momento. A los fines prácticos será preciso admitir, para no quedar varados en puerto por tamaños requisitos, aceptaremos a todos los que se proclamen jóvenes, cualquiera sea el número de temporadas que acrediten en el teatro de la vida.
Bienvenidos los que atrevidamente se eleven en puntas de pie y oteando un fulgurante horizonte lejano e inalcanzable, ofrezcan el pronóstico de la próxima centuria.
Como el ensayo es un escrito que sin llegar a la extensión de un tratado, aborda una materia en forma sugestiva y de tanteo, hemos de tantear el asunto sin denotar demasiado oficio.
Acopiando con denuedo algunos datos y experiencias, buscaremos afanosamente aquella operación mental, aquel estado del intelecto que nos procure el ordenamiento del caos, para que a modo de red quede en ella atrapada la síntesis.
¿Qué hacer entonces para entrever el futuro con alguna verosimilitud? El sentido común aconseja recolectar información cierta de quienes hubieran intentado la aventura anteriormente, con el objeto de economizar energía y evitar el dispendio que acarrea el método del ensayo y el error.
Desdichadamente, tras exhaustivas búsquedas, no ha sido posible hallar múltiples voces o documentos significativos de semejantes aventureros. Nomás algunas profecías aisladas.
Otra táctica alternativa estribaría en un diálogo franco con algunos seres singularmente longevos, cuyos nacimientos se hubieran producido hacia 1873. Esos sobrevivientes del siglo XIX estarían probablemente en condiciones de testimoniar, previo aval de lucidez y memoria sin estragos, las previsiones de aquellos que eran jóvenes en 1893, procediendo luego a cotejarlas con el mundo contemporáneo. Lamentablemente por razones ajenas a nuestra voluntad, tampoco disponemos de tan calificados y perdurables testigos.
Impónese crear entonces, a falta de mejores instrumentos, una óptica original, una lente que permita, por así decirlo, enfocar sin demasiadas distorsiones ese adverbio de tiempo que es el mañana.
Ya hemos consignado como útil la antorcha de la filosofía, a cuya luz consolidaremos la menguada inventiva con la dúctil argamasa de la historia con la cual, según establecieron los sabios, también se construye el futuro.
Estableceríamos entonces, como hipótesis de trabajo, que el pasado contiene, como un germen, el principio simple y primitivo del cual emerge el presente y de ser predecible esa evolución germinativa, podríamos reproducir la experiencia hacia el futuro, aunque sin verificación inmediata. En el marco de semejante modelo teórico, seria atinado remover el pasado histórico y compararlo con el aquí y ahora, de modo que en secuencias deductivas y al cabo de una compleja refracción del tiempo, estuviéramos en condiciones de trazar la línea, que según nuestra dispersa geometría, rozaría la esfera del porvenir.
El primer supuesto de base insuficiente, propone, para evitar incurrir en dislates no indagar en el tiempo excluyendo lugares y circunstancias. Considerando que los pronósticos mundanos efectuados hace cien años no eran semejantes en Londres y en Tegucigalpa. Tampoco lo serán según se observen desde Buenos Aires o Helsinki. La observación del mundo tal como se hacía un siglo atrás en las capitales europeas, centro de imperios ultramarinos, determinaría conclusiones con marcadas diferencias respecto de otra observación alternativa, desde el mundo periférico, colonial en todo o en parte, si es permitida la expresión.
En consecuencia el escrutinio dependerá no solo del cristal con que se mire, sino además del lugar en que se ubique. La perspectiva del agorero incidirá en la calidad del presagio.
 
La parábasis
 
En la comedia griega, la parábasis es un momento en la obra en que todos los actores salen del escenario y se quedan solamente los miembros del coro para dirigirse directamente al público. Los miembros del coro abandonan parcialmente o completamente su papel dramático para hablar con el público sobre un tema completamente irrelevante al tema de la obra.
Habría dentro del mundo, según nuestro parecer, diversos mundos y futuros, siendo por consiguiente tanto más cierta la profecía cuanto mayor sea el mestizaje de las observaciones y la detección de cuales sucesos influirán más que otros.
Ensayaremos sin titubeos ni paramentos, la imprescindible hibridación de puntos de vista, que a modo de doble retina, logre una imagen estereoscópica.
Obedientes al método y puestos a elegir algunos sitios donde amarrar en el pasado del ancho mundo, fondearemos como los ancestros en tierras americanas y desde esa frágil atalaya, con maltrecho catalejo haremos una ojeada retrospectiva, faltos de tiempo para más, solamente en dos de sus países: La Argentina y los Estados Unidos y desde ellos trazaremos las rectas que pasando por el presente nos introduzcan en el supuesto futuro.
Será como examinar minuciosamente un par de antiguas fotografías color sepia y tras penetrar en sus detalles, vincularlos con la realidad actual.
Las conclusiones si las hay, surgirán luego de formular y responder los siguientes interrogantes:
  • ¿Qué estigmas de aquella época perduran en esta?
  • ¿Qué vocaciones embrionarias de ayer fructificaron en las capacidades de hoy?
  • ¿Fue el destino de ambas naciones como lo suponían entonces?
  • ¿Cumplióse en los norteamericanos el reiterado designio de ser potencia y fundar dominios?
  • ¿Hubo alguna inclinación similar, manifiesta o embozada, en la Argentina?
  • Perduran en ambos países los caminos trazados por los padres fundadores?
  • Existieron situaciones imprevistas que modificaron el cauce de ambas corrientes históricas?
Atisbaremos ambas naciones hace cien años y remontando el curso de sus acontecimientos hasta ahora, daremos en establecer si los mismos eran o no predecibles.
En el afirmativo, de acuerdo a nuestra teoría, sería factible extrapolar los resultados y en tal caso el modelo conceptual tendría alguna utilidad, de suerte que nos transformaríamos en augures prescindentes del vuelo de las aves. Coincidiríamos con Heráclito que todo cambio sigue una razón y una medida invariable.
En el año 1893, en la Argentina hacía ya siete años que había concluido la primera presidencia del General Julio Roca. La conquista del desierto había incorporado vastas regiones asoladas por los indios araucanos, provenientes del sur de Chile, a la floreciente explotación agropecuaria. Millones de inmigrantes europeos llegaban a las riberas del Plata atraídos por la esperanza de trabajo, prosperidad para sus familias y educación igualitaria para sus hijos, dejando atrás las exhaustas labrantías europeas y su secuela de hambrunas.
Explotaba al máximo sus ventajas comparativas, exportaba carnes y cereales y con el excedente de sus exportaciones adquiría los bienes manufacturados que sus propios talleres no abastecían. (2)
Las inmensas y fértiles tierras de la pampa húmeda conformaron un enorme granero del mundo y un modelo productivo acorde con los tiempos que corrían.
Los capitales extranjeros, mayoritariamente británicos a falta de propios, habían sido invertidos en ferrocarriles y otros servicios públicos, también en haciendas, comercios, frigoríficos y empréstitos. Ese fue el criterio desarrollista de la denominada generación del 80.
Inglaterra era entonces la potencia industrial dominante y su imperio se extendía por casi todo el planeta, angostado por los vapores de su marina mercante y de guerra. El socio británico era en el siglo XIX el mejor de los socios posibles. Y el más avanzado por añadidura.
La ciudad de Londres albergaba a 4,5 millones de almas. Sus calles adoquinadas y alcantarilladas, recorridas por tranvías y carruajes, las viviendas alumbradas a gas o electricidad, con agua corriente y cloacas cuya red llegaba hasta los suburbios.
La combustión del carbón era todavía la principal fuente de energía.
Parte de aquella realidad europea fue trasplantada a Buenos Aires y a escala infinitesimal al interior del país.
En la república Argentina, dióse en llamar Generación del 80, al conjunto de hombres que desde 1880 y durante más de treinta años, gobernaron el país, dando contenido ideológico y político a una época de la historia nacional, plena de transformaciones económicas y sociales.
Julio Roca, Eduardo Wilde, Lucio V. Mansilla, Miguel Cané (h), Eugenio Cambaceres, entre otros, fueron protagonistas (desde el gobierno, el libro o el periodismo) de una acción consecuente, que expresó con absoluta claridad, el modelo de país agro-exportador, estrechamente vinculado al mercado inglés, a la cultura europea y abierto a la inmigración del viejo continente, para incorporar población y mano de obra a un vasto país, casi desértico, atrasado y dividido.
Imbuidos de las doctrinas de la época, eran positivistas y liberales, como lo eran las dirigencias de los países capitalistas más avanzados del planeta, en pleno desarrollo de la segunda revolución industrial.
Todos ellos, de un modo u otro, conformaron la élite de gobierno, a falta de otros emergentes sociales capacitados para el logro de los objetivos de la burguesía vernácula. Descendientes de familias ilustres, consideraron, acaso sin yerro, merecer no sólo el prestigio que rápidamente conquistaron, sino también la dirección política del país  (administrada por los jefes de los grupos provinciales) y sobre todo de una participación privilegiada en los negocios que el proyecto económico desplegaba. Tal proyecto de desarrollo caracterizó la organización de la economía y la sociedad desde 1880 y, en gran medida, influyó en el desarrollo posterior de la Argentina.
Sus objetivos geopolíticos fueron consolidar el poder central y pacificar el país. Estos se cumplieron durante la primera presidencia de Roca, bajo el apotegma de Paz y administración.
En el plano económico propugnaron el libre cambio, el desarrollo de la explotación agropecuaria y su integración en el mercado internacional. La alianza estratégica con Inglaterra, sus ferrocarriles y las inversiones del gran capital británico, signarían el período.
Una de las características más importantes del proyecto del 80, fue la integración de la economía Argentina al mercado internacional, en las pautas de la división internacional del trabajo, que le otorgaba al país su lugar como exportador de alimentos y materias primas, en general estable hasta nuestros días.
El primer paso hacia la unidad nacional fue la nacionalización del ejército y luego aplastar las últimas rebeliones provinciales y avanzar sobre yermo e inexplorado territorio indígena, frenando las ambiciones expansionistas chilenas. Propiciaron la ramificación del telégrafo que comunicó rápidamente al país y del ferrocarril, desde el puerto de Buenos Aires hacia el interior, facilitó el flujo de mercaderías.
El Estado Nacional ocupó, no sin enfrentamientos, los espacios que tradicionalmente ocupaba la Iglesia, tales como la educación y el registro y control de la población. Leyes como la 1420 de educación elemental, pública, obligatoria, gratuita y laica  y la 1565 de Registro Civil de las personas, por lo cual se abrieron en todo el país oficinas para asentar los nacimientos, casamientos y defunciones de las personas que hasta 1884 estaban a cargo de la Iglesia.
Produjo los códigos civil, comercial y criminal; las academias naval y militar para la formación de oficiales y se dictó la ley del servicio militar obligatorio, que imponía la conscripción de los ciudadanos argentinos de 20 años.
En las postrimerías del siglo XIX, un reducido número de países aglutinaban las vanguardias políticas, sociales y económicas del orbe. Las fuerzas de la burguesía capitalista, se expresaban con toda su potencia en Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Países Bajos, Alemania y Japón. Ellos generaron la denominada segunda revolución industrial, en la cual el capitalismo adquiere su madurez definitiva, su ideología política aunada a la innovación científico-tecnológica, que revolucionaría la producción de riqueza y culminaría en 1914 con la Primera Guerra Mundial.
La electricidad, la química, la energía del petróleo, cambiarían la faz de la tierra.
En este período comenzó también la expansión imperialista de estas potencias en África, la región del Pacífico y el Asia, con el propósito de ganar mercados para sus industrias que producían mercaderías en proporciones enormes.
El resto del planeta estaba sumido en un estado casi feudal, con economías rudimentarias y un considerable atraso político y social. Esa era la realidad del mundo, que señalaban los tiempos modernos, frente a ella no había demasiados modos de oponerse a la pasividad colonial y a la desigualdad en los términos del intercambio que ello implicaba.
Francia había dejado atrás las luchas del siglo, con su tremendo saldo de millones de muertos y se erigía en república. Inglaterra expandía su imperio, los Estados Unidos no cesaban en su expansión territorial, anexando por la fuerza las ¾ partes del territorio de México, las Islas de Hawai, Filipinas y el Caribe Español. El imperio Alemán reclamaba su parte del botín Africano y el Liberalismo económico, con su máxima: laissez faire, laissez passer (dejad hacer y dejad pasar), representaba para todos ellos la ideología del Orden y el Progreso y así alcanzaron uno de los más altos estándares de desarrollo mundial.
Los Estados Unidos, tras la guerra civil, consolidaban su territorio con la conquista del oeste y la incorporación de nuevos estados. California, Texas, Arizona, Nevada, Nuevo México y Colorado se anexaron sin escrúpulo alguno. La expansión de las primigenias trece colonias iba aparejada a un incesante desarrollo industrial, en el marco de una estrategia de crecimiento protegido e inconmensurable. La  heladera Stewart como denominaban a Alaska, había sido adquirida a Rusia por siete millones de dólares, tal como había sido comprada la Luisiana a Francia en tiempos de Bonaparte y La Florida había sido arrebatada a los españoles.
El norte industrializado y proteccionista había impuesto su victoria sobre los estados del sur, librecambista y esclavista. La precisión de la maquina se impuso a la concepción pastoril de la economía.
Diligentes empresarios capitalistas destacarían en aquella época como forjadores de imperios económicos. Andrew Carnegie, un inmigrante escocés, organizo y desarrolló la Corporación Carnegie del Acero, John Rockefeller, un tenedor de libros de Cleveland creó la Standard Oil Company, J.P. Morgan, hijo de un banquero, utilizó el control de los fondos monetarios para reorganizar el sistema nacional de ferrocarriles y crear la Corporación del Acero de los EE.UU. Henry Ford, un mecánico de Michigan fundó la Ford Motor Company.
Hacia 1893 los residentes urbanos de los EE.UU sumaban el 40% de la población y Nueva York albergaba a 3,5 millones de habitantes. Habían transcurrido menos de dos años desde los inicios de organización de las sufragistas americanas, con su infatigable lucha por la igualdad de derechos y siete años de los trágicos incidentes del 1° de Mayo en Chicago, jalón en la lucha de las clases obreras por la jornada laboral de ocho horas.
Durante el gobierno del presidente Mc Kinley comenzaba a esbozarse la doctrina expansionista del Destino manifiesto (3) que resultaba ser la inserción norteamericana en el juego de las grandes potencias.
Mn Europa se afirmaban los movimientos de expansión colonial por parte de los gobiernos franceses, ingleses, italianos, alemanes, rusos, belgas y holandeses. En el oriente los japoneses no le iban a la zaga. El reparto del mundo era un hecho consumado y no todos los partícipes estaban satisfechos con el lote obtenido.
El político Cabot Lodge, en busca de una carrera política, anunciaba desde Massachusetts: “Desde el Río Grande hasta el Océano Ártico no debe haber más que un país y una bandera (…) Los estados pequeños pertenecen al pasado y no tienen porvenir. Las grandes naciones están absorbiendo rápidamente, para su defensa actual y su futura expansión, todos los espacios libres de la tierra. Es un movimiento en bien de la civilización y de la raza” (4).
Hacia 1890, el empresario de Filadelfia Meyer Guggenheim, explotaba minas de carbón y plata en México y América del Sur, Minor Keith, antiguo empleado de una tienda en Broadway y luego hombre de negocios estadounidense, magnate de los ferrocarriles, plantaciones de banano y el transporte, desarrolló actividades comerciales que tuvieron un profundo impacto en Centroamérica y el Caribe durante el siglo XIX y principios del siglo XX. La Standard Oil buscaba petróleo por todo el continente americano y la banca Morgan ampliaba sus redes financieras desde Wall Street.
En 1897, el informe anual de la Oficina de Comercio Exterior reconocía que “(...) Ha comenzado lo que podría denominarse invasión norteamericana de los mercados mundiales”. Contribuía al 15% de las importaciones del planeta. En su territorio unas 5.000 grandes empresas y 300 trust incrementaban sin cesar su producción y sus exportaciones. El poderío naval crecía parejo a los intereses económicos. Las cañoneras eran una eficaz herramienta del Departamento de Estado. El almirante Alfred Thayer Mahan desarrolló una estrategia geopolítica que planteaba la ineluctabilidad del despliegue internacional y la posesión de colonias, objetivos que solo podrían ser alcanzados con una Marina de Guerra poderosa (8). Para mover esos anhelos 15 millones de inmigrantes, a un promedio de 7.000 seres por día desembarcaban en sus puertos y alimentaban la mano de obra de su economía. Elevados edificios empujaban hacia el cielo y conformaban enormes conglomerados urbanos por doquier, a lo largo y ancho de un territorio que aparecía siempre escaso a los ojos de sus gobernantes. Hombres de negocios, políticos, militares y mayorías populares coincidían, imbuidos de un nacionalismo sin fisuras, en reconocer el lucro a escala planetaria como uno de los objetivos fundamentales de la grandeza de los EE.UU. No había más aliados que sus bayonetas y sus propios intereses.
El pragmatismo encarnaba la mayor doctrina política de esos tiempos. El axioma de los EE.UU. era: “Existe y prevalece lo que es útil”. Desde la Universidad de Chicago, fundada en 1892 por Rockefeller, exponía sus teorías John Dewey, el más influyente de los pensadores pragmáticos. El jurista Oliver Wendell Holmes Jr. Sostenía que: “Los legistas pragmáticos se encontrarán del lado de las concesiones cuando sea considerado conveniente a la táctica y del lado de la represión cuando se piense lo contrario” (5).
Los inventos de Tomás A. Edison campeaban desde hacía una década: Las lámparas eléctricas, los gramófonos y dictáfonos. El teléfono de Bell extendía por el mundo su telaraña de cables desde 1887 y las máquinas de vapor movían las industrias, los ferrocarriles y los barcos. Los grandes carruajes tirados por caballos llevaban a tiesos señores enfundados en oscuras levitas y coronados por enormes chisteras y a mujeres encorsetadas bajo largas faldas. Las costumbres eran rígidas y había entre los sexos distancia y desigualdades que comenzaban a acortarse. Faltaban todavía diez años para el advenimiento del cine. El automóvil era aún un experimento de dudosa utilidad. En ese marco el expansionismo de los EE.UU se lanzaba al Océano Pacífico ocupando las islas de Hawái y Filipinas y en el Mar Caribe Puerto Rico y Cuba. Acciones estas consideradas “(…) Una bendición para el mundo” (6). Los ojos del águila norteamericana acechaban a sus endebles vecinos. (7)
 
Especulaciones
 
Desde lo dicho avanzaremos cuanto podamos en el terreno de las especulaciones y tratar así de continuar con el trazado de la línea hacia el porvenir, planteando algunos interrogantes.
  • ¿Cuáles fueron a la luz del tiempo transcurrido las estrategias exitosas y las equivocadas en las dos naciones comparadas?
  • ¿En qué medida contribuyeron a su progreso las estrategias económicas, políticas y sociales?
  • ¿Lograron un progreso humano perdurable, medido en términos de educación, calidad de vida, igualdad de derechos y oportunidades, cohesión y madurez cívica para la mayoría de sus ciudadanos?
  • ¿Los modelos comparados fueron adaptados, mejorados y sostenidos coherentemente para lograr un desarrollo sustentable, en el marco democrático y republicano de gobierno dentro de las reglas del orden capitalista?
  • ¿Se obtuvo una inserción nacional sostenida en cada caso, dentro del concierto de las naciones dominantes?
  • ¿De qué manera se perfilaban en 1893 los destinos nacionales y sobre qué argumentos se cimentaban?
  • ¿Los pueblos comparados concebían proyectos de progreso individual y colectivos realistas?
De las respuestas que demos a este cúmulo de preguntas surgirá la posibilidad de comprender los variados aspectos de la realidad presente y la idea que del futuro concibamos.
Resulta evidente que los EE.UU. profundizaron en el siglo XX las diferencias ya existentes con la Argentina tanto en la  readaptación constante de sus estrategias y tácticas en las esferas de la actividad económica, social y política, apuntalando las virtudes del modelo nacional pergeñado. La tendencia fue consistente y acorde con los lineamientos generales del proyecto, al expandir sus fuerzas productivas en el marco de una economía capitalista coherentemente con los objetivos expresados. Se acercaron bastante a su horizonte de planeamiento y transformados en superpotencia, universalizaron su influencia en todo el planeta. Su sistema político-institucional es estable, los poderes republicanos están balanceados y el presidencialismo es acotado. Sus presidentes tras cuatro años de mandato son reelectos una vez y luego a su casa. El bipartidismo es un reaseguro de continuidad política.
La Argentina, transcurrido un siglo, presenta una progresiva regresión, comparada tanto a los EE.UU como al resto de los países de América. Vale decir que en su decadencia  se ha homogeneizado con el atraso común a la región, que no obstante ha elevado sus estándares generales igualando al país otrora avanzado, participando en su conjunto del  5% del comercio mundial. Argentina ha sido absolutamente superada por el desarrollo de Brasil y relativamente por el de Chile y Perú.
La paradoja de un campo con la mayor tecnificación del mundo y una ausencia de innovación industrial persistente, el cortoplacismo de las acciones de gobierno, la ausencia de proyectos estratégicos y de políticas de estado, las erráticas posiciones en la política exterior, la reiterada apoyatura en las exportaciones agropecuarias para sustentar medidas internas dirigidas a fines electoralistas, populistas o revanchistas, la obsesión por la acumulación de poder personal, la vana retórica del desarrollo social y económico, subordinaron las instituciones del estado a la política de los gobiernos. El estado al servicio de la política acabó por deteriorar el orden republicano. La interrupción del orden constitucional por la sucesión de golpes militares (5 en la centuria) apareada a la corrupción de las clases dirigentes  generaron inseguridad jurídica, comercial y política, afectando seriamente las relaciones internacionales. En un marco de raquitismo cívico los partidos políticos son frágiles y no se logró un bipartidismo sustentable.
 
En lo antedicho se cifra la señalada decadencia de la Argentina. En efecto, del 8° lugar que ocupaba en el siglo XIX entre las naciones más prósperas del planeta, se despeñó hacia las divisiones inferiores. Un siglo más tarde, con un aparato estatal que consume más de un tercio del PBI, se demuestra incapaz de proveer los bienes públicos indispensables (seguridad, justicia, educación, salud, infraestructura básica y salubridad ambiental).
Concluimos observando que en la medida que un país posee una clase dirigente idónea, honesta, perseverante y consustanciada con los proyectos generales, nítidamente delineados y consensuados, es altamente probable que los materialice.
Las naciones dominantes y otras que como los EE.UU. Rusia, Japón y China se propusieron insoslayablemente competir por el dominio, utilizando tanto las herramientas que ofrece el comercio, la diplomacia o la guerra, firmemente sostenidas por la productividad creciente, la investigación científica aplicada y la educación popular permanente, con observancia del orden político constitucionalmente establecido, alcanzaron sus metas. Cuando el desarrollo económico-social se adaptó a las estrategias geopolíticas de expansión y dominio, generalmente, en grados diversos lo mantuvieron o lo alcanzaron en el devenir de la centuria.
Por el contrario, aquellas naciones como la Argentina, que por acción, omisión o impericia política se alejaron del espíritu emprendedor de los pioneros, vulneraron la constitución, impusieron la agenda de gobierno a las políticas de estado, fueron presa fácil de las potencias centrales, alcanzando un protagonismo acotado y un desarrollo económico social, insuficiente, desbaratado y anárquico. También sus logros en las áreas de la educación, la cultura, la salud, la ciencia y la técnica permanecieron restringidos.
Era inevitable predecir que la Argentina, de no asegurar, incrementar y sostener las posiciones de desarrollo alcanzadas, en lo económico, lo político y lo social, determinaría que la voracidad de las burguesías dominantes centrales, desencadenaran la apropiación brutal de los resortes de decisión nacional. La marginalidad nacional y el atraso, la apatía cívica, el desorden, la degradación de los negocios públicos y la mínima influencia en el comercio mundial fueron el corolario de gestiones desdichadas.
 
Las predicciones del pasado
 
No hubo yerro cuando  la línea que proviene del  pasado ingresó a la realidad presente, en un punto predeterminado, tal como había sido calculado por los estrategas de antaño. Parecería que la estrategia suplantó a los oráculos. En efecto, cuando imaginaron que el desarrollo económico, comercial, social y militar les permitiría sacar provecho, resultaron asertivos. Las espantosas guerras mundiales, regionales y focales que atravesaron la centuria con más de un centenar de millones de muertos, determinaron la supremacía de unos y el ocaso de otros.
Siguiendo esa secuencia ideatoria, los más clarividentes habrán discurrido sobre  la necesidad de la investigación científica aplicada al perfeccionamiento del material bélico, pero sin imaginar que el destino de la humanidad dependería de la posición de un botón electrónico que desencadenaría una guerra atómica.
Algunos pensadores del siglo XIX, inclinados al estudio de las ciencias del comportamiento habrán acariciado la fatal certidumbre que, independientemente de los progresos técnicos, la naturaleza humana progresa muy poco en sus hábitos milenarios y que esa minúscula modificación se logra en períodos muy largos de tiempo. Los más lúcidos ingenios no habrán demorado demasiado en deducir que en virtud de lo antedicho, continuarían asolando al mundo los fantasmas de la guerra y la codicia, los estragos de la hambruna, las injurias de la injusticia, los excesos de los poderosos. No habrán faltado tampoco los que auguraron la proliferación de kinetoscopios, teléfonos, fonógrafos y ferrocarriles. Sin olvidar fotografías y viajes a lo Julio Verne hacia lejanos planetas. En el ayer estaba el hoy y en el hoy está el mañana.
Este y no otro es el devenir de la historia humana.
 
Caetera desiderantum
 
Existen dos adagios latinos por demás elocuentes: Caetera desunt (Lo demás no está)  y Caetera desiderantum (Lo demás se desea). Ambos advierten que la obra está inconclusa, que hay mucho por hacer.  Tarfón, a quien el Talmud nombra como Cabeza de todos los sabios,  afirmaba: “Tú no puedes ejecutar toda la obra, pero tampoco puedes renunciar a ella”.
Entonces, concluidos que fueron los prolegómenos, ajustado el instrumento imaginario, tiralíneas de ayer a hoy y de hoy a mañana, liberados al pasar algunos demonios olvidados, creemos estar ahora en condiciones de trazar el rumbo hacia el futuro y mirarlo sigiloso. Allá va nuestro escandallo para recoger muestras del hondo mar del siglo XXI.
El tema es colosal y nos consterna. La pobreza de medios nos provoca la misma aflicción que ayer padecía el heteromante observando el vuelo de las aves. El y nosotros perduramos, igualmente limitados, como orfebres de ideas sin copela ni piedra de toque con que ensayar la calidad de los metales imaginarios. Sin embargo no desmayaremos en alistar la perspicacia. Maguer el despulido cristal de la razón, allí aparece en trance nebuloso la primera centuria del tercer milenio DC. Trataremos de soportar la oleada impetuosa de formas y sonidos que nos embrocan, sin fabular en demasía al describirla.
De acuerdo a nuestros cálculos, faltos de solemnidad y preocupados, vaticinamos que habrá una docena de estados poderosos, muchos de los que hoy lo son y algunos más, populosos y emprendedores, que regirán con la fuerza del comercio y la industria, con el oro o el acero según necesidad, a otros países menos vigorosos, que quedaran el último rango de los favores que la prosperidad ofrece. Las crisis cíclicas del capitalismo, la acabarán pagando siempre ellos.
Los avances científicos y técnicos, concentrados en unas pocas naciones, polarizaran la toma de decisiones en su propio beneficio. Satélites, computadoras, energía y recursos ilimitados colaboraran en el avance del centro en desmedro de la periferia. Las sociedades opulentas lo serán cada vez más y las menesterosas continuaran en sus menesteres. Las migraciones hacia los países centrales serán el proyecto de muchos habitantes del planeta.
Persistirá entonces la relación directa entre los niveles de desarrollo técnico-científico-educacional de los pueblos y el grado de prosperidad que alcancen.
Continuará la íntima relación entre la política y las finanzas. Cuanto más saludable sea una más saludable será la otra. La corrupción, como en los tiempos de Craso y César, continuará, a sabiendas que deteriora la delicada maquinaria social y los engranajes se atascan. La economía persistirá en no estar al servicio del hombre, sino en el revés. El mundo, interconectado progresivamente por las comunicaciones y el comercio se hará más pequeño y restringido.
Al igual que en el siglo de Luis XIV, quien decía que los cañones eran el último argumento de los reyes, en el siglo XXI, muchos conflictos se solucionarán utilizando ese último argumento. El poder será multipolar, es decir un puñado de naciones harán las veces de una comisión directiva planetaria. El común de los asociados estará obligado a obedecer tales directivas a rajatabla.
Es probable que las proporciones de bienestar mundial se distribuyan por tercios. Un tercio de la población mundial gozará de la abundancia que provee el intercambio privilegiado. Otro tercio  estará más retrasado comparativamente y el último tercio continuará sumido en la pobreza y la marginalidad.
En los países centrales habrá 4/5 de satisfechos y 1/5 de descontentos. En los países periféricos habrá gradientes variables de satisfacción y protesta. Todo estará supeditado al grado de desarrollo alcanzado y a la honestidad y lucidez de su clase dirigente. La violencia social estará en relación directa con el grado de pobreza.
La organización tutelar en las respectivas áreas de influencia intentará perpetuarse por medio de las ventajas relativas. Los conflictos bélicos serán cada vez más mortíferos al punto que resultará una amenaza para la vida en el planeta. Los combustibles fósiles probablemente se agotarán, nuevas formas de energía se abrirán paso. La degradación del medio ambiente será alarmante y poco o nada se hará para amenguarla. El crecimiento demográfico exponencial generará la persistencia de las guerras como coadyuvante de la regulación.
Sobrevivirán algunos seres sensibles que continuarán produciendo belleza en medio de la mediocridad habitual. Habrá excelentes películas, bellos cuadros, libros conmovedores y buena gente aquí y allá, que hará más tolerable el duro oficio de vivir. Pocos les agradecerán por ello.
También habrá quienes lograrán fama y riqueza con la chabacanería del siglo anterior, elaborando el necesario opio de los pueblos. Se descubrirán terapéuticas novedosas que erradicaran viejos males, en tanto que en los arrabales del mundo persistirán las plagas medievales.
Se inventarán misteriosos artefactos de utilidad diversa y cuestionable. Las máquinas funcionarán como humanos y los humanos casi como máquinas. Se enseñaran infinidad de cosas y se aprenderán unas pocas, habrá más imágenes que palabras, más palabras que hechos y por ende más ignorancia que sabiduría. Habrá poco tiempo para ser niños y mucho tiempo para ser viejos.
Los libros estarán tristes en los anaqueles de solitarias bibliotecas. Asombrosos medios de comunicación nos inundarán de pamplinas, manipulando y cosificando a los seres vulnerables. Habrá vehículos muy veloces para llegar rápido a ninguna parte. Habrá menos ballenas, menos tigres de Bengala y menos árboles.
Hará un poco más de calor y un poco menos de frío. Seremos capaces de crear un inmenso muladar y seremos incapaces de ocultarlo. Habrá quien ame a su prójimo y sufra por él. Habrá quien tenga sed de justicia y no será saciado. Habrá quien como Walt Whitman  dirá:
 ¿Cómo podrán mis ojos penetrar el misterio del futuro?
Presiento tu grandeza, la mala y la buena.
Te veo avanzar devorando el presente,
dejando atrás el pasado como una estela.
Veo tu luz que deslumbra y tu sombra
que cae  como un ala oscura sobre el mundo entero.
Pero no intento definirte.
Solo aspiro a comprenderte.