En estas páginas, como en la vida se mezclan lo bello y lo atroz de lo cotidiano. Seres, sucesos y cosas que conforman ese hábito de existir.
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EL ADIVINO DE PARIS (Cuento)
EL ADIVINO DE PARIS
Sulla fisionomia e sulla chiromanzia non mi dilungherò, perché in loro non c'è verità (...). Tu troverai grandissimi eserciti morti in una medesima ora di coltello, e nessun segno della mano è simile l'uno all'altro". Leonardo da Vinci
Solía contar Talleyrand, ex obispo de Autun y eximio diplomático francés, que diás después del golpe del 18 Brumario del año VIII, vale decir el 9 de Noviembre de 1799, según el almanaque de Gregorio XIII, Louis Antoine Fauvelet de Bourrienne, por esos tiempos secretario privado del Primer Cónsul, le presentó a quien luego sería el amo de Europa, al Gran Maestro en Artes Adivinatorias Lucio Planco, como le placía hacerse llamar, no sin agregar que descendía de aquel otro Lucio Munacio Planco, lugarteniente de César, fundador de Lyon y cónsul romano en 42 a.C. Lo precedía una reputación de asertivo en las cuestiones de lo que vendrá. Pero, no es novedad reconocer que todas las reputaciones, sean estas buenas o malas, provocan en el prójimo un porcentual semejante de rechazos y simpatías. La idolatría y el escarnio corren parejos. Eso sucedía con Lucio a medida que su fama se expandía en ambas márgenes del Sena. Quienes lo conocieron, tuvieron en torno a su persona opiniones encontradas: Así Armand de Coulaincourt, por entonces Ayuda de Campo del Primer Cónsul no vaciló en calificarlo de farsante, en tanto que Germaine Necker, mas conocida como Madame de Staël, lo consideraba un prodigio. Todo indicaría que Lucio Planco atravesaba estas críticas con olímpica indiferencia. Los testimonios son unánimes: El inescrupuloso Bourrienne le había tomado simpatía al arúspice venido de provincias y acaso, considerándolo útil a sus propósitos, casi siempre inconfesables, le pidió que indagara el porvenir de su poderoso patrón. Es sabido que somos reacios a considerar el presente como lo único cierto de nuestras ínfimas existencias. El pasado con sus nostalgias y el futuro con sus acechanzas nos provocan no pocas inquietudes. Para amenguar esa perplejidad, la humanidad produjo, en los últimos milenios, abundantes adivinos, augures, arúspices, pitonisas y profetas, imbuidos por igual de presuntos poderes sobrenaturales, que les permiten avizorar el mañana, ora prefigurado en el vuelo de los pájaros, o en las vísceras de algún animal sacrificado, en las líneas de la mano, en los astros, en las figuras de la dudosa baraja y hasta en el humo, sin importar su procedencia. Así fue que esa fría mañana de noviembre, Bourrienne introdujo al hombre de rostro jovial, de esos que siempre aparentan tener cincuenta años, pulcramente vestido con levita gris y calzas marrones, en los apartamentos reales del primer piso del Palacio de las Tullerías, ocupados por el Primer Cónsul. Quien haya visto el retrato de Sebastián Martínez, pintado por Goya, comprenderá cabalmente cual era el aspecto del recién llegado. Apenas ingresados al gran despacho, se acercaron al escritorio, donde aquel exitoso militar de 30 años, vestido con casaca de terciopelo verde, hojeaba unos documentos. Tras los saludos de rigor, el general lo miró de arriba abajo y le dijo: __ Me dicen, señor, que usted es aficionado a hurgar en el porvenir. __ Excelencia, lo mío no es afición, sino arte, o un don, si usted lo prefiere. __ ¿Desea tomar algo, o prefiere unas hojas de laurel? __ Preguntó irónico el Primer Cónsul, quien sin duda de sus numerosas lecturas, recordaba que el trípode de la Pitonisa, en Delfos, se hallaba sobre una grieta muy profunda de la cual emanaban unos gases que le provocaban embriaguez. Además masticaba hojas de laurel, que coadyuvaban a alcanzar el estado de trance imprescindible. __No hará falta excelencia, un vaso de Chambertin y su mano izquierda serán suficientes para vislumbrar lo que el destino medita. Bourrienne se dirigió a un armario y sirvió una copa de vino que le acercó al iluminado. Éste la bebió lentamente y luego, mirando fijamente al general, le dijo: __ Hay un párrafo de Nostradamus que he estudiado y desearía confirmar si es coincidente con las líneas de su mano. __ ¿A que se refiere? __ Indagó el Primer Cónsul. __ Excelencia, el provenzal predijo en una de sus Centurias que:
Un emperador nacerá cerca de Italia que al Imperio será vendido bien caro dirán con qué gentes se une y será considerado menos príncipe que carnicero”
Bourrienne se puso serio y el corso lo miró con un dejo de escepticismo y asombro. Luego extendiendo su mano le dijo con voz imperiosa: __ ¡Haga su trabajo! Lucio tomó la pálida mano del general y luego de algunos minutos de minuciosa observación de la palma, declaró solemnemente: __Excelencia, la profecía del hechicero se corresponde con lo que esta inscripto en su mano. Usted levantará un imperio, triunfará en cien batallas menos una, y finalmente morirá, invadido de tristeza, en una isla lejana. Una corriente de aire frío pareció recorrer el despacho y envolver a los dos que lo escuchaban. __ Bourrienne, acompaña al señor hasta la puerta. Sus presagios son pura charlatanería. El arcano, señor vidente, es insondable.__ Dijo el Primer Cónsul malhumorado. Lucio, con un absoluto dominio de sí mismo, dijo: __ Excelencia, no haga usted como Publio Claudio Pulcro, aquel cónsul romano que observando que las aves sagradas no habían querido comer, ordenó que las arrojasen al mar, diciendo: «Pues que beban, ya que no quieren comer». Esta impiedad generó la desgracia de su carrera política. Dicho eso dio un paso atrás y se inclinó respetuosamente. El general, por si acaso, guardó silencio, le dio un puñado de monedas de oro, agradeció sus vaticinios y le aseguró que su rendez vouscon la muerte sería en un campo de batalla, cubierto de gloria. Lucio se retiró complacido. Esa visita al Primer Cónsul aumentó su nombradía y le otorgó un cuarto de hora de brillo en los salones. Su paso por París quedó más o menos registrado hasta el año 1802. Frecuentó el barrio de Saint Germain, que por entonces giraba en el remolino de las mil pequeñeces, e hizo bastante dinero adivinándole la suerte a lo mejor de la antigua y de la nueva aristocracia. Luego, sin más, desapareció. A partir de entonces, la historia le pierde el rastro. Hay quienes aseguraban que previendo los males que se cernían sobre Europa, pasó a los Estados Unidos, mas precisamente a la Louisiana, donde al parecer murió a manos de unos forajidos que lo asaltaron en la plantación que había adquirido. Otros, que pasan por mejor informados, afirmaron que se casó con una rica heredera, única hija de un proveedor del ejército Napoleónico, y que disfrutó lo mejor de sus días en un castillo, no lejos de Aix en Provence. Sea de ello lo que fuera, ambos cumplirían el sino que tenían señalado. Sabemos que la fatalidad del Petit caporal, como lo llamaban sus soldados, no se apartó demasiado del augurio que la leyenda o la imaginación, le atribuyó a la clarividencia de Lucio Planco. En torno a la mentira o la verdad de esos hechos, a quien esto escribe, sin originalidad, le da por pensar que, al fin y al cabo, mal que les pese a todos los agoreros que en el mundo han sido y serán, de poco sirve iluminar la sombría región del mañana, ya que, con luz o sin ella, nadie escapa al destino inexorable. Hay una narración breve y didáctica, posiblemente extraída del Talmud de Babilonia, que con las mutaciones del caso, se repite desde hace siglos. Ese apólogo maravilloso siempre ronda en mi cabeza.
“Un discípulo del Sufi se topa con la muerte en una calleja de Bagdad. Alarmado, se aleja precipitadamente y se refugia en Samarcanda. Poco después, mientras miraba el mar por la ventana de su posada, se presenta nuevamente la parca. __Vengo a buscarte__ Le dijo. El hombre le respondió: __ Huí de ti en Bagdad. __ Es cierto. Me sorprendió verte en Bagdad, pero mi cita contigo siempre fue aquí, en Samarcanda.”
UN CUENTO MUNDANO
OTUR
Yo no hablo de venganzas ni perdones,
el olvido es la única venganza y el único perdón.
J.L. Borges
En el occidente asturiano se alza Otur, un diminuto poblado costero, no lejos de la Villa de Luarca, atravesado por la carretera cantábrica. El caserío subsiste a duras penas con la agricultura o la ganadería rudimentaria. Si algún atractivo posee el sitio, se lo debe a la naturaleza, que lo bordeó con bonitas playas, pequeñas albuferas, dunas y marismas. Hacia allí se dirigía el hombre del impermeable azul, quien por su acento se diría italiano. Abandonó el hotel en Biarritz, manejando un Peugeot 404, con el cual cruzó la frontera una mañana de Septiembre. Como a veces sucede, en medio de la pobreza general, existen individuos o familias acomodadas, sea por la posesión de las mejores tierras y negocios, o bien por el poder político que detentan y así, naturalmente, conforman la ínfima y respetada burguesía de la comarca. Los García Martínez, cuya casona aún se alza a la vera de la ruta, pertenecieron desde tiempos inmemoriales al bando de los que mandaban en esa comarca. Durante la guerra civil, los hijos del viejo Felipe, jefe del clan, Juan y José Luís, abrigaron simpatías encontradas. El mayor, Juan, era un solterón admirador de Franco. Tan es así que fue oficial en las brigadas de Navarra, en tanto que Luís marchó a las trincheras a pelear por la República. Su mujer y sus dos hijas quedaron al cuidado del viejo. El camino, que serpenteaba por las montañas y los bosques que amurallan el Principado, era el mismo que el italiano emprendiera dos meses antes, cuando planificó, hasta en los mínimos detalles, el trabajo que le encomendaron y que ahora concluiría. Terminada la lucha, José Luís huyó a Francia y después, ya reunido con su familia, partió para la Argentina, radicándose en Buenos Aires. En el remoto país, al parecer hizo fortuna con la industria o el comercio textil y murió de peritonitis, en el año 1952. La hija menor, Lucía, se hizo cargo de los negocios y los hizo prosperar con singular tenacidad, en tanto que, Pepa, la mayor, retraída y de pocas luces, cuidaba de la madre y de la casa. Esta historia, cuyos rasgos son comunes a tantas otras historias de inmigrantes, ocultaba un tilde secreto que la ennegrecía y que, cuando lo supe, dio pie a este relato. El viajero hizo noche en Santander, y luego de cenar, recostado en la penumbra de su cuarto, repasó mentalmente cada uno de los pasos establecidos para cumplir con bien la tarea ya remunerada. Cuando en octubre de 1937 el Consejo y el Estado Mayor republicano abandonaron Gijón, la resistencia se desmoronó, y de tal modo, al ser ocupada la región por las Brigadas Navarras, desapareció el Frente del Norte. Juan, con el grado de Mayor, fue recibido en triunfo por su pueblo, máxime cuando se supo que comandaría el Consejo Provincial. También, como era de esperar, se ocupó de su familia, ya que el padre estaba con un pie en la tumba. Dejó el Peugeot en un paraje solitario, más allá del puente del tren, no lejos de Sabugo. Trepó por el acantilado, arriba de la senda que descendía hacia la playa y esperó, esperó pacientemente, hasta que oyó el ruido de los pasos sobre la tierra gredosa. Lucía recibió la confesión de su hermana y vislumbró con horror aquellos turbios sucesos que lastimosamente marcarían sus vidas. Los detalles escapan al cronista, pero lo cierto es que Juan García Martínez, Mayor del Ejercito Franquista, acaso con abuso, mantuvo relaciones íntimas con la mayor de sus sobrinas, por entonces de 16 años. Finalizada la contienda en 1939, quizá por la mala conciencia que aquel proceder le acarreaba, Juan ayudó a las tres mujeres a pasar la frontera, para reunirse con su hermano fugitivo. También les procuró dinero para la travesía del mar. Hacia 1972, en Buenos Aires se vivían tiempos difíciles. Cuando Pepa enfermó, antes de morir le agradeció a su hermana haber compartido aquel ultraje secreto, que tanto apocara su vida. Fue enterrada junto a su padre y su madre, en el cementerio de la Chacarita. Lucía vendió cuanto tenía y se mudó a una quinta, por el lado de Baradero. Allí pasaba sus días en monótona soledad, hasta que un amanecer cualquiera, desvelada, ansiosa, con el trinar de los zorzales retumbando en sus oídos, tomó la siniestra decisión de contratar un sicario. El tipo del impermeable azul le apuntó al hombre casi viejo, de bigote gris y saco de cuero, quien recibió la bala en el medio del pecho y murió, sin darse cuenta de lo que sucedía. El otro bajó de su escondrijo, tomó al finado por las axilas y lo arrojó al mar, cuyas olas batían contra las rocas, veinte metros más abajo. En ese instante terrible, del otro lado del océano, precisamente en Baradero, Lucía exprimía unas naranjas, bajo la parra, rodeada de unos perros que dormitaban al arrullo de la rueda del molino, que apenas giraba movida por la brisa. Una sensación de paz la invadía…
VOX POPULI, VOX DEI
Las elecciones primarias, simultáneas y obligatorias se llevaron a cabo el domingo 14 de Agosto, y el pueblo argentino, puso en el voto las preferencias para los candidatos que competirán en Octubre en la elección de presidente y demás cargos, ejecutivos y legislativos, según las modalidades de cada provincia. Todo hace presuponer que la Presidente CFK obtendrá las adhesiones de la mayoría, posiblemente en la primera vuelta y esa decisión del pueblo será sagrada e inapelable, sin ascos, sin rencores ni sensaciones similares, por parte de quienes son demócratas, solamente cuando les conviene. La voz del pueblo es la voz de dios, rezaba el antiguo apotegma latino. Y es bueno que así se comprenda, aunque no faltarán los escrupulosos que ejercen la policía de las sentencias, para alegar que Alcuino de York (735-804), el teólogo y erudito anglosajón que participó en la reforma educacional de Carlomagno, escribió en sus Epistolae: Nec audiendi qui solent dicere, Vox populi, vox Dei, quum tumultuositas vulgi semper insaniae proxima sit.
Lo cual en criollo significaría: Y no debería escucharse a los que acostumbran a decir que la voz del pueblo es la voz de Dios, pues el desenfreno del vulgo está siempre cercano a la locura.
Sea de ello lo que fuere, la democracia continúa siendo el mejor de los órdenes sociales posibles, y es deseable que las sucesivas generaciones de argentinos la prefieran, la cuiden y la perfeccionen.